En Tiempos de Aletheia

La pregunta por la literatura en Michel Foucault (2): la muerte o el espacio infinito de los libros

En el artículo del mes pasado titulado “La pregunta por la literatura en Michel Foucault” (I): La transgresión”, usamos el término transgresión para referirnos al concepto que para este pensador francés es uno de los pilares o paradigmas para entender lo que es literatura. En efecto, cada palabra que ingresa y a la vez transgrede esa verdadera página en blanco que debiera ser la literatura, cada palabra, según Foucault, es una transgresión que, en lugar de consumar la literatura, lo que hace es fracturarla, romperla, tal como expresa este autor en la obra que recopila las transcripciones de las charlas impartidas por él en la Universidad de Saint Louis, Bruselas, en diciembre del año 1964, bajo el título de “La gran extranjera: para pensar la literatura”.

Con todo, cabe observar que dicha transgresión, según Foucault, no se da en todo tiempo, sino que ocurre en la literatura desde las postrimerías del siglo XVIII, con Sade, pues a partir de él opera una actitud diferente, nunca antes registrada, en que el autor toma una distancia crítica acerca de la propia literatura. La obra de Sade encuadra tan perfectamente en la descripción que hace Foucault de la categoría de transgresión, que no cabe la menor duda de que es el mejor representante para ese paradigma.

Además, para Foucault, Sade tuvo la pretensión de representar una verdadera supresión de toda la literatura, de toda la filosofía y lenguaje anteriores a él y esa supresión se llevó a efecto precisamente como una transgresión que la propia palabra hace fracturando la página en blanco, profanándola a través de los movimientos que recorren con meticulosidad todas las posibilidades al describir Sade sus famosas escenas eróticas, las que, en algún sentido, ciertamente suprimen, en efecto, toda palabra escrita con anterioridad y son, como el conjunto de su obra, auténticamente transgresoras en el sentido que venimos señalando. El efecto que genera esta supresión de toda la literatura anterior, es abrir el espacio vacío donde la literatura moderna va a tener lugar, por ello Foucault considera a Sade como uno de los iniciadores de la literatura moderna.

Pues bien, así como el primero de estos paradigmas que Foucault consideró para entender la literatura fue la idea de transgresión, el otro, fue la idea de que la escritura (no la literatura), es decir, las palabras reales producidas por cada autor, al tiempo que irrumpen en la pureza de la página en blanco de la literatura, hacen señas, hacen un guiño a algo que es la literatura.

Lo interesante es que para Foucault esta nueva idea, es decir, este “hacer señas” a la noción abstracta de la literatura, pura e intangible, que hacen las palabras reales, configura un segundo momento, una segunda fase por así decirlo, que tiene lugar a continuación de esa transgresión, según acabamos de explicar, pues cada palabra, una vez escrita en la página en blanco de la obra, hace esa seña o guiño a aquello que llamamos literatura.

Así, la obra como irrupción desaparece, se disuelve en el murmullo de la literatura, pasa a ser parte de la literatura, convirtiéndose en un fragmento de ella, en un trozo de ella que sólo existe porque a su alrededor, delante y detrás, existe, en palabras de Foucault, “algo así como la continuidad de la literatura”.

Y esta segunda fase o, como la llamó el propio Foucault, esta “figura paradigmática de lo que es literatura”, consiste en que todas las palabras que forman parte de la escritura de un autor se dirigen, apuntan y hacen señas a la literatura. Foucault asoció esta figura a la idea de reiteración, relacionándola también con la “biblioteca”, en el sentido de formar parte de un espacio donde los libros se adosan unos con otros y se acumulan repitiéndose hasta el infinito en “el cielo de todos los libros posibles”.

Arribamos, de esta manera, al segundo de los paradigmas foucaultianos, el del archivo, biblioteca, la materialidad de lo que permanece, que viene a ser algo en verdad bastante opuesto al paradigma de la transgresión o profanación de la literatura por la palabra y, según Foucault, constituye su necesario correlato, pues dice relación con la existencia horizontal de la literatura y con la necesidad de existir la escritura no sólo como parte de lo que Foucault denominó “el murmullo continuo de la literatura”, sino en su materialidad más palpable, en forma de “eternidad polvorienta” que es la biblioteca que Foucault adjetivó como “absoluta”. Se trata, en este segundo paradigma, de la existencia sólida de la literatura.

Y, así como Sade fue el representante del primer paradigma, esto es, de la transgresión, el representante del segundo fue, según Foucault, Chateaubriand, con su obsesivo afán de ser libro, de hacer libros, desde la primera línea de su escritura, pues es sabido que para él cada palabra que escribía sólo tenía sentido en la medida que él estuviera muerto y que esa palabra flotara más allá de su vida y más allá de su existencia.

De esta manera, para Foucault, estos dos autores, Sade y Chateaubriand, son, aunque no los únicos, los más claros representantes de la nueva experiencia de la literatura moderna, pues esa transgresión que marcó Sade y ese necesitar escribir para más allá de la muerte, que inició Chateaubriand, ejemplifican a la perfección las dos grandes categorías de la literatura contemporánea que comenzó con ellos y que se desarrolló a partir del siglo XIX, la transgresión y la biblioteca como el espacio de los libros – que Foucault también denominó como “la muerte”- y que se repartirán entre ambas, desde ahí en adelante, el espacio de la literatura.

Foucault enfatiza que lo más importante de comprender es que la literatura no viene de una blancura, de una pureza anterior al lenguaje, sino justamente de la reiteración que se da en la recopilación que él asocia a la idea de biblioteca, y de la impureza de la palabra, pues es a partir de ese momento cuando el lenguaje realmente nos hace señas y, al mismo tiempo, le hace señas a la literatura.

Ahora bien, qué es lo que se quiere decir con esa expresión de hacer señas a la literatura, es lo que Foucault nos explica afirmando que la obra convoca a la literatura, le da garantías, se autoimpone una serie de marcas que le prueban y prueban a otros, que lo que se está escribiendo se trata efectivamente de literatura, en vista de que se están utilizando signos reales mediante los cuales cada palabra, cada frase, nos indica su pertenencia a la literatura.

Y, esa escritura, llevada a efecto de esa manera, en permanente disposición de hacer ese guiño a la literatura, hace de toda obra una representación, algo así como un modelo concreto de lo que debería ser la literatura que, si bien participa de algún modo de la esencia de la literatura, presenta, al mismo tiempo, una imagen real, concreta y visible, con sus propias particularidades.

De esta manera, podemos afirmar, con Foucault, que así como puede decirse que toda obra literaria dice lo que dice, lo que cuenta, lo que relata, ya sea su historia, su fábula, etc., dice, al mismo tiempo, lo que es o debe ser la literatura, pero –y esto es muy importante–, no lo dice en forma separada y explícita, sino que implícitamente, pues la idea de lo que ha de ser la literatura está contenida, en las obras literarias creadas a partir del siglo XIX, en una unidad que abarca tanto el contenido como la retórica, ciencia que, justamente, desapareció a fines del siglo XVIII.

Con ello, junto con inaugurar, con dar cuenta del umbral que marca el inicio de la literatura contemporánea, Foucault, al mismo tiempo, nos revela una de sus características más relevantes: contenerse en cada obra, consciente o inconscientemente, la idea de cómo tiene que escribirse una obra literaria, con lo que se hace innecesario, actualmente, que tanto narradores, dramaturgos o poetas, escriban en textos separados o anexos, o dediquen páginas a explicitar y compartir con su público sus visiones acerca de la forma como ellos consideran que debe producirse la mejor literatura –artes poéticas en el caso de estos últimos– pues, para conocerlas, basta con leerlos, con leer sus obras: allí encontraremos mejor que en cualquier otra parte la idea de literatura que impregna a todo autor dedicado a la producción de un texto literario.

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