En Tiempos de Aletheia

DE LA ATARAXIA A LA TANATOPRAXIA

Pocas épocas se han asemejado tanto en esencia y problemática vital a nuestras sociedades posindustriales y globalizadas como lo hizo aquel tiempo que los especialistas han venido a llamar el Período helenístico; el hogar del cosmopolitismo. La Historia, de distintos modos, tiende a reproducir estructuras y arquetipos culturales y sociales y, por ende, no es difícil hallar semejanzas coyunturales e ideológicas entre las más dispares fases cronológicas de la humanidad. No obstante, el parecido espiritual y sociológico entre aquel segmento temporal que se extendió desde la muerte de Alejandro Macedonia a la de la reina Cleopatra de Egipto (cercano a los tres siglos), y este, nuestro mundo de la información y el intercambio cultural, tan global y sin fronteras, excede con mucho la similitud casual fruto de una simple comparación metodológica.

Merced a la expansión militar de Alejando, la hegemonía cultural griega se consolidó y se abrió a todo el vasto Imperio y, no en menor medida, la visión griega se fue nutriendo y engrandeciendo con el encuentro y aportes de los distintos pueblos conquistados. Lo que iba a producir a su vez un florecimiento sin parangón en la cultura, la ciencia, la técnica y la política, que necesariamente también se iba a ver reflejado en una ampliación y cambio de paradigma social y personal. Ciertamente, todo se hizo más grande, se sabía mucho más de todo, todo llegaba a todos y cualquiera podía llegar a cualquier sitio y ser de todos los lugares. Siendo precisamente aquí donde se originó el término “cosmopolita” para referirse al que es “ciudadano del mundo”. Si bien, este cambio de mentalidad y apertura de miras, también tuvo consecuencias problemáticas para los individuos, derivadas de la quiebra del modelo tradicional de la polis, esas pequeñas ciudades-estado independientes a las que cada uno había sentido pertenecer hasta el momento en que el Magno unió toda la Hélade, y a Oriente y Occidente. El ciudadano de a pie, como en buena medida nos pasa ahora, se sentía perdido, desubicado y desnortado por un horizonte demasiado grande e inasible para servir de referente de sentido para sus vidas.

Esos griegos debieron sentir lo que actualmente sienten los paisanos de este mundo moderno, tan novedoso y frenético, omnisciente y desencantado, trasnacional y multicultural, tecnológico y sobre-informado; esto es, una mayor apertura hacia todo y todos, no exenta, sin embargo, de una falta de cercanía y auténtica identidad entre una circunstancia amplificada y una propia singularidad diluida y cuasi-líquida. La polis suponía una institución cercana y un conjunto social cerrado que daba sentido de pertenencia y tradición, mientras que la nueva circunscripción, no ya ser parte de todas las demás polis, sino perteneciente a un imperio gigante de millones de personas, produjo un sentimiento de insignificancia, aislamiento y absurdo vital en la psicología helénica, que tenía que derivar necesariamente en una vuelta a lo íntimo, a un interés por la vida propia y el significado más puramente existencial. E igual que aquellos atenienses, tebanos, corintios o espartanos que se vieron inmersos en el advenimiento de esa “cosmo-polis” (o “estado mundial”) que los superaba, los hombres y mujeres de hoy sienten recíprocamente también una cierta alienación, un cierto relativismo en los valores y la pertenencia, y un no menos dramático malestar por tener que adaptarse a la homogeneización y estandarización necesaria para el equilibrio de un escenario mundial complejo que tiende a acabar con las particularidades en pro de las grandes masas. Y por ende, una misma necesidad de preguntarse por su propia circunstancia dentro de ese océano inabarcable de otras gentes y otras formas de pensar y actuar, al verse y pensarse parte de toda la humanidad y de un sistema universalizador para todos.

Ambos momentos históricos plantean una escena colectiva universal que expone al individuo ante el mayor público inimaginable, a un mundo exterior totalmente descarnado y cosificado, ante el “Todo” y la “Nada”, ante el mayor conocimiento y técnica para transformar la materia, pero igualmente a la más radical de las ausencias en lo tocante al significado que tiene su relación con los demás y su vida en general. El hombre cosmopolita o, como dijera Diógenes, al ser preguntado por su nacionalidad, “él ciudadano del mundo”, era, es y será siempre un ser al que todo se le da amplificado, tanto su saber como sus incógnitas, retos y desafíos. Lo cual, no pocas veces, también aumenta exponencialmente su vértigo, su ignorancia, su vacío interior y su infelicidad. Y en esto, tampoco serían pocas ni casuales las semejanzas que se podrían seguir encontrando entre los dilemas y paradojas de aquel antaño y este hogaño. Empero, hermanados en esa encrucijada manifiesta, acaso cabría resaltar, antes de proseguir en cualquier estudio comparativo teórico, una sutil pero decisiva diferencia entre aquellos hombres y estos, entre su pensadores y los nuestros, entre sus filosofías eminentemente prácticas y nuestra filosofía esencialmente teórica. Un algo determinante en lo que ambas etapas sí se diferenciaron unas sociedades y otras: en su forma de buscar las respuestas.

Una disparidad que atañe directamente a la filosofía y al planteamiento que ambas épocas hicieron del problema, y que se deja notar día a día en el desarrollo plano y unidimensional de la mentalidad de masas actual, que abandonó la filosofía (o fue abandonada por la filosofía), así como en las manifestaciones que se están fraguando a su sombra en esta suerte de nuevo orden cultural global. Nuestra sociedad posmoderna, preñada de un relativismo y una neutralidad intelectual científicamente aprobada, no ha producido filosofía real, y la sociedad y la cultura se ha estado conformando con producir simple ideología, imagen y performatividad económica (algo que no fue así para nada en el helenismo): y para cuando se produce el giro existencial al propio yo de la gente, la filosofía se ha sustituido por terapias, pseudociencias, actividades exóticas y manuales de auto-ayuda…, cuando no se recurre a una química de la farmacracia médica cada vez más extendida para acabar con la ansiedad en todas sus formas.

Si los griegos supieron aprovechar todo aquel desequilibrio para producir toda una primavera filosófica con una pléyade de verdaderas escuelas de vida y felicidad, donde, además de las grandes instituciones como la Academia y el Liceo, destacarían entre otros los cínicos, los cirenaicos, los pirrónicos, los escépticos, los etcétera, etcétera, etcétera… Nosotros, en cambio, no disponemos de unas filosofías que puedan o quieran aspirar a alcanzar la ataraxia o el bienestar. Por contra, la filosofía está desaparecida del ámbito mundano y cuando no, como en el caso del existencialismo clásico francés, no ha sido capaz de proponer algo así como una filosofía que, en palabras de Nietzsche, sea capaz de decir a la vida, antes bien, ha generado más desasosiego y pesimismo , y ha puesto luces de neón al descrédito y la duda que la gente normal pudiera ya tener sobre la solvencia pragmática de la filosofía en los problemas reales y personales.

Continuando con Nietzsche, si un griego de entonces no sabía bien a qué atenerse en su vida, a unas malas, siempre podía, en función del destino que le había tocado, hacerse o bien epicúreo (si tenía más bien fortuna) o bien estoico (si su sino era menos agraciado por los dioses) para orientarse en su vida. De una u otra manera podía refugiarse en una filosofía profunda, coherente, explicativa, realista y con posibilidad de aplicación práctica en su vida. Mas, un habitante de la sociedad actual, no puede recurrir a la filosofía que se desarrolla en la actualidad, la cual, tiempo atrás, olvidó premeditadamente lo práctico por lo teórico. Y es que, si bien es cierto que todos los discursos, desde todos los sectores, en defensa y difusión del saber filosófico redundan en la idea de que una vida sin reflexión no es digna de ser vivida, y repiten el mantra del “Sapere aude!” con toda confianza, este caballo de batalla para la Academia y los representantes de la filosofía casi siempre queda ahí. Expresando la urgencia de la filosofía y la pretendida necesidad de que la calle filosofe como ellos, pero no diciendo nunca cómo sería una futurible aplicación ulterior en la práctica: porque no lo tienen ni lo buscan. Todos señalan el qué se debe hacer para una vida mejor, pero nunca el cómo. El cómo la filosofía sirve para la práctica siempre se obvia, así como los procedimientos o medios prácticos y concretos que puedan llevar algo a cabo (ni siquiera dentro de las especialidades y especialistas en Ética). Como si diera igual un autor que otro, o un sistema que otro, como si solo empezando a leer o a estudiar unas teorías o un autor o dos aislados y descontextualizados fuera por ciencia infusa a liberarse la mente de alguien y a encontrar la guía y el propósito.

Y una pequeña mirada a las vidas particulares de los filósofos (presentes o pasados), lo pone más de relieve. Sus existencias, por supuesto, nada tienen que ver con vidas que realmente hayan servido de inspiración para nadie, ni hayan producido nunca para promover movimientos de acción social, ni pueden en buena lid compararse con las vidas de otros personajes históricos relevantes por sus gestas o acciones, y menos con las existencias auténticas de aquellos filósofos ilustres de la Antigüedad que tan bien plasmara Diógenes Laercio en su Vidas como si fueran auténticos héroes. Aquellos eran pensadores que primero vivían y luego teorizaban pero, desde hace tiempo (mucho tiempo), la filosofía occidental ha sucumbido a la teoría absoluta y abandonado todo deseo de relación con el mundo práctico y activo: hacer unas “Vidas paralelas” al modo de Plutarco para confrontar los grandes filósofos posteriores a la Antigüedad con aquellos, sería como comparar a Hércules con un mono, pues desde hace ya más de un milenio las vacas sagradas de la Filosofía han estado más cerca de la vulgaridad escolástica que de figuras y personalidades eminentes para el recuerdo. Los antiguos filósofos y sabios vivían y transformaban la vida, los subsiguientes se han conformado con teorizar la vida.

Ya Aristóteles decía que la mayor valía de la filosofía estaba en que no servía para nada. Pero con aquellas palabras, y aquí se tiende al equívoco, se refería a que no tenía una utilidad técnica, pero no que no tuviera realmente una aplicación práctica, ya fuere ética o política. Y hoy, más que nunca, la filosofía vista desde la calle e interpretada desde la Academia y los centros de enseñanza (por mucho que se diga), sigue siendo una filosofía que no sirve para nada, en el plano técnico y en el plano de la acción. Como dijera Hegel, y aquí es donde el equívoco se culmina, “la lechuza de minerva levanta el vuelo al anochecer”, esto es, la filosofía solo aparece cuando los hechos, la vida, la Historia, la realidad misma ya ha sido, ha pasado, ha acontecido y ya no está. Del estagirita a Hegel no hay pequeño paso, y aquí deberíamos estar atentos, pues la realidad ya es solo algo pasado, un recuerdo y algo que se puede manipular y comprender porque ya no está viva, no da problemas, no se nos escurre de las manos ni nos deslumbra. Pero claro, la Filosofía ya no es una filosofía de la vida, por el contrario, se ha convertido en la estudiosa de recuerdos y hechos imposibles de revivir, en la juez que sentencia los hechos acaecidos con la objetividad y la distancia de la explicación legal, en la forense de un cadáver al que se le va a hacer una autopsia.

La filosofía desde hace siglos, y no menos ahora, ya no busca realmente la acción, por mucho que haya filósofos que se dediquen a la momificación doxográfica de la Ética, a la construcción de castillos teórico-prácticos en sus pensamientos y libros, o hacer crítica moral de la sociedad y la Historia. La Filosofía abandonó la búsqueda de esa eudaimonia que aguijoneaba tanto al hombre de a pie del Imperio Helenísitico, cOmo a sus grandes luminarias, tales cOmo Zenón, Epicuro, Aristipo, Pirrón, Antístenes. Y lo hizo por un estudio que ladra mucho pero no muerde la vida, que se pierde en abstracciones consciente e inconscientemente. Algo que ya lleva haciendo mucho tiempo, quizá demasiado tiempo, desde los eruditos medievales, los modernos racionalistas, las sistemas idealistas y positivistas de la contemporaneidad, y a veces llenando de náusea y nihilismo la vida, tal como hicieron Hobbes, Schopenhauer, Sartre, Beauvoir, Camus Cioran y tantos otros a lo largo de los siglos con su desencanto y atracción por lo negativo.

Y, en todos los casos, se ha perpetrado una dejación clara de la filosofía en sus funciones como guía para una vida digna de ser vivida en pos de una investigación filosófica de las cenizas de la propia realidad, del fiambre del espíritu, de la copia de la copia. Un sucedáneo de sus posibilidades que mientras siga, hará que nadie pueda creer en la filosofía, que la gente siga generación tras generación acudiendo a todo tipo de sustitutos explicativos para encontrar la paz y armonía en sus vidas. En cualquier otro lugar, por estúpido o breve que pueda ser, menos en una filosofía que no es filosofía. En la religión, la ideología, las pseudo-teorías, las conspiraciones, las sectas, el consumismo o las drogas, como reemplazos de un pensamiento real, coherente y aplicado para el sentido de profundo que se busca. Y seguirá así, mientras la filosofía no sea filosofía, mientras no dé respuestas honestas y prácticas. Mientras siga con su ciencia de lo muerto, y en vez de buscar la ataraxia siga proponiendo su ya clásica tanatopraxia.

 

 

2 comentarios en “DE LA ATARAXIA A LA TANATOPRAXIA”

  1. Comparto la tesis. Ahora bien, ¿qué medio – o remedio – nos queda para hecer de la filosofía así entendida un arma individual? ¿A dónde puedo llegar yo con ese mensaje sino a ser ejemplo de los que me rodean? ¿Y no fue acaso también así el desarrollo de esas filosofías helenísticas? Ante el mundo de hoy es harto complicado que el bien que pueda hacer una filosofía llegue mucho más allá de una frase, un tiular, una cita…sin rellenarla del contenido apropiado.
    Yo, por mi parte, elijo vivir y llevar la filosofía en cada movimiento vital…y cada cual que coga de ahí lo que desee.
    Daniel Martí

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  2. Frente a este interesante enfoque,quese
    me revela más de carácter sociológico,y antropológico,cual es la opinión que le merece ,autores como Bauman?
    Que papel a jugado la mujer en la contemporaneidad del pensamiento filosófico ?

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