En Tiempos de Aletheia

Fernando Savater y el aurum non vulgi…

Ya terminada mi carrera, Fernando Savater se cambió a mi universidad con los dos escoltas como dos signos de exclamación a sus flancos. Le dieron un despacho en el sótano y allí nos recibió cuando fuimos a pedirle un favor no demasiado comprometido. Fue amable, teniendo en cuenta de que lo que le pedíamos era de nuestro interés privado, envuelto en una vaga intención de difusión de la Filosofía. Luego estuve en una clase suya, que estaba abarrotada. Creo que era el primer día de su curso de no sé qué asignatura. Debo decir que no fue gran cosa, no porque a él le faltase brillantez, sino porque no parecía tener nada preparado para ese día. Habló improvisando de algo así como de la dualidad y contraposición Ulises/Ayax en la Ilíada, con cierta riqueza de verbalidad mítica. Poco después, impartió una charla sobre Castoriadis (Savater lee francés y creo que lo habla), que arrancó con una anécdota personal suya bastante divertida. Por lo visto había cometido el error de referirse en el pasado a la revista de Castoriadis como “Socialismo y barbarie” en vez de como “Socialismo o barbarie”, para indignación de las autoridades de la misma…

Me pareció, en cualquier caso, como fruto de las tres ocasiones, que Savater es más Savater y desde luego más temible por escrito. A mí me gustan los artículos de hípica, la novela epistolar sobre la vida de Voltaire e incluso un monográfico olvidado sobre la ciudad de San Sebastián. Una obrita de teatro que tiene sobre Schopenhauer menos, pero no está mal. La parte de pura ficción no la he leído, pero estoy seguro de que ha disfrutado escribiéndola, dentro de la responsabilidad que ello conlleva. Criaturas del aire, entre el apólogo y la reflexión moral indirecta, una gozada, pero Malos y malditos no tanto… En fin, un poco de todo. Es verdad que Savater ha disfrutado de una posición eminente en esa especie de diseño de un panteón olímpico que forjó la política cultural franquista pero que la sobrevivió y que consistía en un solo nombre y una sola cara para cada especialidad visible (José María Iñigo presentador, Rodríguez de la Fuente naturalista, etc.) Y es verdad que en esa posición de filósofo único debía mucho a Nietzsche, en un primer momento, cuando en España muy pocos habían leído a Nietzsche -y a Spinoza, que Savater leyó en la cárcel- con esa devoción e intensidad. Pero Savater estuvo a la altura de esa asignación y de esas lecturas, con gracia, con combatividad y con gafas de colores.

Política para Amador es un libro realmente sensato, con el que yo coincido en casi todo. La autobiografía tampoco la he leído, pero a mi madre le ha gustado mucho, salacidades incluidas. Hay que estar un poco loco o ser un punto fanático para entender que la filosofía española finaliza en un curilla entrañable como Unamuno, un señorito elocuente como Ortega o un basilisco escolástico como Bueno. Savater ha añadido a todos ellos, y a la historia de la Filosofía en España, un encanto característicamente suyo (de trasfondo mucho más democrático, por cierto, que en los tres mencionados anteriormente) que nos ha acompañado todos estos años y por el que le estamos sinceramente agradecidos. Sin embargo, hay una faceta suya, estrictamente filosófica, que nunca me ha gustado y que es la que explica su actual deriva enfurruñada y derechista. Leí hace poco sus escritos completos sobre Emil Cioran, que se han reeditado no hace mucho, y entre los que constan su tesis doctoral y algunos más, que son de coña. Él mismo los prologa bajo la admonición de que era entonces “demasiado joven”, y, en efecto, a la sazón jugaba a punk del pensamiento o a aprendiz de brujo. Supongo que es una tendencia irreprimible del filósofo bisoño, pero yo nunca la tuve, tal vez porque soy tan mal filósofo que ni siquiera atravieso fases. Pero sí recuerdo muy bien una noche rara en que terminé atrapado en el sótano de un garito de Malasaña con los negativos de la facultad, los parias voluntarios que supuraban por las llagas del sinsentido beckettiano. Iban de negro, eran altos y no eran guapos, ni ellos ni ellas ni yo. Allí estaba un servidor, sólo ante el peligro, como el Gabriel Syme de Chesterton entre anarquistas (y que descubrí lleno de asombro poco después), defendiendo lo mismo que defiende el propio Savater en su “etapa” de madurez volteriana, y sintiendo que en ello se jugaba el destino entero del universo -las copas, la pedantería, ya se sabe…

Pero aquella noche macabra y ligottiana no me di cuenta de lo principal, que me pareció entender por fin en la alabanza a Cioran del Savater punk de su mocedad. Y es que, tanto aquellos tipos atribiliarios, como Cioran o Agustín García Calvo, lo que quieren en realidad no es desengañarte -esa palabra española tan querida por Schopenhauer-, como promulgan continuamente, sino al revés: pretenden devolver la magia a sus vidas. En efecto: cuando vas de malote, de nihilista, de jodido Anticristo, lo que de verdad intentas de corazón es que tu prójimo abandone el sentido común y las convenciones sociales en favor de un reencantamiento del mundo. Nos susurran algo como esto: “cágate en todo, desprécialo todo, y de pronto el mundo volverá hacia ti su cara más oscura, pero también más misteriosa…” Ocurre como con los seguidores de Lovecraft, que ahora hasta andan planeando incluso hacerle un parque de atracciones siniestro. Esta es la escena: el pobre individuo filósofo sujeto a fuerzas más allá de su comprensión, destinado a la condenación, presa de la fatalidad… Los demás no, los demás que le rodean son simplemente idiotas. Todo, como se ve, de un gusto muy conservador, en el peor de los sentidos del término…

Así que ese es el secreto, me parece: “Nazca el niño negativo, nadie, nunca, nada, no”, como en el poema de Sánchez Ferlosio, porque el mundo se ha vuelto demasiado práctico y predecible, se ha convertido en una aburrida gráfica económica. Tengo una alumna muy inteligente este curso que es satanista, no como un culto religioso, pero casi, pues lleva una niña diabólica en el salvapantallas del móvil. García Calvo no hacía de sima bajo los pies del burgués, como sí le gustaba fungir a Cioran, lo suyo era más bien la salvaguarda de lo indefinido, de la ternura, de los lazos inconscientes en el mundo de las Fluctuaciones Económicas y del Cómputo de la Esperanza de Vida -lo pongo en mayúsculas mayéstaticas como él. Y lo peculiar es que siguió empeñado en eso hasta el final, mientras que Savater maduraba y se apartaba de la nigromancia en favor de la ética ilustrada y la vida institucional, o eso es lo que parecía.

Porque entiendo ahora que bajo toda esa parafernalia destructiva o autodestructiva de la lucidez mefistofélica o de la autenticidad existencial llevada hasta el Infierno creo que tan sólo o fundamentalmente se esconde la búsqueda del aurum non vulgi literario y personal, no sé si he conseguido explicarme…