En Tiempos de Aletheia

Sospecho que hueles a lluvia

Sospecho que hueles a lluvia, bosques y manantiales quebradizos.

Te miro atentamente cuando te acicalas la ropa, con sumo tacto, debidamente, nunca con prisas. Incluso me veo obligado a visionar tu esqueleto y las oquedades incorpóreas de tu aura, ahí donde se dice que residen las intuiciones del alma.

Me encanta vislumbrar tu forma de preparar el primer café de la mañana y las tostadas untadas en mermelada de melocotón. Aún me hipnotiza tu manera de abrir y cerrar los labios, y el parpadeo de tus ojos ágiles, carentes de tirria.

No me canso de mostrarme agradecido de poder escuchar el taconeo de tus zapatos cuando caminas desde el salón hacia la cocina; luego, desde la cocina hacia el dormitorio… (taconeando, amor, taconeando como quien administra encuentros en un lugar donde antaño solo habitaban despedidas).

Sé que enamorarme de ti ha sido lo más fácil que he hecho en mi vida. Soy consciente de que me encandiló la manera irremediablemente cálida que tienes a la hora de dormir estando a mi vera, sin moverte apenas, cual pequeñuelo que disfruta de sus primeros días de vida.

Nunca he limitado mi ambición de estar cerca de ti, de tu fortaleza, aún sabiendo que el tiempo viaja, sonando a ciencia ficción, pero viajamos en el tiempo todos los días. Un recuerdo de la infancia nos transforma, el primer lloro de nuestros hijos al nacer nos conmueve, un anhelo nos lanza hacia el futuro y, acaso, lo verdaderamente difícil sea permanecer en el presente, aquí y ahora.

Por la noche, sostengo mi cabeza en tu hombro y a esto lo llamo necesidad. Tú enseguida camuflas tu mano derecha entre mis manos y comenzamos a charlar sobre lo sucedido a lo largo del día o de cuando fuimos jóvenes e inexpertos y teníamos pretensiones de cambiar el armazón corrompido del planeta Tierra.

Actualmente el futuro supone estar juntos y rugosos, tras más de cuatro décadas, respirando la esencia que supone ser una pareja de octogenarios que vivieron –aún viven– agradeciéndole a la existencia el hecho de habernos juntado en un gris día de lluvia.

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