En Tiempos de Aletheia

Ley del Espejo

Desde diferentes corrientes de la Psicología y la Filosofía se ha hablado de la forma en que reflejamos o proyectamos parte de nuestra propia identidad al relacionarnos con otros. Este hecho es conocido con diferentes nombres y explicado desde distintos enfoques. En este artículo me referiré a ello como “Ley del espejo”, puesto que, literalmente, podemos ver reflejado en otros una parte fundamental de nosotros mismos. Sea cual sea el nombre que le demos, lo que tiene como base dicha cuestión se puede resumir en que “todo lo que tengo en mí, lo veré reflejado fuera, y viceversa”.

Conocer este fenómeno permite entender mejor por qué nos gusta lo que nos gusta, por qué nos molestan unas cosas y por qué otras, parece que nos afectan de más. Es importante saber con qué conecta en nuestro interior el comportamiento de otra persona para que nos duela o nos afecte. De la misma manera sucede con lo que nos agrada, aquellas personas que nos resultan llamativas, “buenas”, comparten comportamientos o creencias que nos cuadran, lo que está estrechamente relacionado con la propia forma de tratarse a uno mismo. En general, podemos resumir estas proyecciones en tres bloques: lo que tiene que ver conmigo misma, lo que yo hago con otro y lo que me falta o quiero conseguir.

Para hacer más sencilla la explicación utilizaré un ejemplo de mi propia vida, lo contaré en pasado puesto que ahora, al ser consciente de todo ello, la historia ha cambiado…

“Hasta hace unos años yo era extremadamente puntual. Si tenía una cita, una reunión, incluso una llamada, estaba preparada con mucha antelación y siempre que podía llegaba antes. Me molestaba mucho la impuntualidad. Con mi pareja solía discutir por esto, pues él no era puntual, se tomaba su tiempo para todo, sin estrés ni preocupación… yo no comprendía esto en absoluto y me molestaba enormemente que si quedábamos llegara tarde. Es más, me molestaba incluso si él llegaba tarde a sus reuniones, citas… Cada vez que quedábamos yo pensaba “espero que llegue a la hora” y si no era así el pensamiento se convertía en “pero ¿por qué no puede llegar 5 minutos antes como yo, es que no le importo, es que no le apetece quedar…?”, me enfadaba tardara dos minutos o 15. ¿Por qué me dolía tanto? ¿Por qué me afectaba?”

Tras hacerme durante largo tiempo estas preguntas pude darme una respuesta. Para poder hacerlo hay que cambiar el foco de lo que hace la otra persona y nos afecta a lo que pasa en uno mismo. Es decir, la respuesta a esas preguntas suele ser rápida y tiene que ver con el otro: “–¿Por qué me afecta? – Porque no me gusta que él sea impuntual”. Esa respuesta no permite que yo haga mucho más que aceptar o no su impuntualidad, sin embargo, si seguimos preguntando con lo que tiene que ver directamente conmigo puedo hacer algo, “¿Por qué no me gusta?, ¿con qué conecto yo?” Y es aquí donde pueden aparecer las tres respuestas:

  1. Lo que me molesta que otros me hagan, me lo hago a mí misma

“Soy tremendamente puntual cuando he quedado, para llegar al trabajo, si tengo una entrevista, si voy a hacer un recado…, siempre soy puntual. Pero es posible que no me esté dando tiempo a mí misma, que sin querer ponga por delante a los otros, que sea puntual solo para los demás. Si quiero meditar, entrenar, descansar, cocinar, darme una ducha tranquila… ya no soy tan puntual, puedo dejarlo para más tarde.”

Esto sucede con frecuencia, nos compartamos con los demás de manera diferente a lo que lo hacemos con nosotros mismos. Algo que no es ni bueno ni malo en sí mismo, pero tiene su riesgo si no somos conscientes. Puede ocurrir que de manera automática nos coloquemos por detrás de otros en nuestras prioridades y si esto no es “una decisión consciente”, la forma en que los otros nos tratan adquiere excesiva importancia (para bien o para mal) y así, ante la impuntualidad, injusticias, mentiras, incoherencias… nos sensibilizamos y reaccionamos.

“Por eso me molesta, yo estoy haciendo permanentemente una especie de esfuerzo o sacrificio (aunque no me cuesta porque es lo que llevo haciendo desde siempre), e interpreto la impuntualidad como falta de compromiso o interés… justo lo que necesito permitirme y darme yo misma.”

  1. Lo que me molesta de algo/alguien concreto lo hago con otros

“Con mi pareja jamás llego tarde (porque, además, si él lo hace me molesta). Pero quizás lo esté haciendo con otra persona o en otro área… Sé que mi familia no me dice nada si llego tarde o si les digo que no puedo ir a verles, saben cómo soy y no pasa nada… Esas pequeñas cosas en las que dejo de ser puntual suman, puesto que, si no tengo tiempo para ellos, la impuntualidad me afectará aún más, el mensaje que me doy a mí misma (inconscientemente) es parecido a: lo que a mí me molesta que haga conmigo mi pareja, se lo hago a mi familia… ¿por qué hago algo que sé que molesta?”

Si lo que está sucediendo es que yo misma me comporto con los demás o pienso de ellos aquello que considero que “no está bien”, se produce cierta incoherencia y contradicción en mí, que, de nuevo, me harán ser más sensible y reaccionar con más facilidad en lugar de decidir.

  1. Me molesta lo que yo querría para mí

“Me molesta que mi pareja sea impuntual…, pero ojalá pudiera serlo yo a veces. Llegar cinco minutos tarde porque he perdido el autobús sin alterarme ni preocuparme, con nada de estrés.”

Esta última respuesta es algo más rebuscada que las anteriores, tiene que ver con las necesidades y con aquellas que, de alguna manera, reprimimos. Ver en otros aquello que querríamos para nosotros o conectar con nuestras propias necesidades puede llevar en automático a la comparación o la envidia. Estos sentimientos, en lugar de hacernos conscientes de la necesidad sin cubrir o ayudarnos a obtener lo que deseamos, nos conectan con la ira, el miedo… haciendo que la persona y su comportamiento nos moleste aún más, nos duela y nos afecte. Conocer las propias necesidades y deseos permite convertir la comparación y la envidia en algo más cercano a la gratitud y admiración, que nos movilizan a alcanzar lo que queremos o cambiar aquello que no.

“Ser impuntual me permitiría flexibilizar, bajar mi nivel de autoexigencia, dejarme llevar, permitirme fallos, no tener que ser perfecta… Conecta directamente con aquello que necesito y que de alguna forma no me permito.”

En este artículo el ejemplo ha sido la impuntualidad, pero hay multitud de cuestiones en las que se puede reflexionar de la misma manera: situaciones injustas, una mentira, cambios de planes, incoherencias, cambios de opinión, autoridad, críticas, equivocaciones… Poder conocer la parte que tiene que ver con uno mismo permite decidir, no se trata de que no me moleste la impuntualidad y no pueda quejarme o discutir, sino de entender por qué me molesta y elegir si quiero ser puntual, no serlo o permitir que otros lo sean.