En Tiempos de Aletheia

Para divisar un poema; sobre un texto de Al Berto

  1. Un poema no puede (ni debe) explicarse. La crítica, la academia puede (o debe) si quiere, dar cuenta de los andamios con los que se construyó, tanto literarios, estilísticos o referenciales; puede insertarlo, en esta suerte de hagiografía agnóstica que es el parnaso literario, en una biografía, que cuanto más excesiva nos resulte con más aura investirá a los versos, o por el contrario –hay casos sonados al respecto– cuanto más “común” o “normalizada” se nos presente, más resaltará la “profunda vida interior” del autor a diseccionar, ya que, en la mayoría de los casos, lo que se realiza es la autopsia de un cadáver, de una realidad muerta cuando el poema, es, por definición, una realidad viva, donde el todo es mayor que la suma de las partes, y desmembradas estas, la unidad originaria no puede ser reconstruida (quitando el caso del “monstruo” de Mary Shelley). Decimos, un poema no se puede explicar. Se puede caminar por su periferia, aprender a divisarlo, ¿dónde? Sobre todo, en nosotros, porque el lugar del poema es el lector, es allí donde nace, donde despierta, donde se mira, donde se siente. El poeta, al escribirlo, siembra una semilla a ciegas en el tiempo, esperando que fructifique en otra, en otras vidas y allí se haga indisociable de las mismas. Un poema no se explica, se atisba, se divisa, se intuye y, en el sentido anterior, se cuida, se riega, se labra. Un poema se percibe, como un horizonte más allá del lenguaje, un horizonte contra el que se recorta la vida, sobre el que la vida toma forma.
  2. Un poema está vivo, no se puede apresar, encasillar, sentarlo (es como una anguila) en un pupitre y educarlo, no se le puede decir: “has de ser así o asá, hablar de esta o de aquella manera”. No se le puede tumbar, ni siquiera cuando está dormido, para explicar su anatomía, y cuando está despierto y corre y salta, no se puede establecer qué tendón o músculo hace el movimiento preciso que produce tal efecto concreto. Un poema no busca producir un efecto determinado: no procura un goce estético, no predica una verdad axiomática, no expone “un sublime sentimiento”. Todos estos instrumentos, o catalejos, que, usualmente se utilizan para aproximárnoslo, en realidad, lo alejan por completo, o lo deforman definitivamente, haciéndolo asunto de cementerios o de estanterías de botica.
  3. Para divisar un poema es necesario utilizar las palabras a modo de prismáticos, son unos prismáticos peculiares que, en vez de mostrar una realidad distinta y distante a la del ojo que mira por ellos, lo que muestra es la forma de mirar de esa propia pupila. El poema, pues, no sucede en el mundo, ajeno a nosotros, hemos dicho que crece, se desarrolla, se da en nuestro interior, el poema, básicamente, se abraza a cada célula porque no es sino la percepción que la (nuestra) vida tiene de ella misma. Así le es indiferente la distancia temporal que medie entre el poeta que lo sembró y el lector donde germina, un verso de Íbico puede vivir hoy como en un lector de aquella época.
  4. Un poema no explica una verdad, es él mismo verdad. No da cuenta de una verdad ajena a él mismo, como un sistema deductivo filosófico. Es la expresión de la vida rasgada por el tiempo. No puede ser refutado porque no busca refutar a nadie ni a nada, los poemas no se refutan los unos a los otros, se enlazan, se unen, se comunican. Un crítico puede dar cuenta de ese sistema de vasos comunicantes, pero para ello no debe, en ningún caso, perder de vista que está tratando con un organismo vivo y que, una vez seccionadas sus partes, este dejará de estarlo. Se trata de un ejercicio meramente descriptivo, en ningún caso propedéutico.
  5. Un poema es la expresión de una vida en otra vida, pero en ambas direcciones, de la del autor (y todo lo que habla en él) en la del lector (y todo lo que habla en él) y la de este último en aquella expresión, en el poema.
  6. El poema en apariencia está hecho de palabras, repetimos, son solo instrumentos ópticos, al modo de las lentes que tallaba, parsimoniosamente, Spinoza, las palabras son solo ventanas abiertas en el muro del tiempo a la propia experiencia de existir. Por eso un poema se divisa, está lejos, muy lejos, precisamente porque nos es lo más propio y el ejercicio de aproximación, de acercarnos a él, es lo que lo hace real, lo que le da vida.
  7. Las circunstancias en las que se escribe un poema nunca explican ni agotan a un poema, pueden servir de coordenadas de punto de partida, nunca de llegada, son (uno) de los comienzos del viaje, al poema se llega por muy diversos caminos, algunos antitéticos y contradictorios entre sí.
  8. A un poema hay que acercarse lo más desnudo posible, cualquier tipo de equipamiento accesorio nos lo oculta irremediablemente, a mayor simplicidad, a mayor humildad y pobreza de recursos mayor riqueza nos procura.
  9. Cuando a Beethoven le preguntaron qué quiso decir con la Novena Sinfonía él respondió que ya lo había dicho con la Novena Sinfonía. Si a un poema se le pregunta qué quiere decir responde con otra pregunta, generalmente, ¿qué quieres qué diga? El poema es una suerte de oráculo, conoce a la perfección las intenciones de aquel que se acerca a él para usarlo según sus propios propósitos y como la Gorgona Medusa, suele petrificarlo con la mirada, es decir, le deja al descubierto.
  10. Un poema es una ventana, hemos dicho, de una clase bastante peculiar, única. En vez de permitirnos ver el exterior nos hace ver el interior de quien mira por ella.
  11. Hoy vamos a intentar divisar un poema, está contenido en el siguiente texto, de su autor, Al Berto, poeta portugués, no diremos nada, pues quién es, late en sus palabras.

Foram breves e medonhas as noites de amor

e regressar do âmago delas esfiapava-lhe o corpo

habitado ainda por flutuantes mâos

 

estava nu

sem água e sem luz que lhe mostrasse como era

ou como poderia construir a perfeiçâo

 

os dias foram-se sumindo cor de chumbo

na procura incessante doutra amizade

que lhe prolongasse a vida

 

e uma vez acordou

caminho lentamente por cima da idade

tâo? longe quanto pôde

onde era possível inventar outra infância

que nâo lhe ferisse o coraçâo.

 


 

Fueron breves y espantosas las noches de amor

y regresar de aquella intimidad le deshilachaba el cuerpo

habitado aún por titubeantes manos

 

estaba desnudo

sin agua y sin luz que le enseñase cómo era

o cómo podría construir la perfección

 

los días se fueron consumiendo color de plomo

en la búsqueda incesante de otra amistad

que le prolongase la vida

 

y una vez despertó

caminó lentamente por encima de la edad

tan lejos como pudo

a donde fuera posible inventar otra infancia

que no le dañase el corazón.

 

Al Berto. El miedo. Poemas escogidos, 1976-1997. Traducción de Cidália Alves dos Santos y Javier García Rodríguez. Pre-Textos, Valencia, 2007. Pág. 237

 

Al principio, lo vemos titubear en el horizonte, como si hablase de otro, como si quien lo escribiese hablase de otro, como si necesitase ser otro para verse, como si fuera otro quien habla y de quien habla; las palabras, van, como un objetivo fotográfico, enfocándole a la vez que desenfocan el fondo, lo anecdótico, diafragma abierto hasta abertura mínima, dejando que la luz esculpa su experiencia, a medida que nos acercamos los versos nos delimitan una parcela de nosotros mismos en ese otro (que no es el poeta ni tampoco aquel que lee sus versos, de ese otro que son ambos dos), una parcela que contiene a las demás. Nos resistimos a describirla, ya lo hace el poema, nosotros estamos rodeándolo, porque a veces el camino más directo no es la línea recta, y el poema es una espiral que una vez te atrapa en su periferia, como en un torbellino o en un tornado, te arrastra a su interior, a su centro mismo. Dejémonos arrastrar por las palabras hasta su centro mismo, ¿qué se expresa en el último verso?: otra infancia que no le dañase el corazón. ¿No es quizás el centro mismo de cada uno de nosotros? ¿No es sino la semilla desde donde crece esa verdad, ese poema cuyos ecos se mezclan con cada átomo de nuestra conciencia que ya no podrá ser la misma después de él o que, incluso, comenzará quizás, por vez, primera a serlo?

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