En Tiempos de Aletheia

LLUEVE EN BUENOS AIRES (llueve adentro)

La lluvia arrasa hasta el último espacio de hueso herido. La lluvia es feroz con quien menos la necesita. La ciudad todavía cobija los restos de cartón que se acumulan debajo de los puentes. Los restos de cartón abren la noche, guardan hombres y mujeres, piecitos desnudos, y los perros se hacen bollito junto a la piel gris de los que allí duermen.

Cruzando los puentes, en los barrios, la lluvia es más lluvia, más tormenta, más despojo.   Ella se mete en las terrazas, hace nido en los costados, se acumula en los huecos de las baldosas, filtra su agua con la fuerza o lo débil de la espera, ella araña los techos como quien quiere limpiar lo que queda pegado en el fondo de una olla.

En otoño, la lluvia, arrastra los rojizos de las veredas; en primavera suelta el olor de los jardines.

Ella nunca duda, otea desde su cielo, sabe de los amantes a la hora de la siesta, de la noche en los hospitales, de lo solo que se queda el amor en los cementerios.

No sé por qué hablo de la lluvia, si hoy es un día soleado en Buenos Aires y el calor se hace sentir en las ventanas. No sé por qué hablo de la lluvia. ¿Será porque ella dejó algunas gotas colgadas en el techo de la cocina?, ¿será porque el amor quedó del otro lado de la puerta?, ¿o porque mis ojos no dejan de verla en todos los cuartos de la casa? No sé por qué hablo de lluvia.

El sonido de la Bialetti despierta mi oído, el olor a café es un remanso para esta lluvia. Una pausa, solo una pausa de esta lluvia que está anclada en mi cerebro, en mi cuerpo, en lo que no se ve.

Arrimo el sillón a la ventana, un sorbo de café me respira. Sobre la mesita, junto a la lámpara, un montón de libros apilados. Juego con el azar, tomo uno del medio de esa torre infinita, descuidadamente construida con miles de palabras ajenas, y no tan ajenas. En la tapa, ya amarillenta como una sombra casi muerta, dice: Antología poética, Raúl González Tuñón, Editorial Losada (1970).

Abro el libro como un oráculo para encontrar la palabra que desanude cada gota que se fue haciendo dentro. El humo del café empaña los anteojos, entre la niebla leo la página cincuenta y uno:

“Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro gran secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los tambores de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al
caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los
automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de
nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.
La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y
acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima,
recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.”

Esta lluvia de Tuñón toca esos lugares de los que no podemos prescindir. Esta lluvia nos desarticula, nos hace silencio, nos deja indefensos y a su vez nos fortalece. Ella es el amante y la amada, en esa “pertenencia” del despojarse, del dejarse llevar al otro y hacerse uno con el otro.

Esta lluvia desnuda de su yo, ese cuerpo abierto a cada gota, es el viajero herido y el que se detiene en su ayuda y cura sus heridas, porque él también es viajero y sabe de la herida.

Esta lluvia es entrar en el silencio de las cosas, en el lugar que nos repara, en el amor, en la herida primogénita, en la muerte. Ella atraviesa, habla lo indecible. “Estoy tocado de tu destino”, dice la voz del amado, tocado por un destino único que se hace vida.

Esta lluvia de Tuñón, entra de frente en el alma, hace un huequito y me trae una nostalgia de algo que no sé.

 

Fuente: Poema “Lluvia” Raúl González Tuñón.

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