En Tiempos de Aletheia

SOY PSICÓLOGA Y NO ME ATREVO

Me encuentro reflexionando sobre las consecuencias psicológicas y emocionales que el confinamiento, al que nos vemos sometidos todos los ciudadanos como consecuencia de la pandemia, subsistirá en nosotros, cuando todo termine.

A lo largo de este pasado mes, casi a diario, escucho psicólogos como yo, dando consejos e indicaciones sobre qué debemos hacer, informándonos de conductas inadecuadas como si tuvieran experiencia en situaciones de confinamiento tan largas como la que estamos viviendo.

La última situación en que la población tuvo que estar recluida de una manera similar en Europa, me lleva a 1939, durante la Segunda guerra mundial. En esa circunstancia, teníamos que; por un lado, los judíos necesitaban estar totalmente recluidos para salvar la vida, ya que se tenían que esconder tanto de los nazis, como de los vecinos que los pudiesen delatar. Tal y como lo relata la historia, es evidente que debían encontrarse en un estado de mayor temor, si cabe, que el resto de sus conciudadanos, en países como Francia o Polonia. Por otro lado, el resto de la población procuraba mantenerse protegida en sus sótanos, si los tenían, o en viviendas alejadas de las ciudades, con el fin de procurar que no les alcanzara ningún proyectil durante los bombardeos. Pero a ellos se les añadía el riesgo de la traición por parte de un conocido. Prácticamente no tenían ningún control sobre sus circunstancias, y nunca estaban seguros de por donde les podía llegar el peligro.

Ahora, se supone que no nos encontramos en un escenario bélico, por más que algunos políticos se empeñen en utilizar vocabulario propio de una guerra. Estamos en una situación de alarma sanitaria, por un virus que no controlamos. Por ello, me niego a realizar comparaciones de ambas situaciones: la de la Segunda guerra mundial y la de la pandemia por el Covid-19.

Desde el análisis de las características psicológicas de la realidad, en la que nos vemos envueltos, se pueden encontrar algunas similitudes, como son la relativa falta de control sobre el riesgo que corremos de vernos afectados, sobre las decisiones que se tomen a nivel general por parte de las autoridades, así como la recomendación de salir lo mínimo de casa. Pero, sin embargo, encuentro muchas diferencias entre ambas circunstancias. Tenemos la posibilidad de tomar decisiones personales que ayuden a protegernos, a pesar de que en su momento faltaran medios, al menos por ahora. Conocemos la forma de transmisión del agente patógeno, estamos en un estado de paz y con un ambiente de solidaridad (salvo alguna puntual excepción), seguimos teniendo libre acceso a bienes de primera necesidad, y a medios de comunicación y redes sociales, lo cual no ocurriría en un estado de guerra. El ambiente social externo no es bélico, sino de pasividad forzada. Eso es normal ya que, en general, todos intentamos controlarnos en público, por aquello de la deseabilidad social. En la intimidad de los hogares, es muy posible que, como consecuencia del mayor número de horas de convivencia obligada y no siempre armónica, el ambiente no sea tan idílico.

Por lo tanto, aunque también tras esta crisis veremos muchos casos de trastorno por estrés postraumático, típico de los “soldados de primera línea”, tal y como se ven tras una guerra, aumentarán los cuadros de hipocondría, depresión y ansiedad. En las relaciones personales, y en especial en las de pareja que ya fueran disfuncionales, será mucho más probable que surjan episodios de violencia intrafamiliar y que tras el confinamiento aumente la frecuencia de divorcios.

Si bien es cierto que las recomendaciones que transmiten mis colegas, están repletas de sentido común, no he visto ninguno acercarse a las emociones negativas. Añoro que se hable de la expresión de dichas emociones en la vida cotidiana.

En los medios de comunicación parece ser que no está bien visto hablar de lo que se considera negativo. Puntualmente, dejan que algunas personas que acaban de sufrir un dolor inmenso, aparezcan desahogándose enfadados, y se le suele asociar una connotación política. Pero tras esos minutos de emisión, no entrevistan a los expertos solucionadores. En esos casos, no tienen respuesta que sirva, pero tampoco se dice. El trabajo que se debería realizar, y posiblemente se esté haciendo, no vende en los programas. De ahí que añore a psicólogos que muestren la cotidianeidad auténtica, la que se vive en los hogares en que varios niños deben hacer sus tareas o asistir a sus clases on-line, con un único ordenador familiar. O el hogar de un adulto triste y preocupado por su futuro, que perdió la paciencia y levanta la voz a su pareja por una nimiedad.

Para mí, el desfallecimiento, la rabia, la impotencia, la ira, la tristeza, la frustración, el miedo y un sinfín de emociones de este cariz, no son negativas per se, forman parte de la realidad. Y como tal, hay que hablar claramente de ellas y de cómo gestionarlas. No es que pretenda fomentarlas, pero darles la espalda y aparentemente negarlas, no nos ayudan a sobrellevarlas.

Entonces, los expertos fichados por la cadena televisiva de turno, esbozan “soluciones” sobre lo innombrable. Les oigo hablar sobre que hay que ser positivos, mantener el buen humor, aceptar el aburrimiento como algo útil para el autoconocimiento y que este es un momento perfecto para adquirir nuevas habilidades.

Me resulta artificial y sin sentido, hablar constantemente en tono alegre, cuando la realidad no lo es. Claro que cada día podemos encontrar un instante de placer, aunque sea en un bocado que le hayamos dado al bizcocho que acabamos de hornear, pero en sí misma, esta situación es negativa, dura y desagradable para todos nosotros.

Estamos viviendo en un contexto plagado de incertidumbre, donde los científicos reconocen que no tienen respuestas satisfactorias y que están aprendiendo cada día, como enfrentarse al virus. Seguramente para ellos, a pesar del dolor que sienten, existe en ese aprendizaje algo de estimulante. Deben engrasar la maquinaria de sus cerebros para que funcionen a pleno rendimiento, en busca de salidas a esta emergencia sanitaria. Tienen ante sí un reto que afrontar.

También lo ha integrado así, parte de la ciudadanía, y ha reaccionado en consonancia. Comprobamos cómo la creatividad surge en cada rincón de nuestro país, cada uno a su nivel, pero brota, a pesar de esas emociones desagradables que nos invaden.

Por eso, afirmo que sí, soy psicóloga, pero no me atrevo a dar consejos. Y si no me atrevo, es porque creo fervientemente que, en general, la gente es sensata y sabe todas esas cosas que se le dicen desde la psicología: lleve un orden en su vida, impóngase una rutina, quítese el pijama, mantenga un horario para las comidas, planifíquese el día, no piense en el futuro, etc.

Los telespectadores ya saben que deben quitarse el pijama y vestirse para sentir que no son seres inertes y pasivos. ¿Qué no piensen en el futuro? ¿Cómo no van a pensar en él, si no saben si dentro de un mes o dos, su situación económica, les permitirá vivir?

Considero más honrado y leal acompañarlos en sus preocupaciones, mostrar sensibilidad y tomar conciencia de su dolor, que también es el mío.

Esta situación es nueva para todos, y creo que los daños psicológicos y emocionales posconfinamiento, serán muchos y variados. Dependerán del estado previo de cada individuo y de las circunstancias a las cuales se tenga que enfrentar, con fuerzas posiblemente debilitadas. En ese momento, serán muchas las personas que nos necesiten y espero que todos los profesionales, hoy tan metidos en su papel de expertos televisivos, estemos a la altura de las necesidades que la sociedad nos planteará.

 

María José Alfonso

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