En Tiempos de Aletheia

Triste historia

“De todas las historias de la Historia, la más triste sin duda es la de España”, rezaban los versos del poeta Jaime Gil de Biedma. Y hoy, más que nunca, en esta era de “leyenda negra”, y en este mes de celebraciones por el aniversario del descubrimiento de América, se tornan vigentes: en un ambiente globalizado y crítico contra todas las ideas de patriotismo e historicidad.

Quizá por un excesivo deseo de revisionismo, no exento de sustento real, y un anhelo de crear nuevas identidades, lo cierto es que, hogaño, más que nunca, la “Leyenda negra” contra España y todo lo español, frente a una pretendida reivindicación indigenista, se ha hecho fuerte en la palestra política, mediática y cultural. Y no son pocos los que, desde este o el otro lado del charco, aprovechan para enarbolar la antihispanidad y la tan mentada frase “nada que celebrar”.

Sin ánimo de caer en su contraparte, esto es, en una infantil “Leyenda rosa”, no deja de ser paradójico que unos y otros nos dejemos de llevar por un ideario tan sádico como masoquista, por cuanto, tirios y troyanos, somos herederos cultural y genéticamente de todo lo que denostamos. Y que, haciéndolo, yendo más allá de una sensata cura de humildad y examen de conciencia, no estamos sino tirando piedras contra nuestro propio tejado al alimentar los intereses de otros sistemas y culturas, cuando menos igual de réprobos, y en nada interesados en beneficiar lo nuestro en cualquiera de sus formas: español, latinoamericano, iberoamericano o, simplemente, hispano.

Durante la colonización puede que no fueran escasos los errores cometidos, si bien, en primer lugar, sería un anacronismo galopante juzgar algo ocurrido hace cinco siglos con los ojos de la actualidad; y, en segundo, aún puestos a caer en este vicio histórico, no deberíamos olvidar que la susodicha leyenda negra fue creada y promovida por otras naciones dentro de un contexto de lucha hegemónica e ideológica. Dentro de la cual, España (que incluía tanto la península como los territorios de ultramar, a diferencia de otros países colonizadores que sí mantuvieron una distinción política y legal entre las colonias y la metrópoli), con mucho, fue la que ejerció un poder más ecuánime, justo y ponderado. Ya se sabe, “unos crían fama, y otros cardan la lana”.

Desmanes aparte, que hubo, como ha habido en todo sistema y forma de gobierno desde que el hombre es hombre (y quizá haya hasta que el hombre devenga en superhombre o en trashumano), cabe destacar que, mientras que la otrora corona española aboliría la esclavitud sobre el papel prácticamente desde el descubrimiento del llamado “Nuevo mundo”, allá por el siglo XVI, países como Inglaterra o Francia la mantendrían de hecho y derecho hasta el siglo XIX, y en otros como Bélgica o EE. UU. aún persistiría hasta bien entrado el siglo XX.

Como no dirá la mala memoria histórica, tras los debates entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda, no acerca de si los nativos americanos tenían alma o no (como se suele decir), pues esto ya había sido dictaminado mucho antes (en las leyes de Burgos de 1512, y con la bula Sublimis Deus del Papa Farnesio de 1537, familiar del gran general español), sino si aceptada su racionalidad se les podía declarar ciudadanos de pro y declarar su derecho a la libertad y la propiedad. Cosa que, contra el recelo del resto de gobiernos del continente, saldría adelante gracias a las ideas de los pensadores dominicos. Siendo desde entonces considerados súbditos en igualdad de condiciones, derechos y obligaciones, de la nación más antigua de Europa. Propiciándose, además, una tarea de conocimiento de las culturas precedentes (en tanto traducción y recopilación de sus culturas), amén de una política de mestizaje como nunca hicieron portugueses, francos o anglosajones en sus varios siglos de dominios.

Datado está el primer ciudadano nativo español, hijo de Cortés y una indígena, durante la primera década de la conquista; y dos siglos antes de la fundación de Harvard, ya existían en América decenas de universidades y centros de estudios sin nada que desmerecer a las del “Viejo mundo”. Algo que, si bien no exime de posibles errores históricos, nos debería dar una idea de cuánto hay de hipócrita o desinformado hay en aceptar los idearios legendarios que vinieron del revanchismo y la envidia externa. Como si de un ejercicio de transferencia freudiana se tratara, el pueblo que mejor trató y asimiló a otros pueblos (véase, el español) fue sujeto a las calumnias de los pueblos y gobiernos rivales que verdaderamente ejercitaron la dominación y la esclavitud por sistema hasta antes de ayer en términos comparativos.

Algo que, para más inri, se mantuvo durante sus cinco largos siglos de territorialidad. Siendo, por lo demás, bien conocido por los anales, como desde España siempre se luchó por mantener ese nivel de exigencia y tolerancia política y legal frente a las minorías criollas establecidas que, para disponer de mayor poder sobre los nativos y aquellas tierras, hicieron suyo el discurso de Inglaterra y Francia, y acabarían promoviendo las subsiguientes independencias: razón por la que resulta curioso, pero no chocante, que tantas veces en la actualidad los mayores detractores de la hispanidad y el legado histórico conjunto sean no descendientes reales de indios oriundos americanos, sino intelectuales o personalidades de corte eminentemente criollo. Tan contrarios a los vástagos de los españoles que se quedaron en la península, como de las minorías verdaderamente autóctonas.

Minorías indígenas y mestizas que, todo sea dicho, tradicionalmente, se posicionaron a favor de las instituciones y ejércitos españoles reales y continentales. Sabedores de que España siempre les iba a tratar mejor que los caciques locales: repetición histórica de por qué la mayoría de pueblos originarios, como los Chacaltecas, los Huexotzincos, Cholulas o Tepeyaces, prefirieron a los de Cortés que al terror y tiranía del oligárquico Imperio Azteca.

Con todo, “de todas las historias de la Historia, la más triste, sin duda, es la de España porque termina mal”, continuaba Biedma, rara avis cultural, España e Hispanoamérica son quizá el conjunto de países que ha asimilado de pleno la leyenda negra internamente. Tal vez, vae victis, a resultas de que, tras su preponderancia, acabó perdiendo la hegemonía frente al mundo anglosajón. Sambenito autoaceptado, como ramificación de la leyenda negra que está detrás las divisiones y guerras entre países hermanos (cada vez más distanciados), de la búsqueda de fragmentaciones mayores y, a la postre, de un vasallaje frente a culturas foráneas e ideologías que tratan de vaciar de contenido y tradición a pueblos que mejor harían en buscar nuevas alianzas y uniones fraternales en un mundo que se adentra en retos y coyunturas históricas que para nada cuentan con españoles, mejicanos, cubanos, venezolanos, argentinos, colombianos, etcétera, etcétera. Antes bien, parecen querer separarlos y enfrentarlos para mayor gloria de la nueva era: quién sabe si sabedores del potencial que conjuntamente podría tener la sinergia de esta cultura.

Pues no es menos cierto, como escribió otro gran poeta español del exilio (de cuando aún los intelectuales de cualquier signo político amaban a su tierra), que más allá de la historia ya pasada, todo sigue en marcha…

<<… Nosotros somos quien somos.

¡Basta de Historia y de cuentos!

¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

Ni vivimos del pasado,

ni damos cuerda al recuerdo.

Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.

Somos un río derecho.

Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.

Somos a muerte lo ibero que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero…>>

Gabriel Celaya. De: «Cantos iberos» – 1955.