En Tiempos de Aletheia

Sobre Tauro(magia) y Unicornios

Sobre Tauro(magía) y Unicornios. Antonini de Jiménez y el asesinato del otro

 

Umberto Eco en su obra Kant y el Ornitorrinco desarrolla una pequeña fábula a partir de la figura del comerciante italiano conocido bajo el nombre de Marco Polo. Eco nos presenta al aventurero a quien la realidad se le avanza mostrándole un animal cuadrúpedo, con pies de elefante, pelo de búfalo y un cuerno negro sobre el hocico, una entidad que no encajaba con ningún concepto previo que poseyera el mercader, al menos no de manera inmediata. Sin embargo, nos advierte Eco, estamos ante un caso en el que Marco Polo solo podría darle sentido a dicha realidad modificando un concepto preexistente.

Por lo tanto, haciendo mano de la mitología (biblioteca) europea, toma como concepto aquel que se ajustaba mejor al referente que tiene delante: el unicornio. Aquel animal de hermoso pelaje blanco y con un majestuoso cuerno saliendo de su hocico. De esta forma da por hecho su existencia, pero concluye que éste no era como se narraba en la tradición, sino como él lo veía, es decir, no teniendo el concepto de rinoceronte, lo llamó “unicornio”. En este punto Eco se pregunta qué hubiese sucedido si, en vez de un rinoceronte, Marco Polo se cruzase con un ornitorrinco, animal con pico y patas de pato, con pelos, ovíparo y con glándulas mamarias, a fin de cuenta como podemos sobrellevar semióticamente una realidad que desborda nuestros conceptos. Se trata así la cuestión fundamental de aquello que ocurre cuando la realidad se nos aparece como distintamente otra, ya no como parte diferenciada de lo mismo.

Esta historia enunciada desde una crítica al colonialismo moderno, tanto como a su colonialidad histórica estructural, permite comprender que la acción de nombrar como unicornio al rinoceronte deviene de la imposición de un concepto sobre la realidad, más aún entendemos la profunda catástrofe que significa para el rinoceronte ser medido por los patrones del unicornio. Porque, entre los fundamentales problemas de la racionalidad moderno/occidental es precisamente que no se suele ajustar el concepto a la realidad, sino lo contrario se impone sobre la realidad un concepto.

Estaremos de acuerdo en que los unicornios no tienen existencia empírica, pero que pasa cuando comenzamos a afirmar lo contrario, pues que el concepto, siendo fundamento de la razón mítica. deviene en horizonte trascendental de aquella realidad que se pretende nombrar, así estaríamos configurando las condiciones sobre la “bestia” para que ésta sea movida por el deseo de dejar de ser aquello que es (un rinoceronte), orientando su existencia a transformarse en un verdadero unicornio, aunque dicha transformación además de indeseable, sea imposible.

La imposición del concepto de unicornio es justamente el movimiento que describe el argumento desarrollado por Antonini de Jiménez en su “Tauro(magia) o por qué los antitaurinos se EQUIVOCAN”. Este economista español, aficionado a Hegel, es capaz de resumir, en su defensa de las corridas de toros, los argumentos que han justificado históricamente la imposición colonial del occidentalismo (españolismo incluido) y su racionalidad de muerte. Su argumento, como veremos, es una actualización retórica y esotérica de los fundamentos del racismo estructural constitutivo del mundo moderno.

El postulado inicial para su defensa de la Tauro(magia), pues si ni los seres humanos elegimos vivir minimizando los sufrimientos, por qué pensamos que “el toro que no puede elegir, porque es elegido, si lo haría”. Lo fundamental de éste postulado radica en que para Antonini de Jiménez “las cosas nobles de la vida han pasado por las leyes del sufrimiento”. Lo que no se cuestiona éste, en la construcción de su metáfora, es cual es el régimen de corporalidad que define el lugar del sufriente, su argumento se reduce a un discurso moral abstracto donde el mal se ve justificado por ser éste el origen del bien. Se trata de una teogonía de evangelio taurino, razón por la cual pasa de preguntarse sobre el sufrimiento del toro, para él la cuestión que importa es “si el torero está legitimado para infringir dolor al toro en la plaza”. Su respuesta a esta cuestión no deja espacio a la interpretación, enfatiza de manera afirmativa que se trata de un dolor humanizante, agregando que es humanizante porque “hay verdad, belleza y bien”.

La verdad aparece al describir una corrida de toros como una “expresión cuántica” de la vida. Entendemos, por tanto, la fiesta taurina bajo los términos de M. Mausse, es decir, como un hecho social total, noción que nos permite comprender el ser-hacer de un grupo humano, ya que en ella se condensan creencias, estructuras de parentesco y/o clase, etc. Pero, no para Antonini de Jiménez no se trata de un hecho social, es decir, histórico, para él cuando se produce una corrida estamos ante la experiencia ahistórica de la vida. Así, su defensa de la fiesta taurina es una forma de justificar encubridora mente el orden vigente, porque aunque intente sugerir lo contrario, sus argumentos resultan ciertos no por su validez empírica, sino porque se ajustan a la perfección a la razón mítica que legitima la dominación colonial que hizo posible la occidentalización del planeta.

Sus palabras recuerdan a las dichas por el presidente Truman en lo que se conoce como el discurso fundacional del desarrollismo de Estado tras la Segunda Guerra Mundial.
Porque aunque Antonini de Jiménez sea activista del desarrollismo de mercado su genealogía lo liga al primero. Ambos hacen énfasis en la necesidad e inevitabilidad del dolor por el que ha de pasar el rinoceronte para poder transformarse en unicornio. Ya conocemos los del sur global en qué consisten los ajustes dolorosos pregonados por Truman, también conocemos el sufrimiento de millones de personas asesinadas, y torturadas, en nombre del progreso y bajo regímenes dictatoriales promovidos y sostenidos por las potencias occidentales. En el sur global somos el Toro, la bestia que ha de ser dominada por la verdad del torero.

Además de la verdad, Antonini de Jiménez nos habla de la belleza, un punto en el que se apresura a señalar “aunque le joda a las feministas” porque, en sus palabras, el torero con su traje de luces también recrea performativa mente la femineidad, esa que le permite “ser capaz de dominar a esa bestia iracunda llamada toro”. Un argumento al que aplicando lógica transitiva nos permite comprender que para Antonini de Jiménez la belleza es aquello propio de la feminidad, que esta última es lo que hace posible que la mujer pueda “dominar” a la bestia iracunda llamada “hombre”. No hace falta argumentar más en este punto, es muy sabido en qué acaban estos argumentos y sus enraizados vínculos con negacionistas del patriarcado occidental, así como de la violencia de género.

El tercer argumento con el que nuestro amigo pro-taurino defiende la legitimidad del torero para infringir dolor al toro es básicamente sublime, el Torero causa dolor para el propio bien del toro, porque con sus verónicas y trajes de luces el matador “humaniza la irracionalidad de la bestia”. Valdría con agregar que el torero es el conquistador que con la imposición de una religión humaniza a los herejes, como las leyes de indias humanizaron a los pueblos de las Américas, lo único que falta es afirmar que el matador libera al toro.

Al final de cuentas, como afirmamos anteriormente, el argumento de Antonini de Jiménez es un argumento moral que busca legitimar el dolor y para ello le otorga carácter de justicia. Es decir, resulta justo hacer sufrir a otro para alcanzar un bien superior, pero, claro, sin cuestionarse nunca para quién es ese bien superior, mucho menos si es deseable para todos, como Sepúlveda en Valladolid justifica el asesinato por el bien de las almas.

Es así como la retórica de este señor encubre que el rostro del toro es el aparecer del otro-como-distinto, un Otro que al no poder ser comprendido en su totalidad requiere ser reducido mediante la tortura, así es transformado en una bestia ajustada a los deseos y placeres del ego. Lo único que logra demostrar  es que para defender la tauro(magia) hay que creer en los unicornios, la cuestión es que en el mundo moderno uno no puede creer en estos míticos seres sin terminar defendiendo el racismo estructural que fundamenta el orden vigente.