En Tiempos de Aletheia

¿Dónde quedaron los límites?

Los años de ejercicio profesional como psicóloga, no solo aportan experiencia y conocimientos, sino también sentido común, que habitualmente suele acompañar a la aparición de las canas. Esta misma semana conocí el caso de una niña que con 11 años, de pronto dice que “quiere ser chico”. Cuando su madre consulta con un/una psicóloga y en una única consulta, la profesional le explica a la niña todo el proceso de cambio de sexo y se lo plantea como algo fácil, sencillo incluyendo en el discurso conceptos como cambio hormonal, trámites para cambiar el identificativo de tipo de sexo en el documento nacional de identidad, etc. A su vez, le indica a la madre que informe en el colegio que deben comenzar a llamarla por el nombre masculino que ha elegido y le permitan entrar en el baño de los muchachos. Para terminar le recomienda a la madre que busque apoyo psicológico para ella, lo cual le facilitará la aceptación de la nueva situación que ha planteado la, hasta ahora, niña. Por supuesto, tras esa primera (insisto) y única consulta, da de alta a la niña, ya que considera que un caso de disforia de género, que supongo habrá diagnosticado de un plumazo, no es una patología y, por lo tanto, no necesita ayuda, apoyo o lo que quiera pueda hacer una psicóloga en ese caso.

¿Dónde veo los problemas, os preguntaréis?

  • En primer lugar, en que la persona, no quiero concretar ni niña, ni niño, expresa que quiere SER chico, no que SE SIENTE O ES CHICO. La identidad sexual NO es un deseo, es una condición, una certeza.
  • En segundo lugar, que con esa edad, la personalidad de un/una joven todavía no está conformada de manera estable y es una etapa de la vida particularmente inestable emocionalmente, precisamente por los cambios hormonales. En ese momento, la hasta ahora niña se encuentra en el comienzo de la adolescencia, una de cuyas características es precisamente el reconocimiento y la búsqueda de la propia identidad como indivíduo.
  • En tercer lugar, en una evaluación concienzuda hay que tener en cuenta que suele ser común en las niñas rechazar, temporalmente, su condición de chica cuando han tenido su primera menstruación, por las molestias físicas que conlleva. ¿A qué niña de diez años le gusta tener que llevar una compresa higiénica varios días al mes? Esa incomodidad las puede llevar a DESEAR ser chico, ya que en esa etapa de su vida no le ve ninguna ventaja a lo de ser chica. Eso sin entrar en que, en algún momento, algún comentario más o menos impertinente le haya avergonzado o que “alguien” la haya incomodado con una observación de connotación sexual.

Mi análisis pretende ir mucho más allá de la opinión crítica acerca de la actuación profesional de una colega, que no dudo pretendió aliviar la tensión emocional de una niña. Incluso puedo pensar que la información que le proporcionó correspondía a una estrategia de psicología inversa que, en lugar de ser un refuerzo hacia la demanda de la niña, pretendiera presentarle todas y cada una de las barreras administrativas que suponía su demanda, aunque la muchacha lo entendiera como una gran puerta abierta por la que podría cumplir su inminente deseo.

Este caso, que brevemente he presentado, me ha hecho pensar en qué laxos son los límites de nuestros comportamientos, nuestros valores y nuestra ética en la actualidad. Tengo la impresión de que estamos inmersos en una sociedad indefinida. La honradez sigue considerándose un valor positivo, pero socialmente se acepta el ser condescendiente en algunos casos, los cuales no se calificarán como “tan graves”. La opinión general es que “todos, en determinada posición, también seríamos corruptos”. Se escucha mucho aquello de que “el que no roba es porque no puede”, refiriéndose a los representantes sociales. Y, por lo tanto, las corruptelas de bajo nivel se juzgan con benevolencia. No tenemos más que recordar las pocas dimisiones que se dan en España si nos comparamos con otros países europeos.

Y ¿cómo llamamos ahora a las mentiras? Ya no hay mentiras, ahora lo que se lleva es la posverdad. Si sigo pensando, podré encontrar cientos de ejemplos en los que ya como sociedad difuminamos los límites para que quepa cualquier conducta, línea de pensamiento en cualquier espacio. A nivel político, prácticamente ya no existe la derecha y la izquierda. Son tantos los matices y calificativos que se les ha añadido a estos conceptos que cualquier persona se puede identificar con cualquier partido y de hecho los políticos de profesión se pueden cambiar de agrupación política sin tener que “cambiarse de chaqueta”.

¡No! No me he perdido en mi disertación, aunque lo parezca. Este cambio social hacia la indefinición está afectando al indivíduo en lo más íntimo y profundo. Afecta a nuestros niños y jóvenes hasta el punto de creer que la identidad sexual es algo cambiable y modificable al antojo de las circunstancias o de la etapa de la vida en la que nos encontremos.

Como sociedad adulta, les estamos mostrando a las nuevas generaciones, un mundo en que los cambios no tienen consecuencias. Solo les presentamos la primera parte de la ecuación, dejando al azar el resultado final. Parece que siempre estemos reforzando el premio inmediato y que si, luego, no nos gusta, podremos volver a cambiar nuestra opción y la realidad, no siempre es así.

En el ejemplo que he expuesto, desde la solvencia que me dan los diecisiete años que he ejercido como sexóloga y que me permiten claramente distinguir cuándo nos enfrentamos a un caso de disforia de género (transexualidad), a una conducta de dudas hacia la propia orientación sexual o a una etapa de dolor emocional y rechazo hacia un hecho que no desearía tener que soportar, echo de menos algo más de profundidad en la atención a la demanda que presentó esa niña. Los psicólogos clínicos, además de profesionales de la salud, deberíamos asumir el papel de referentes sociales, con toda la responsabilidad que eso implicaría.

Por ello:

  • Defiendo la necesidad y la obligación de evaluar con el tiempo necesario a cada paciente para detectar problemas colaterales que pueden quedar ocultos tras una afirmación como la que expresaba esa muchacha.
  • Defiendo que los profesionales debemos seguir teniendo la capacidad de distanciamiento que nos permita analizar las demandas que nos llegan con perspectiva global del sujeto que tenemos enfrente.
  • Defiendo que no nos podemos permitir, como profesionales, dejarnos llevar por esa laxitud en la definición de conceptos y conductas.
  • Defiendo el respeto a la libertad de pensamiento y la expresión de sentimientos con coherencia y responsabilidad.
  • Defiendo el respeto hacia el tiempo que precisa la evolución de cualquier proceso y saber transmitírselo a nuestros pacientes.
  • Defiendo la educación en tolerancia a la frustración, no como excusa para reprimir deseos, sino como el arma protectora que nos ayuda a distinguir entre una necesidad y un deseo fugaz, fruto de un impulso efímero.
  • Considero que tenemos la responsabilidad como profesionales cuyo objetivo es el de ayudar a otras personas, de fomentar la autenticidad y la capacidad de autoconocerse, con valentía.

Creo que debemos volver a encontrar, tanto a nivel social como individual, los puntos cardinales que marcan las principales direcciones de nuestros valores y minimizar las medias tintas.

1 comentario en «¿Dónde quedaron los límites?»

Deja un comentario