En Tiempos de Aletheia

De la protesta al nihilismo (Past lives matter)

La ola de descontento y vandalismo que ha sucedido a la más que censurable muerte de un afroamericano en Estados Unidos no está dejando títere con cabeza. Primero fue Colón, después Cervantes, Velázquez o Fay Junípero y, ahora ya, el mismísimo Voltaire.

Sí, ese mismo Voltaire que fue padre de los librepensadores. Quien diera luz a la Ilustración y los movimientos modernos por la tolerancia. Quien, tras las matanzas de Charlie Hebdo y Bataclan, simbolizó hasta hace bien poco la lucha de la gente de bien contra el horror fanático del terrorismo. Sí, ese mismo Voltaire, se ha convertido recientemente en blanco de los furibundos ataques de las huestes reivindicativas por los sucesos racistas de EEUU.

¿El motivo?, algunas ideas expresadas en sus escritos y, sobre todo, dentro de su innumerable lista de negocios e inversiones (no hay que olvidar que este filósofo era una de las primeras fortunas de la Francia de su tiempo), ser acusado anacrónicamente de haberse beneficiado con el comercio de esclavos. Así es, dentro de los movimientos de indignación popular exportados del Nuevo continente, no siempre espontáneos, un grupo de radicales profanaba esta semana pasada la estatua parisina de una de las más grandes luminarias e importantes de todos los tiempos. La de François-Marie Arouet, auto-apodado Voltaire (1694 – 1778), padre del enciclopedismo y vaca sagrada de la intelectualidad francesa y europea.

El busto, que es obra del discípulo de Rodín, Léon-Ernest Drivier, y que se encuentra en un lugar altamente simbólico, frente al Louvre (en la orilla opuesta del Sena), a dos pasos del Instituto, la Academia y el muelle Voltaire (justo en el lugar donde murió el legendario pensador), iba a aparecer salvajemente atacado por ser sospechoso de un racismo reaccionario. Sorprendiendo a propios y extraños, hace apenas unos días, tras el tumulto de la noche de la Fiesta de la Música, un grupo de empoderados manifestantes, la iba a emprender (desfigurándola con pintura roja) contra la otra representación del autor del Cándido y el Diccionario filosófico en la ciudad. Una preciosa escultura en un pequeño jardín, al principio de la calle del Sena.

Y es que, desde que el movimiento Black lives matter se diera a conocer al mundo, como respuesta orquestada contra el homicidio de George Floyd a manos de un policía blanco, la escalada de violencia no ha dejado de crecer. Tanto es así que la situación está tomando un cariz que, contra todo sentido común, ha trascendido tanto su continente de origen como sus objetivos iniciales. Recrudeciéndose las protestas geográfica e ideológicamente. Llegando incluso a atacar cualquier personaje u obra que lejanamente pueda ser tildada de xenófoba, represiva, machista o colonialista. Esto es así: hemos asistido al derribo de estatuas, a la condena a libros infantiles como los de Harry Potter (acusados de carecer de protagonistas de color), y hasta campañas para quitar del mercado productos susceptibles de promover estereotipos raciales (véase la recogida de firmas en change.org contra los Conguitos).  Actos de exaltación y rebelión que, si bien pudieron tener su sentido y su lógica en un primer momento, promoviendo la crítica contra un acto puntual o, incluso, la lucha contra estructuras sociales marginantes y anquilosadas, hogaño, se están difundiendo y degenerando más bien en una suerte de ataques intempestivos contra todo lo que se mueva.

¿Era Colón un imperialista?, ¿Cervantes un racista?, ¿y Voltaire un esclavista? Desde una perspectiva actual, y si estos personajes estuvieran vivos, podríamos afirmar con toda naturalidad que sí. Mas, cuando de lo que se trata es de juzgar con categorías presentes a personajes y acontecimientos pretéritos, la cosa no es tan sencilla. Siguiendo una dialéctica de este tipo, ¿qué quedaría en pie?, ¿acaso habríamos de deshacernos de las obras de Aristóteles y Platón por escribir solo para los griegos y considerar bárbaros a todos los que no fueran de Hélade?, ¿acaso habría que acabar con todo vestigio que nos ha llegado como legado romano, desde los acueductos a las obras de Séneca o Cicerón?, ¿acaso tendríamos que terminar con toda la obra medieval y moderna por sus tintes religiosos y oscurantistas, desde su pintura a sus catedrales, pasando por los tratados de sus más insignes filósofos y pensadores? Y, ¿qué decir del legado de culturas como la hebrea o la islámica, preñadas de un culto a lo suyo contrario a toda herejía y muestra de diferencia?, ¿qué argumentar a favor de los pueblos pre-hispánicos en Latinoamérica, donde Aztecas e Incas gastaban una concepción brutal, clasista y sacrificial de la sociedad?, ¿qué argüir para salvaguardar la honra de la historia de las naciones protestantes, las cuales promovieron cazas de brujas hasta bien entrada la Modernidad? Una vez sacada la rueda del arado, pocas imágenes y pocos iconos culturales superarían la prueba del algodón.

Puestos a hacer genealogía de los valores de cada época y momento, y de cada figura histórica, difícilmente podríamos encontrar alguna manifestación antropológica que fuera susceptible de inefable pureza. Los persas eran un Imperio, los helenos eran etnocéntricos, Alejandro Magno era un genocida, Roma era la conquista estatalizada, el Cristianismo y las Religiones del Libro son cultos misóginos, los imperios español, británico y francés eran colonialistas, EEUU es la policía del mundo, etcétera, etcétera, etcétera. De igual modo, habría que reconocer que lo que pensaron y legaron Sócrates, Confucio, la Patrística, la Escolástica, el Humanismo, Hobbes, Descartes, Kant, Hegel, Schopenhauer o Nietzsche eran meros disparates de unas mentes perturbadas por el odio racial o machista. No menos que las obras de Dante, Shakespeare o Montaigne serían material a destruir por estar cargados con formas de ver el mundo que hoy día hemos superado (o creído superar).

Pues, y de eso se trata la historia, el correr del tiempo va cambiando las mentalidades, ajustando las creencias y refinando las leyes. Y juzgar con los ojos del presente, el pasado que posibilitó que hoy hayamos avanzado con mundo y como humanidad, es un auténtico despropósito si se lleva hasta esas formas contemporáneas de inquisición. Un desatino que, bien mirado, no es inocuo, ya que, no solo significa una incomprensión hacia el pasado (y ya sabemos que “quien desconoce su pasado está condenado a repetirlo”, cómo diría Santayana), y una pequeña traición hacia el futuro, que podría carecer del conocimiento de sus raíces, sobre todo, es negativo porque alienta un presente lleno de cerrazón y dogmatismo (amén de violencia). Esto es, conduce a los pueblos, naciones, etnias y personas del presente que se dejan llevar por estas ansias revisionistas, a un sendero de destrucción de todo lo anterior o incluso presente. Ya nada vale por superado, nada merece ser recordado o rememorado porque era menos evolucionado, todo es rechazable porque no responde a los criterios de lo que posibilitaron en su imperfección.

Una lógica de este tipo, con toda su pretensión moral de superioridad, llevada a sus últimas consecuencias, solo podría derivar en un nihilismo harto negativo, donde todo ha quedado desacreditado. Donde el propio movimiento de deslegitimación difícilmente podría pararse en algún punto. Y que, a la postre, acabaría con cualquier tipo de constructo humano, presente, pasado o futuro. No en vano, el propio momento histórico que vivimos, a veces llamado Posmodernidad, es precisamente el resultado de esa crítica constante a cualquier relato, la cual, ha propiciado un horizonte donde prácticamente todo valor y toda construcción cultural ha sido abortada por falta de fundamentación. Resignando al mundo, desgraciadamente, a formas más limitadas y de menos amplitud de miras que sus erradas predecesoras.

Ciertamente, la historia del hombre (y de la mujer, no nos acusen de retrógrados) está llena de equívocos y deficiencias. Si bien, hay que tener cuidado con las tendencias extremistas y jacobinas, tantas veces sinónimas de decadencia y de reducción al absurdo: a riesgo de quedarnos sin nada. Y no solo por tener que empezar de cero, sino, y sobre todo, porque no sería difícil que en estas lides intransigentes acabáramos cayendo en otras formas de sectarismo y dogmatismo no menos nocivas. Especialmente de personas o grupos para quienes su propósito de enmienda, sigue siendo la primitiva e intolerante idea de siempre de crear un hombre, un régimen, una religión o una sociedad nueva que suele acabar desarraigando indefectiblemente a todos.

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