En Tiempos de Aletheia

Entrevista al escritor Lorenzo Silva

“Un país o una sociedad que no se da cuenta de que –antes de poner a un niño de diez años en una trinchera a esperar un tanque– debe rendirse, es una sociedad que lo ha perdido todo”. Lorenzo Silva

Lorenzo Manuel Silva Amador (Madrid, 1966) es un escritor español conocido especialmente por sus novelas policíacas, que protagonizan los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro.

Nació en el barrio madrileño de Carabanchel; estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid y ejerció como abogado de empresa en Unión Fenosa.

Ha escrito numerosos relatos, artículos y ensayos literarios, así como varias novelas, algunas de las cuales le han valido el reconocimiento internacional. Una de ellas, El alquimista impaciente, obtuvo en 2000 el Premio Nadal; fue la segunda novela en la que aparecían los que quizá sean sus personajes más conocidos: la pareja de la Guardia Civil formada por el sargento Rubén Bevilacqua y la agente Virginia Chamorro. Otra de sus obras, La flaqueza del bolchevique, que ya había sido finalista del Nadal en 1997, fue adaptada al cine por el director Manuel Martín Cuenca. En 2010 fue nombrado Guardia Civil Honorario por su contribución a la imagen del Cuerpo; Silva suele firmar ejemplares de sus obras en acuartelamientos y unidades del Instituto Armado. En 2012, La marca del meridiano le valió el Premio Planeta.

En 2012, junto a Noemí Trujillo, puso en marcha el sello editorial Playa de Akaba, en el que han publicado algunos libros en colaboración.

Además de sus novelas, Silva tiene numerosos libros de no ficción, así como obras destinadas a jóvenes.

Premios y distinciones literarias

1997 – FINALISTA PREMIO NADAL – LA FLAQUEZA DEL BOLCHEVIQUE

1998 – PREMIO OJO CRÍTICO – EL LEJANO PAÍS DE LOS ESTANQUES

2000 – PREMIO NADAL – EL ALQUIMISTA IMPACIENTE

2002 – FINALISTA PREMIO CIUDAD DE CARTAGENA DE NOVELA HISTÓRICA – EL NOMBRE DE LOS NUESTROS

2002/2003 – PREMIO DESTINO INFANTIL APEL.LES MESTRES – LAURA Y EL CORAZÓN DE LAS COSAS

2004 – PREMIO PRIMAVERA DE NOVELA – CARTA BLANCA

2010 – PREMIO ALGABA – SERENO EN EL PELIGRO

2011 – PREMIO TORMO NEGRO – LA REINA SIN ESPEJO

2012 – PREMIO PLANETA Y PREMIO DE LA CRÍTICA DE MADRID – LA MARCA DEL MERIDIANO

2013 – PREMIO LA BRÚJULA – SUAD

2014 – PREMIO DE CULTURA 2013 DE LA COMUNIDAD DE MADRID – MODALIDAD LITERATURA

2017 – GRAN CRUZ DE LA ORDEN DEL DOS DE MAYO

2019 – PREMIO FRANCISCO GONZÁLEZ LEDESMA – FESTIVAL VLC NEGRA

 

¿Quién es Lorenzo Silva? Me refiero a la persona, no al escritor.

A esa pregunta solo se puede contestar con una historia: Alguien que de niño pensó que lo que le más le gustaba hacer en la vida era algo con lo que nunca contó que se convertiría en su profesión, y que ha tenido la suerte y que también la ha intentado pelear, pero que ha tenido la suerte de que ese algo se haya convertido en su profesión, que se haya convertido en su vida. Es alguien que, de algún modo, intenta corresponder a esa suerte que ha tenido y que intenta disfrutar de poder vivir haciendo lo que más le gusta.

 

Bevilacqua y Chamorro, te han dado el Premio Planeta, el Premio Nadal y el Ojo Crítico, tres de los grandes premios literarios, ¿de qué manera nacieron en tu mente dichos personajes?

Nacieron por azar. Sí, es verdad que llevaba tiempo intentando escribir una novela de corte criminal, negra, policíaca, que tuviera como protagonista un investigador. No necesariamente una serie, pero sí en la que el investigador fuera, como he dicho, el personaje central. Le empecé a dar vueltas a esa idea con planteamientos muy abiertos. Y de repente, en unas vacaciones en Mallorca, me vino la idea en una playa, viendo una escena entre dos mujeres que me llamó mucho la atención. Me chocó mucho. Y, a partir de ahí, se me ocurrió una intriga, y la intriga la ubiqué en una cala de Mallorca, y como necesitaba un investigador, y preguntándome quién podría ser, de repente pensé que podría ser un guardia civil. Pensé que si apareciera un cadáver en una cala de Mallorca, los primeros que lo investigarían serían la Guardia Civil. ¿Un Guardia Civil? Pensé. Y no recordaba haber leído ninguna novela donde el investigador criminal, el protagonista principal fuera un guardia civil. Y le di vueltas a eso, y aunque me chocó mucho de entrada, comencé a pensar que ahí había una posibilidad, sobre todo, porque era un personaje inédito, intacto. Así que te diría que la primera razón que me trajo esa idea a la cabeza fue que esos personajes como tal estaban vírgenes en la literatura española.

 

En tu última novela, El mal de Corcira, te haces la pregunta de hasta qué punto nos convertimos en aquello contra lo que luchamos.

Es una idea a la que le he dado varias vueltas y varias formas. Una es esa y otra es: ¿Hasta qué punto nos conforma aquello contra lo que luchamos? Te voy a contestar con una historia.

Yo, desde pequeño, tengo un referente en mi familia: mi abuelo. A mi abuelo con 20 años lo enviaron a la guerra de África y esa experiencia le costó la vida a mucha gente de su generación, sin embargo, él logró sobrevivir. Esa lucha contra ese enemigo que era, además, un enemigo cruel, a mi abuelo le transformó. Mi abuelo, luego, fue alguien distinto del resto. En cierto modo, había rasgos de su carácter que venían del enemigo al que se había medido: un enemigo sufrido, sacrificado, un enemigo que no se quejaba, que tenía una especie de resignación filosófica. Mi abuelo en esa guerra transformó algo de su personalidad, rasgos que eran reflejos del carácter del enemigo. Incluso cuando era muy mayor y estaba medio sordo, se ponía a escuchar la música marroquí por la radio.

Creo que muchos de los guardias civiles que se han pasado mucho tiempo combatiendo a los terroristas tienen un carácter especial, diferente, de una pasta distinta.

 

Lorenzo Silva es un maestro de la novela negra, ¿en qué medida el género negro nos acerca a esa realidad que no advertimos de corrupción, crímenes, tramas insospechadas..?

 

Muchas veces me he preguntado por qué tiene el éxito que tiene, el cual, por cierto, no tenía hace veinte y cinco años, cuando intenté escribir la primera novela de esta saga. No sé si tiene que ver con la atracción por el lado oscuro, por el placer morboso, por la intriga, por el desafío de ingenio, pero creo que mucha gente se acerca a la novela negra por eso. También creo que hay una parte importante de lectores de novela negra, entre los que me incluyo, –y no sé si soy muy buen lector de novela negra, creo que cada vez soy peor lector porque soy más intolerante; tengo mi manera de ver la jugada y cuando la historia se aparta me cuesta seguirla–, en los que la crueldad y la violencia, el recrearse en el maltrato sádico, no nos interesa en absoluto.

Con eso yo no puedo jugar, el sufrimiento humano extremo para mí no es un pasatiempo, no es algo que invite al entretenimiento, al contrario, es algo que hay que tratar con mucha delicadeza y con mucho cuidado.

Tampoco me atrae, especialmente, el juego de ingenio. No es lo que más me importa de una novela policíaca, que me peguen ocho quiebros y me saquen un conejo rosa de la chistera. A mí lo que me atrae, como lector de novela negra, es que el narrador y la historia que me están contando me acerquen a las razones profundas por las que los seres humanos causan daños extremos a otros seres humanos, y por qué existe esa tendencia en ciertas personas a ser jugadores de ventaja a costa del sufrimiento ajeno, ya sea quitándole la vida a alguien, quitándole su hacienda, su futuro o estafándolo o vaciando las arcas públicas. Me interesa mucho por qué hay personas que dan ese paso y me interesa mucho contar el estropicio que esa gente causa, porque una cosa que advierto últimamente es la mitificación banal del delincuente.

En la actualidad, creo que estamos construyendo un relato de la criminalidad que está perdiendo lo que yo creo que es muy importante: la empatía con la víctima en favor del criminal.

 

¿Cómo ve el actual relato que nos muestra la realidad social?

Esa es otra cosa que se ha dicho; que la novela negra es la novela social contemporánea.  A mí las afirmaciones tan categóricas siempre me dan un poco de alergia. Creo que una parte de la novela negra social es una parte de la actualidad social, y sí creo que la novela negra tiene una capacidad de funcionar como relato de la sociedad porque la sociedad no se puede comprender analizando solo su parte legal; regular o analizar la sociedad tiene que incluir el análisis de las conductas sociales aberrantes y criminales, entre otras cosas, porque no son marginales y no están separadas del resto.

Por ejemplo, la economía de un país no la puedes entender sin su fraude fiscal, su corrupción, las organizaciones criminales que blanquean dinero en ese país, etc. Y es que eso llega a conformar la estructura económica de muchos países. Por ejemplo, que se apueste por infraestructuras urbanas que no son tan necesarias pero que son una excusa para blanquear ese dinero.

 

En la Historia de la especie humana, ¿cuál cree que es el delito más grave que hemos cometido?

El delito que me parece más repudiable es el abuso sobre el débil. Y lamentablemente, la Historia de la especie humana está repleta de abusos de los fuertes y los poderosos sobre los débiles en todas sus formas. Yo creo que lo más terrible del abuso sobre los débiles es cuando se lleva al extremo de su degradación, de su asesinato. Me parece terrible la violencia de cualquier tipo, contra los niños: la violencia, el abuso, la explotación sexual. El ser humano que ante un niño pierde ese instinto de protección, ante una criatura que todavía no es autónoma, que no tiene capacidad de valerse y, en lugar de sentir ese instinto de protección, lo que hace es aprovechar su indefensión para explotarla, para abusar de ella, para llevársela por delante; eso me parece que es lo más terrible. Por ejemplo, lo que dio la clave de la Alemania hitleriana es que defendieran Berlín con niños de diez años. Un país que no se da cuenta, o una sociedad que no se da cuenta de que, antes de poner a un niño de diez años en una trinchera a esperar un tanque, debe rendirse, es una sociedad que lo ha perdido todo.

 

Y cómo individuos, ¿cuál cree que es nuestra mayor miseria?

Posiblemente nuestra mayor miseria sea la mezquindad: Tratar de salvar lo nuestro a costa de lo que sea. La incapacidad de entender que, a veces, en la vida uno tiene que sacrificarse. No digo quemarse a lo bonzo ni tirarse como un kamikaze; sino no hacer cualquier cosa a fin de preservar los propios intereses. En algunas ocasiones uno debe entender que no se debe pensar solo en uno mismo, que hay que pensar en los demás. Lamentablemente, tendemos a caer una y otra vez en ese vicio, y eso no solo tiene una parte de miseria moral sino de necedad. Al final, somos lo que somos en una comunidad; no podemos salvar nuestros muebles sin salvar nuestra comunidad porque si se hunde nuestra comunidad, nos hundimos con ella.

 

El mal de Corcira es su duodécimo libro de la serie teniendo como protagonistas a los dos guardias civiles, ¿qué ha cambiado en ellos durante todo este tiempo?

Han cambiado dos cosas fundamentales: una es que se han hecho mayores, y la otra que ha cambiado es que este país ha cambiado mucho. Y por ello, su lugar en este país se ha modificado en muchos aspectos. Digamos que en la España de los noventa hay una explosión económica y una ilusión de opulencia que hace que, en más de una ocasión, Bevilacqua se queje de que gana poco dinero, que cualquiera gana más que él. Pero España ha evolucionado de tal forma, sobre todo después de la crisis del 2008, que Bevilacqua con dos mil y pico de euros fijos es un privilegiado. De repente se da cuenta de que es un privilegiado, de que está mejor que la mayoría de los ciudadanos. Los cambios no solo son económicos, también sociales y, por supuesto, en lo que se refiere a la delincuencia. No es lo mismo la delincuencia de hace veinticinco años; el trabajo que realizan Bevilacqua y Chamorro ahora es distinto, usan técnicas más modernas porque hay una delincuencia diferente que tiene mucho que ver con la tecnología.

 

Y Lorenzo Silva, ¿qué ha ganado y qué ha perdido en todos estos años?

He ganado cierta tranquilidad, y cierta claridad en lo que me propongo, y en lo que consigo. Hace treinta años había más incertidumbre cuando me planteaba las cosas, había más diferencia entre lo que me proponía y lo que al final salía. Ahora tengo bastante claro lo que me propongo y lo suelo conseguir bastante. He aprendido a ser paciente; esta novela, por ejemplo, he estado tranquilamente cinco años esperando tener todo lo que necesitaba para escribirla. Hace vienticinco años hubiera tenido más prisa, más urgencia.

Y, luego, no sé. Supongo que habré perdido con la edad, como ocurre siempre, la travesura. Yo intento no perder la ironía, el sentido del humor. A mí, lo que sí me dicen a veces es que de joven eras más simpático, más dicharachero. Y yo suelo contestar. “¡Hombre!, es que tenía treinta y dos años”. Lo que a lo mejor en una persona de esa edad tenía sentido, en una de cincuenta y cuatro puede resultar ridículo.

 

En la mayoría en las confrontaciones en las que se miden los sistemas económicos, suele ser la cultura la más perjudicada, ¿cómo saldrá la cultura de la pandemia de Covid-19?

Creo que dependerá del tipo de cultura. Hay cierta cultura que puede funcionar incluso mejor, que es la que tiene canales digitales, desde las series de televisión de plataformas. Incluso los libros. Ya hay muchos lectores digitales. Un libro puede ser un soporte digital y puede llegar a un lector digital. En estos no creo que haya tanto problema; por el contrario, si lo va a ver en el teatro, o en la danza, o en otro tipo de manifestaciones culturas que requieren de un público físico, que es lo que ahora no podemos hacer y lo que, durante mucho tiempo, aunque remita la pandemia tendremos alguna prevención de hacer.

Claro, para esos sectores la situación va a ser muy, muy difícil. Y, luego, pues la salida dependerá de cada sociedad.

Si observamos un poco el mundo, hay sociedades que apuestan por la cultura como vector estratégico, como sector económico central y, sobre todo, como forma de proyección en el mundo. Siempre se habla de Francia o de Alemania, pero el caso más evidente son los EEUU. Es una industria cultural potentísima y con un apoyo público descomunal, federal, local y estatal. Los norteamericanos han entendido muy bien que tener una industria cultural supone riqueza para el país y supone, además, proyección. Además, ahora que se habla de guerras culturales. Aunque, probablemente toda la vida han sido culturales. La Guerra Fría, por ejemplo, se dice que no trataba de armas atómicas sino de que la gente a nivel mundial prefería ver más películas de Hollywood y consumir más cultura de EEUU que de los rusos. A lo mejor tienen razón. Otro ejemplo es China, que está desarrollando una potente industria cultural.

A mí lo que me sorprende es vivir en un país en el que cada vez que hay una apuesta por la cultura, siempre sale alguien diciendo que es tirar el dinero. Cosa que nadie dice cuando se destinan cientos de millones públicos al fútbol, a la industria automovilística o a tantas otras cosas. Chorros de dinero público, sin que nadie se queje.

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