En Tiempos de Aletheia

ANTES QUE LOS POLÍTICOS VARIOS PAPAS, EN SU MAGISTERIO PONTIFICIO, VINCULARON PAZ A LOS DERECHOS DE LA PERSONA

Ciertamente, el pasado siglo XX fue como una caldera industrial absolutamente descontrolada por falta de mantenimiento, formación y salarios dignos, y respeto a los derechos de la persona. Dado que, si alguna vez se consiguió algo de lo anterior, fue tan efímero que apenas se notó. Consecuentemente, la caldera explotó en diversas ocasiones, originando verdaderas sangrías entre la población, con el resultado de millones y millones de muertes horribles y violentas. En esta época fueron cinco Papas: León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, quienes dirigieron y tutelaron los designios de la Iglesia Católica, y otros dos más, Juan XXIII y Pablo VI, fueron los más grandes entre los grandes, por inteligencia, reflexión y poder de convicción. Juan XXIII y Pablo VI  se opusieron a tanta barbarie mediante el arma de la que disponían: la palabra. Sin duda alguna, para que una sociedad consiga una paz verdadera o, lo que es igual, consiga realizarse a sí misma, son indispensables unas condiciones objetivas y subjetivas que son los Derechos del hombre. El eficaz respeto de estas condiciones es el auténtico y único camino hacia la paz en el mundo. Fue Benedicto XV quien, un 23 de mayo de 1920, presentó una sociedad universal de los pueblos en la que se respeten los derechos de la justicia, de las relaciones amistosas y que solo hay una ley única de caridad para el hombre, los Estados y las Naciones.

No debemos olvidar que Pío XII, el tantas veces acusado de no protestar, de no levantar la voz contra los invasores de Europa, nazis y comunistas, y de estar demasiado tiempo silencioso y cauto, luchó incansablemente intentando un cese de las hostilidades, y sentar los principios de una auténtica paz del futuro. También predicó continuamente, con voz fuerte y enérgica, sobre los derechos humanos y de manera decisiva, al acabar la II Guerra Mundial, exhortó a la constitución de un organismo internacional donde se tutelase el respeto a los derechos del hombre y de todos los pueblos, bajo una ley de justicia universal. Podemos citar aquí que, en aquellos tiempos y en las circunstancias históricas que se vivían, los innumerables documentos de Pío XII sobre la democracia y paz frente a dictaduras fascistas, nazistas, y comunistas, fueron fuente de aliento y de fuerte inspiración.

Dice Juan XXIII que si el mundo quiere lograr una restauración de la concordia, hay que apoyarla en tres pilares: la verdad, la unidad y la paz. No habrá paz y solidez hasta que no se salvaguarden los derechos de cada uno y resplandezca la libertad. Podemos manifestar que el testamento del papa Roncalli constituye la voz más solemne, clara y firme en la iglesia a lo largo de todos los siglos, en la afirmación del respeto a la dignidad, a la libertad de la persona, y en el reconocimiento jurídico y la salvaguarda, a todos los niveles de los derechos fundamentales del hombre. Esto parte de la afirmación de que todo hombre es persona y tiene por sí mismo derechos y deberes que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza, cuyos derechos son, por tanto, universales, inviolables e irrenunciables. En el Concilio Vaticano II, hace una declaración que no deja lugar a dudas: la libertad es indivisible y no se puede dar auténtica libertad religiosa en un Estado o en una determinada sociedad si no están aseguradas todas las demás libertades que emanan de los derechos del hombre. De forma tajante dice que es una exigencia del Bien común el que los poderes públicos contribuyan positivamente a la creación de un ambiente humano en el que a todos los miembros del grupo social se les garantice el reconocimiento, respeto, armonización, tutela y promoción de los derechos y contribuir, por consiguiente, a realizar más fácil el cumplimiento de los respectivos deberes. Reitera Juan XXIII que el Bien común consiste, principalmente, en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana. Es por ello que a la luz y en prolongación de “la paz en la Tierra”, urge proclamar a todo el mundo:

  • Frente a la violencia que causa la muerte, el derecho a la vida.
  • Frente a las torturas y las violencias, el derecho a la integridad física y psíquica.
  • Frente a la carencia de lo necesario para la vida, un digno nivel de vida.

Así, hasta veinte exigencias más en los derechos y deberes de la persona humana para acabar con y frente a la dominación imperialista: la emancipación de los pueblos.

A Juan XXIII le sucedió su complemento natural, el papa Pablo VI que dedicó un discurso a su antecesor el papa Roncalli, en el que dijo de este que “ha marcado profundamente la historia de la iglesia, y también, ciertamente, la de la civilización”. Pablo VI, continúa diciendo que la paz es el principio de la nueva civilización; no debe ser la paz una pausa contingente de la historia, sino un fermento estable de la sociedad humana: la paz no debe ser una situación parcial en un mundo ya orientado hacia la unidad, sino que debe ser una situación universal. No una condición petrificada en un estado que el desarrollo de las cosas y de los hombres denuncia intolerable, sino que debe ser una condición dinámica y atenta siempre a tutelar, sobre cualquier otro, el primado del hombre, considerado en el conjunto global de su ser, de sus derechos y de sus deberes, de los destinos superiores.

Mientras tanto, en España, como siempre. La aportación de la delegación española al Concilio Ecuménico Vaticano II, fue una condena del Comunismo. El joven Samuel Ruiz, de 35 años, obispo de Chiapas, contó la impresión que causó en el aula conciliar un documento sin firma que denunciaba que en nuestro país había curas en las cárceles por hablar vasco o catalán. También había torturas, persecuciones y fusilamientos por razones políticas. Parecían calumnias. Se presentaba a Franco como una especie de libertador ante el Comunismo. Se supo que varios obispos habían suspendido su estancia en Roma para venir a ver a Franco y consultar antes de actuar. Entre ellos Casimiro Morcillo, Pedro Cantero, excapellán de caballería y procurador en Cortes por designación del propio Franco en el momento del Concilio, entre los principales. Este les advirtió que serían muchas calamidades las que se ocasionarían a España con la inminente proclamación conciliar de la dignidad humana y la libertad religiosa como derechos humanos irrenunciables, cuando en la España nacional católica se fusilaron a protestantes, judíos y masones, y otros muchos seguían encarcelados por sus creencias religiosas. Franco también les habló de que era inasumible la anunciada separación Estado-Iglesia. Cuenta quien fue arzobispo de Pamplona, José María Cirarda, que cuando los conciliares entraban en la basílica de San Pedro a votar, encontró al obispo de Canarias, Antonio Pildaín, que estaba pálido rezando para que Dios impidiese la aprobación de los Derechos Humanos.

Aparte del desprestigio y presencia irrelevante, el Vaticano II fue un trago amargo para el episcopado español quienes se  consideraban en posesión de la razón frente a los partidarios de una reforma. Declaraba el cardenal Tarancón, con 55 años, que al principio del Concilio estuvo un poco desconcertado por causa de que en el episcopado había un grupo muy carca. Estaban en contra de toda novedad, pues desautorizaba al Estado español. Se llegó al extremo de que cuando intervenían los obispos españoles, en el aula conciliar, el resto aprovechaba para ir al baño. Los obispos españoles vivieron el Vaticano II perplejos o avergonzados, sin comprender gran parte de los documentos del Concilio, preocupados por la reacción del dictador Francisco Franco, Jefe del Estado, a quien muchos de ellos le debían el rango episcopal. Esto llevó a muchos a vender la figura del dictador como el gran salvador del Cristianismo. Después de muchos años, el obispado español se comprometió a cumplir los mandatos del Papa, sin saber cómo compaginarlos con el Nacionalcatolicismo surgido de un golpe de estado criminal que bendecían como una gloriosa cruzada cristiana.

Para la mayoría de los conciliares de todo el mundo fue una sorpresa su convocatoria para el Vaticano II. Sin embargo, fue un golpe bajo para la jerarquía del catolicismo español. Su papel en Roma fue todo menos brillante. Se sentaron con mucha improvisación e ignorancia teológica. A través de la televisión, por primera vez, oyeron hablar en positivo de la libertad religiosa, de los derechos de la persona, de la tolerancia, de la misericordia ante el error y de la iglesia del pueblo, justo lo contrario a lo que se predicaba en sus diócesis. No sabemos si por convicción, si forzados por un régimen militar que los puso a vivir como príncipes con muchos privilegios a cambio de fidelidad.

Estaban absolutamente convencidos de que sus principios mesiánicos nacionalcatólicos los iban a imponer sin contemplaciones. Pronto toparon con la realidad. El desprecio de todos, pues se llegó a distribuir en el Concilio un panfleto en contra de Franco. El mismo Tarancón decía que la unidad católica era para ellos como la base de la realidad de España. Casi un dogma. Confundían el Régimen con España. Criticar a Franco era criticar a España. Un sacerdote llamado Jesús Iribarren, a quien cerró el paso para el obispado Fraga Iribarne, por criticar en los periódicos el Régimen, en los que denunció la falta de libertad de prensa, fue elegido Secretario General de la Prensa Internacional católica y después Secretario de la Conferencia  Episcopal a instancias del cardenal Tarancón.

Quien peor lo pasó, en el Vaticano II, fue el recién primado de España, Pla i Deniel, franquista convencido, sin piedad con los vencidos, que tuvo la desfachatez de entregar el palacio episcopal de Salamanca para que se instalase el gobierno del General Franco hasta su marcha a Burgos. Se da la circunstancia de que Pla i Deniel estaba obsesionado con acabar con los hijos de Caín, entrega a quien era la mano derecha de Pío XII, el arzobispo Montini, futuro Pablo VI, la citada petición. La contestación a la misma fue que la petición por poco cristiana, debía ser rectificada de inmediato.

Juan XXIII y el cardenal Montini (futuro Pablo VI) preparan un golpe de mano en el episcopado español y cuyo liderazgo lo asumirá el cardenal Tarancón, quien con habilidad vaticana cumplió el encargo.

Cuando el régimen se da cuenta de la operación, hay un debate en presencia de Franco para reaccionar ante Roma. Franco escucha y se desespera. Más tarde le dice a Fraga Iribarne, ministro de Información, quejándose de Juan XXIII  “¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa? ¿Acaso cree que soy un payaso de circo?” Sin mucho tardar el régimen abrirá una cárcel en Zamora solo para curas, condenados por predicar en euskera, gallego o catalán, escribir homilías contra la tortura o exigir libertades para sus fieles.

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