En Tiempos de Aletheia

Aproximaciones argumentales para dar cuenta de la “Atlantis Latinoamericana”

El presente ensayo es un correlato que apunta a buscar cierta veracidad donde se vislumbra la posibilidad teórico-fáctica de la existencia de una cultura precolombina nunca antes examinada o siquiera indagada como posible.

Podríamos inferir que este sistema organizacional que desarrollaron los gentereí o “los del bosque”, fueron las bases mismas que desarrolló el feudalismo durante siglos en casi todas las extensiones del globo. De acuerdo a los patrones culturales y políticos reinantes, no se reconocían como un sistema de casta o clanes, sin embargo, estaban bien determinados tres estratos que, extrañamente, no se distinguían por hábitos de consumo, por actividades a desarrollar, por privaciones o limitaciones, sino por el lugar no de hábitat general sino de pernocte. Es decir, los Ahiteba eran tales porque dormían dentro de esas construcciones similares a castillos, y esa es la única característica que abiertamente los hacía tales y los separaba tanto de los “chimbos”, que lo eran precisamente porque pasaban las horas del día dentro de las construcciones o de los castillos, y de los gentereí que eran quienes habitaban y dormían en el bosque o en el descampado, es decir, a la intemperie.

Esta diferenciación social por pertenencia de hogar ante la nocturnidad, es toda una novedad en sí misma en relación a todas las culturas hasta ahora estudiadas, pues no hablamos de que ningún habitante tuviera vedada la participación política, de hecho, es hasta llamativamente avanzado el sistema democrático o electoral que desarrollaron; tampoco la participación en festividades, la práctica de cultos, tampoco un conjunto punitivo o sancionatorio especial para quienes no estuvieran en el manejo del poder. Técnicamente podríamos hablar de un sistema político/social/organizacional que les permitía a todos y cada uno de los habitantes el desarrollo por igual de sus deseos, expectativas o proyectos, dando por sentado, por tanto, que construyeron una sociedad democrática digna de nuestros tiempos. Sin embargo, la estratificación que perduró en la nominalidad de las tres clases de habitantes, nos brinda el hiato que hace posible que, al recorrer por dentro este sendero, veamos que en verdad, esa clase gobernante (los Ahiteba que, de acuerdo a ciertos filólogos especializados en lenguas amerindias, podría significar “los puros, los de verdad, los auténticos”) sometió con un poder hipnótico, enmadejo a más no poder, encorsetó al extremo de solo permitir un resquicio de aire, maniato pérfido y perversamente al resto de los habitantes, los cuales, sometidos a estos, vivieron durante años y por generaciones, como narcotizados, en un sistema de cosas que explícitamente no prohibía nada, pero que implícitamente solo dejaba subsistir con la única razón de servir, en una suerte de lacayismo oculto, a quienes idearon –con la malicia real de las almas más egoístas, y con la astucia y genialidad de lo demoníaco– esta cultura que tenemos bajo estudio.

Recurrimos al psicólogo social de la Universidad del Zulia (Maracaibo), B. Orlando, quien posee un compendio acerca del comportamiento psicológico de culturas precolombinas, tanto en su nivel consciente como del inconsciente colectivo, destacando que así como reprodujimos a eruditos de universidades europeas, también lo hacemos de eméritos formados en casas de altos estudios de Latinoamérica, a los efectos de no caer en lo que, algunos autodenominados “progresistas”, dan en llamar el imperialismo cultural de entender o analizar las perspectivas de nuestros antepasados bajo miradas o paradigmas europeizantes o extranjerizantes que desvirtuarían el objetivo del presente estudio.

Expresa el profesor bolivariano: “A lo largo de sesudos años de investigación, pudimos demostrar que en ciertas culturas, muy pocas por cierto, se dio un fenómeno que dimos en llamar Parasitismo (al igual que lo que define la ciencia biológica); proceso por el cual una especie amplía su capacidad de supervivencia utilizando a otras especies para que cubran sus necesidades básicas y vitales, que no tienen por qué referirse necesariamente a cuestiones nutricionales, y pueden cubrir funciones como la dispersión de propágulos o ventajas para la reproducción de la especie parásita; el parasitismo social o que nos convoca, se aviene a las mismas características que el parasitismo general. Medularmente la diferencia consiste en que un subgrupo, o clan, ejerce un parasitismo no orgánico sino más bien cultural o espiritual. Una suerte de enajenación de expectativas, de deseo, de humanidad, un sometimiento subrepticio, camuflado, un colonialismo progresivo y soterrado que ejercieron, en ciertas culturas, un grupo sobre el resto, generando períodos temporales de aparente calma, pero que finalmente implosionaron llevándose a todos y cada uno de los integrantes de la comunidad, así como las marcas que pudieron haber dejado en el paso por el mundo. El caso más paradigmático es el de los llamados gentereí en los humedales del confín sur del Continente Americano. A tal punto llegó la desintegración de esta civilización que, durante siglos, ni siquiera supimos de la existencia de la misma; recién en los últimos lustros, mediante descubrimientos casi azarosos, tenemos ciertos elementos para reconstruir esta experiencia de la humanidad que, como dijimos, tuvo como una de sus peculiaridades el ejercicio del parasitismo por parte de una clase sobre el resto de las clases integrantes de la comunidad. La clase parasitaria denominada “ahiteba”, colonizó en mente y alma a quienes no pertenecían al grupo que se identificaba por habitar un determinado lugar en la aldea misma (el lugar geográficamente del centro, más guarecido mediante construcciones de avanzada) y decididamente por ocupar los espacios de poder de la comunidad.

Las víctimas del ejercicio parasitario, unos denominados chimbos y otros gentereí (de acuerdo a los filólogos, la acepción podría significar “gente baja, gente ordinaria, gente común o gentuza”) eran la máscara o la pantalla que sus victimarios necesitaban para ejercer los mandos de la comunidad sin ningún tipo de empacho o de excusa ante lo que claramente era no ya una posición dominante sino un lazo vejatorio e inhumano. El grado de deterioro en la autoestima de estos sujetos que se referenciaban de acuerdo al lugar donde dormían (los chimbos trabajaban en los hogares de los pudientes, pernoctando fuera de los dominios), lo podemos suponer en grado superlativo. Por tanto, no sería antojadizo arriesgar como hipótesis que este sistema devino de una base de sustentación social esclavista. El origen tuvo que haber sido naturalmente el de una cultura –como las de la época en cuestión– que, mediante la sujeción por la fuerza, establecieron un sistema férreo y clásico de esclavitud. Lo peculiar es que, en el transcurso del tiempo, desarrollaron un cambio de coerción desde los esclavistas hacia los esclavos. Podríamos inferir que hasta los liberaron físicamente y los anoticiaron de que serían libres, condicionándolos en espíritu, alma y cultura. Será un misterio el desvelar como pudieron arribar a este grado de abstracción planificado y maniqueo, pero es indudable que surgieron del origen esclavista y, en cierto período, los dominantes cambiaron los grilletes o el lazo con los que manejaban a sus esclavos por la palabra y la sugestión. El desarrollo de la inteligencia política alcanzada por los Ahiteba debería ser materia de estudio aparte, pues, a diferencia de lo que se acostumbraba, al haber generado una identidad de grupo y tener la noción de los “otros”, no los atacaron, separaron o señalaron como si fuesen sus enemigos, al contrario, los contuvieron y los hicieron útiles a sus intereses sectoriales. Creyéndose superiores, no dudaron en asimilarlos, en hacerlos parte, en incluso orquestarles todo un sistema de vida que supuestamente los trataba en posibilidades a todos con las mismas chances. Los podríamos definir como “unos grandes impostores o los mejores en el desarrollo de una cultura en donde el valor primordial ejecutado fue el de la hipocresía”. En estos dos extremos, de los dominantes y los dominados, de sus auto-consideraciones o de la puesta en valor de su autoestima como grupos, se puede entender la mancomunión de intereses que los hizo viables como sociedad por un buen tramo del curso de la historia.

De acuerdo a manifestaciones que fueron recogidas y asimiladas por la cultura guaraní (la que absorbió indudablemente elementos sustanciales de estos predecesores suyos y que ameritaría otra investigación), hubo de existir una clara muestra de lo que acabamos de señalar mediante la relación que generaron con los denominados intelectuales u hombres de la cultura. Los gentereí poseían una alta estima, daban un valor superlativo a la suma de años, al alcance de la ancianidad. Si bien esto es una particularidad de las culturas antiguas (siempre el perdurar con el paso del tiempo ha sido como una referencia ante la condición sempiterna del hombre, ante lo ineluctable de su finitud; el logro de permanecer en ese transcurrir en el tiempo), en este caso quienes eran representantes de una tercera generación, es decir, alcanzaban el abuelazgo, decididamente eran consultados recurrentemente y, por lo general, más allá de que tuviesen o no capacidad o trayectoria en el mundo de la cultura (como generadores de expresión mediante un instrumento o mediante la palabra) los depositaban en esta suerte de gueto que les daba un lugar en la sociedad, en ese intersticio, patrimonio de los chimbos, a mitad de camino, o de lugar en verdad, entre los dominantes y dominados. Como vimos, los chimbos eran los siervos que prestaban toda clase de servicios y, a cambio de ello, recibían como premio, el permanecer unas horas en los lugares magnificentes de los ahiteba, en sus castillos, en sus círculos de actividades tan distinguidas y limitadas para el resto, de quienes gobernaban a esos otros con el hipnótico poder de la sugestión. La funcionalidad de los hombres de la cultura fue decisiva y determinante para el desarrollo de ese poder hipnótico. El ropaje que le brindaban a esos ancianos que no tenían, en la mayoría de los casos, nada más interesante que ofrecer que su proximidad con la muerte, no era producto de la casuística (más adelante incluso utilizada por los jesuitas para dominar a los guaraníes) sino más bien la acción premeditada para la dominación.

Como se ha observado en otras investigaciones acerca de esta cultura que nos ocupa, una de sus festividades más importantes era un baile de disfraces y máscaras, con cantos y bailes incluidos, que reproducían o imitaban a animales o fenómenos de la naturaleza. La otra, que se daba incluso en lapsos próximos de tiempo, era una suerte de concurso de una cantata o estilo musical que los identificaba. Bajo este ritmo, que lo generaban con instrumentos de viento y con expresiones de sus intérpretes que podían incluir gritos o voceos amatorios o desafiantes, aglutinaban a muchos integrantes de la cultura e incluso de visitantes de otros lugares. Estos dos hitos o festividades, como todas, manejadas, organizadas y controladas por los ahiteba, fueron consagradas como los hechos culturales en sí mismos. Cualquier otra actividad que refiriera a expresiones del alma, mediante la palabra o instrumentos que no tengan que ver con lo señalado, no eran consideradas acciones culturales e incluso quienes hubiesen tenido la infeliz idea de desarrollarlas, seguramente hubieron de ser censurados y perseguidos. Los ancianos designados como “hombres de la cultura”, tenían como tarea el sacralizar estos hitos, incrementar las proezas que se podían alcanzar mediante el participar en las mismas; narrar, en todo momento y lugar, las bondades de las mismas y señorear en tal sitial de la expresión del alma que, de acuerdo a los dominantes, eran solo patrimonio de estos ancianos que hablaban, escribían y pintaban lo que el poder les exigía que hicieran, pues le debían lo que eran a quienes manejaban no solo los elementos concretos del poder público sino también las cuestiones abstractas de un pueblo enajenado en sus perspectivas, posibilidades y deseos culturales y espirituales. Estos “Perros del hortelano” o Cancerberos, fueron los precursores de los intelectuales del feudalismo, que no se distinguían de los siervos comunes o de las criadas que limpiaban las heces más que por el servicio de divertimento que prestaban, pues la reafirmación de la colonización que ejercían no era percibida por estos seres, en la mayoría de los casos, carentes de talento, inteligencia, creatividad y gracia. Cumplimentaban su rol porque así les habían asignado, sin posibilidad ni deseo de qué realizar con sus vidas de acuerdo a los dictados de una libertad auténtica proveniente de la esencia del alma. Se estima que de los gentereí que fidedignamente hubiesen querido desarrollar una actividad cultural, entendida en su sentido lato, además de enfrentarse a la indiferencia y a la persecución por parte de estos mediocres enraizados por los dominantes, tuvieron que desarrollar una suerte de camuflaje o de acción que pasase inadvertida para el presente en el que les tocó nacer y desarrollarse. No se descarta que, en años venideros, las investigaciones para conocer algo más de esta cultura sorprendente, pueda deparar novedades ingentes en relación a uno de los grupos, sin duda más afectados, por el desarrollo de esta forma de vida social y política sumamente clasista, elitista y limitante para quienes no fuesen funcionales a los amos y señores del poder.

Como toda historia no oficial, no comprobable, o que venturosamente puede pertenecer al reinado de la imaginación, de acuerdo a quienes relatan la existencia de esta peculiar cultura, la misma hubo de terminar, de implosionar, en virtud a una terrible guerra intestina que se desató en un momento dado, por circunstancias desconocidas, pero que podemos suponer arraigadas en las profundas divisorias en la sociedad misma, la versión más fuerte (increíblemente de los pocos relatos existentes que dan cuenta de esta cultura difieren en cómo terminó sus días) señala que el desarrollo cultural del sector más acomodado, encontró una forma de adivinación del futuro, una suerte de oraculismo infalible, el descubrimiento exacto de los hechos que inevitablemente sucederían. Se vieron tras siglos imposibilitados de borrar sus huellas en la humanidad, observaron incluso, nuestro tiempo actual, en donde mediante la tecnología uno puede comunicarse sin tener nada que decir, seguir existiendo en la red, pese a estar físicamente muerto, destruir un texto interponiéndole sonidos, ruido, o vinculaciones con la excusa de crear un neologismo, una subclase de literaturidad, recrear sensaciones, mediante interfaces y considerar que son más auténticas que las verdaderas, pero lo más triste para ellos es que, en tal episodio, se vieron esclavos de sus propias acciones y omisiones, cayeron en cuenta que todo lo que realizaban sería analizado, una y otra vez, por motores de búsqueda, por expertos en generalidades abyectas, se sintieron banalizados y enajenados en sus convicciones más profundas. Decidieron proyectar este futuro nefasto para sus consideraciones. Todo el pueblo o la comunidad estuvo ese día, que fue el último para ellos, que cumplieron con ese objetivo de no ser presa de la repetición o reiteración estupidizante de las cosas. Su legado fue el dudar de que hayan existido, nos dejaron como testimonio una lección invalorable, ir en la búsqueda de estos antepasados, no mediante nuestros medios tecnológicos, o de nuestras excusas inventadas para no preguntarnos lo trascendente de la vida, sino que desvelemos las palpitaciones de nuestro corazón, que desguacemos los temores de nuestras pesadillas más funestas, que nos desprendamos de las ficciones mentales a las que nos aferramos para salir del presidio de la incertidumbre; haciendo esto, los encontramos, nos encontramos. Porque al vivir estas sensaciones tan intensas, somos lo único que jamás podremos modificar ni nosotros, ni lo que creemos, que es un vanidoso conjunto de vocablos que se articulan en frases, oraciones, párrafos e historias, y las mejores, o las más cercanas a nuestra esencia, no están frente a una pantalla, sino en la boca de un corazón exultante, o en la mano de un prodigio que relate con ferocidad mental lo sucedido, haya ocurrido o no, pues como vivimos, o sentimos, eso hace tiempo ha dejado de tener importancia.

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