En Tiempos de Aletheia

La transgresión del “No”: Un viejo defecto muy humano

Existe una teoría que defiende y expone el poder transgresor de la palabra “no” y de cómo esta actúa a modo de palanca, fuerza activadora del resorte humano, inconsciente psíquico y emocional. El cual, por respuesta, reacción automática o reflejo condicionado, provoca la desobediencia.

Si acudimos al Diccionario de la RAE en busca de la entrada de “Transgredir”, leemos: “Quebrantar, violar un precepto, ley o estatuto”.

Es decir, la palabra “no” se asimila como una clara y directa transgresión de la norma. Si escuchamos “no”, inevitablemente haremos justo aquello que se nos niega. De tal modo que hacemos de la negación una obligación del “no”; del no hacer, del no cumplir…  En pocas palabras: Desobedecer.

Esta curiosa reacción en el comportamiento humano despierta toda mi curiosidad y, en un gesto de sincera humildad, confesaré que yo misma me he “pillado in fraganti” activando esta imaginaria palanca, botón transgresor del no. Sin embargo, cierto alivio y hasta mueca de grata sorpresa se ha asomado en mi rostro durante mi lectura del libro que lleva acompañándome estos meses de verano. Se trata de uno de nuestros escritores clásicos por excelencia y me atrevo a calificar de poco descubierto, me refiero a Baltasar Gracián y su obra El Criticón, donde ya en el s. XVII advierte esta inconsciente orientación a la desobediencia con una bella e impecable fábula que les resumo:

“(…) llegó ya el Mundo a tal extremo de inmundo y sus mundanos a tal remate de desvergonzada locura, que se atrevieron con públicos edictos a prohibir la virtud bajo graves penas. Y así, que ninguno dijera verdades por no ser tenido por loco; que ninguno fuera cortés por no ser tenido como hombre baja condición; que ninguno estudiase si supiese porque sería llamado estoico o filósofo; que ninguno fuese recatado por no ser tenido por simple. Al contario, dieron a los vicios campo franco y pasaporte general para toda la vida (…) Más, ¡oh caso raro e increíble! Cuando se tuvo por cierto que todas las virtudes habían de dar una extraordinaria demostración de su sentimiento, fue tan al contrario que recibieron la nueva con extraordinario aplauso e indecible gozo (…) Un discreto y recatado quedó perplejo y quiso saber a qué se debía tal felicidad. La Sabiduría habló: Son de tal condición los mortales, que tienen una extraña inclinación a lo vedado; que en prohibiéndoles alguna cosa, por el mismo caso la apetecen y mueren por conseguirla (…)”

Cuando terminé mi lectura, supe que dicha inconsciente debilidad de la Humanidad a la desobediencia es tan vieja como el mundo y, si queremos corregirla, reformatear nuestra imaginaria palanca, resorte de la desobediencia, habrá que jugar con las mismas reglas del loco juego del vivir: Prohibir lo bueno para hacer lo mejor.