En Tiempos de Aletheia

Historia de La Marsellesa (por ejemplo)

Montado a caballo ciñendo la faja tricolor al frente de un cortejo militar, el alcalde de Estrasburgo, después de recorrer calles y esquinas de su ciudad, lee la Declaración de guerra al rey de Bohemia y de Hungría, o lo que es igual al emperador de Austria, a los efectos sobrino de María Antonieta. Era un martes 24 de abril del año de 1792. El documento fue firmado por el propio Luis XVI con la esperanza de obtener algo en su provecho como su libertad.

En aquella ciudad alsaciana fronteriza, centinela de Francia, todos los ciudadanos se lanzaron a la calle embriagados de cantos y música con las banderas tricolores sobre el hombro e incluso las estatuas lucían escarapelas en las orejas. Los de las primeras filas leían el texto en voz alta y hacían volar las palabras de boca en boca incitando a tomar las armas. El “estandarte de guerra” desplegado era sinónimo de que la señal de ataque y lucha había sido dada. Era preciso luchar para vencer o morir. Gritos de “¡abajo los tiranos!” y “¡temblad déspotas!” “¡Marchons! ¡Libres hasta nuestro último aliento!”

El jueves 10 de mayo de 1760, nacía Claude-Joseph Rouget, en Lons-le-Saunier. Era un niño pelirrojo que con el andar del tiempo sería el autor de La Marsellesa. Su padre, aun siendo abogado del Parlamento, no tenía el suficiente bagaje para que su hijo Claude ingresara en la Escuela Militar donde solo admitían a los nobles. Fue entonces que el señor Rouget tuvo la excelente idea de añadir a su apellido una segunda parte rimbombante: “de Lisle”.

Como suele suceder, el pelirrojo Claude no fue un alumno distinguido. Decían de él que solamente trabajaba en la medida que se le obligaba a hacerlo. Mostraba la mayor negligencia y la torpeza necesaria para demostrar que carecía de espíritu de emulación. Su comandante decía que Rouget no tenía dotes de mando y pedía solemnemente que le librasen de aquella cabeza de chorlito que no hacía más que soñar en futilidades. Componer canciones, y no buena música y poesía.  Romances, himnos e incluso una oda “Dios guarde al rey”.

Su forma de pasar el tiempo era escribiendo romanzas, canciones desconocidas y enviar comedias de magia , actos mezclados con canciones y comedias líricas, a los teatros de la Ópera y Ópera cómica de París. De todas ellas solamente le montaron, a comienzos de 1791 una ópera, Bayard en la Bresse que no alcanzó más que dos representaciones. Rouget, llamado de Lisle porque así firmaba algunas veces, no asistió al estreno de su obra porque recién nombrado capitán, se encontraba de guarnición en Estrasburgo.

 

De camino a su casa, el capitán Rouget vio un pasquín que decía “¡A las armas ciudadanos! ¡Adelante, hijos de la Libertad!” Soflamas que fue incapaz de quitar de su mente y que constantemente repetía. Sin embargo, en su casa, le esperaba una carta que le había enviado el general Kellerman, en la que le decía que con ocasión de la marcha de voluntarios le gustaría que, en la velada de la plaza de Saint-Etienne, estuviese presente para deleitar a los asistentes con alguna nueva canción.

 

El querido capitán se puso a trabajar en la misión que le había asignado el general y acabó enviando al expectante militar la más deplorable composición en verso, y una sarta de ripios que precedió a la letra de la inmortal Marsellesa. “Hablar sin arte” y “Pensar sin disimulo” eran su divisa.

 

Llegada la  noche de aquel 24 de abril de 1791, el capitán Rouget de Lisle fue al Hotel de la Cancillería, donde se encuentra el mariscal Lukner, comandante del ejército del Rin, junto con otros generales, príncipes, duques, condes, coroneles, alcalde y el procurador del municipio de Estrasburgo, pero se ignora la no asistencia del mariscal Kellerman. Fue entonces cuando el alcalde se dirigió a Rouget de Lisle y enfáticamente le dice: “Señor de Lisle, usted que habla el lenguaje de los dioses, usted que maneja tan diestramente la lira de Orfeo, haga un himno hermoso para este pueblo en armas que acude a la llamada de la patria, y la nación estará en deuda con usted”.

 

A la una de la madrugada Rouget de Lisle vuelve a su habitación de la Grande-rue y ocurre que la inspiración   desciende sobre aquel poetastro, sobre aquel mediocre autor de musiquillas. Las palabras que había leído aquel mismo día en el pasquín de los Amigos de la Constitución retumbaban en su cabeza. El corazón de aquel pequeño capitán de cortos méritos late al mismo ritmo que el de los “Hijos de la Patria” que todo el día habían cantado por las calles. Todo en él es resonancia. Y mientras la ciudad duerme, silenciosa, el pequeño capitán escribía con letra ornada de arabescos: ”Allons enfants de la Patrie”. Empuña su violín. Las palabras venían junto con la música y la música con la letra. Temblaba de emoción, como poseído de una fiebre ardiente, el sudor corría por su frente y los sollozos le dejaban sin voz. Se acuesta y despierta a las seis de la madrugada y se dispone a releer lo escrito y compuesto, y después se viste con prisa, coge la partitura y llama a la puerta de su amigo el teniente Masclet a quien le dice que no pudo dormir que la proposición del Alcalde, Dietrich, le impulsó a ensayar un esbozo de “Canto de guerra”, incluso ponerle música.

 

De Lisle le dice a su amigo el teniente Masclet que lea lo escrito y vea qué le parece, para después cantarlo. Masclet da su aprobación. Más tarde dirá que, con entusiasmo, y es probable que así fuera, no creía que nadie pudiera por primera vez escuchar La Marsellesa sin sentirse emocionado, y hace una observación: “En tus últimos versos hay demasiado estrépito: ‘Que los tronos de los tiranos, se hundan al ruido de nuestra gloria’”.

 

Contactan con el alcalde para que escuche la canción y lo hacen en el salón de su casa. La esposa del alcalde da su aprobación y sentencia que es arrebatadora. El alcalde decide esa misma noche, después de la cena cantar la canción acompañado por una dama al clavecín y al autor de la obra Rouget de Lisle con su violín. Por primera vez se hace público el Canto de guerra para el ejercito del Rin. El éxito fue total, rotundo. Aplausos. Un himno hermoso. Al día siguiente la esposa del alcalde habla con su hermano para la orquestación de la obra. Los soldados se sienten invencibles. Dice un voluntario que la música del himno tiene bigotes.

 

Los meses pasan y se multiplican los acontecimientos. Un viajero que camina a través de la montaña guiado por un muchacho de quince años, y este se arranca con la canción y el viajero le pregunta quécanta. El chico le responde que La Marsellesa.

 

La popularidad del himno alcanzó extremos insospechados. Rouget de Lisle no sabía de las epopeyas vividas por su himno. Después del 10 de agosto la suspensión de Luis XVI, en sus funciones de rey, obligó a los oficiales del ejército a someterse a los decretos de la Asamblea Nacional. En Huninga solo la voz de Rouget de Lisle dijo “no”. Los comisarios diputados insistieron y alzaron la voz, pues parece ser que no sabían que aquel oficial recalcitrante era el autor del famoso canto divulgado en París por los marselleses. De Lisle dijo que no podía retractarse. Y fue calificado como cabeza débil en política, y retirado del ejército.

 

Enterado de que se había proclamado la República, Rouget de Lisle escribe al general Valence, pidiéndole ser readmitido en el servicio de las armas como simple voluntario. El general le dijo que se reuniese con él y que ya se ocuparía del autor del canto que se ha transformado en el grito unánime de la República y que todo el mundo sabía que La Marsellesa se tendría que haber llamado La Estrasburguesa, escrita por Rouget de Lisle. Este entra en Verdún con Demouriez y al día siguiente presta juramento.

 

El autor de La Marsellesa llevó su primer disgusto a través de una carta que le envió el compositor Grétry quien le manifiesta que en todos los espectáculos se cantaba el himno de de Lisle, pero que nunca dijeron quién había sido el compositor musical. El segundo le vino del general Valence al manifestar que La Marsellesa en combate vale un ejército, pero su autor en el estado mayor no vale gran cosa, y lo manda a París donde Claude-Joseph  Rouget de Lisle, flirteará con la señora del general Valence, de nombre Péky para los amigos.

 

Rouget de Lisle está en París cuando la gorda cabeza de Luis XVI rueda en el patíbulo, el 21 de enero de 1793. Muchos exaltados tiñen sus manos del color rojo de la sangre impura de los guillotinados y danzan alrededor del patíbulo cantando La Marsellesa con gran desesperación del autor de la obra pues la canción se ha convertido en el himno oficial de la Revolución.

 

Pero como siempre ha sucedido en todas las revoluciones los beneficiados no suelen ser, precisamente, los que más han trabajado por ella sino, salvo excepciones, los que mejor han jugado sus cartas. En este caso, al autor de La Marsellesa lo consideran moderado y al día siguiente de haber sido `promulgado el decreto sobre sospechosos, el 18 de septiembre de 1793, Rouget es detenido. Es detenido el autor del sublime “Amor a la Patria”. Se da la circunstancia de que hasta el verdugo, Sansón, fue detenido por realista.  Thermidor reaccionó justo a tiempo y puso en libertad a Rouget de Lisle, pero oyéndose ya gritos de “Basta de Marsellesa” o “Abajo La Marsellesa”. El “Canto de guerra”, tras un breve eclipse reaparece en las fronteras. Sobre todo en el ejército de Italia con los soldados del joven general Napoleón Bonaparte. No obstante durante el Consulado no se tocó mucho La Marsellesa. Nueva etapa para el himno, aunque corta. En algún momento se le consideró un canto pernicioso.

 

Todos esos tigres sin piedad, desgarran el seno materno, pero las adulaciones de 1814, lo mismo que su comparación con Nerón –necesidades de la rima–, no borran el recuerdo de la sangre impura: Luis XVIII tiene buena memoria y Rouget se queda en la calle. Está aterrorizado pensando en el retorno de Bonaparte de la isla de Elba. Cuando el Usurpador avanza hacia Paris aclamado por imperiales y liberales Rouget de Lisle llega con retraso a casa de unos amigos que le esperan para cenar.

 

Bonaparte, en efecto, da un giro a la izquierda que describió Chateaubriand, dirigiéndose a su señor Luis XVIII que ha buscado refugio en Gante. El pueblo canta La Marsellesa; reaparecen los gorros rojos que cubren las efigies de Napoleón. La Revolución recomienza y cantando La Marsellesa las tropas se concentran en la frontera, y con sus sones los coraceros  de Milhaud hunden el centro del ejército  prusiano.

 

Rouget de Lisle vive en la miseria y realiza trabajos indignos, copiando música de otros intentando colocar falsas óperas y para más inri sufre un ataque de apoplejía que aunque lo sobrevivió, le dejó medio paralizado.   Tiene verdadera obsesión por ir a París y se pone en camino pero las fuerzas le abandonan y tiene que quedarse en Choisy un pequeño pueblo donde gracias a buenos amigos reside dignamente. A veces lo veían caminar con su sombrero de copa y bastón con aire suave y pacífico, y decía “He hecho cantar al mundo y ahora voy a morir”. Encamado el mes de julio de 1836, el sábado 25 de agosto agoniza. Poco antes de medianoche suenan los sones de La Marsellesa entonada por los reclutas. El domingo se reúnen delante de su casa los amigos que escuchan el “Canto de la Guerra con lágrimas en los ojos y la garganta atenazada de emoción. Es entonces que Rougget abre los ojos, se incorpora y murmura “¡Estrasburgo!” Después expira.

 

La conclusión que podemos sacar de esta pequeña, sencilla, pero trascendental historia es que, generalmente, las personas que dejan su impronta y permanece vigente, perenne e inmutable pese a los siglos transcurridos, merecen el recuerdo y el respeto de todos.

 

Más de una vez he escuchado que ha habido varios actos en el mundo cuya finalidad era valorar y puntuar la calidad musical, la emotividad y la fuerza de la letra trasmitiendo los valores de cada nación, mediante la interpretación del himno nacional de cada uno. La Marsellesa siempre ha quedado clasificada en primer lugar.

 

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