En Tiempos de Aletheia

Adelante, siempre adelante: Clara Schumann

Para la mayoría, el apellido Schumann está asociado, automáticamente, a la imagen de Robert, el compositor alemán. Solo algunos pensarán, en segundo lugar, en Clara, su mujer. Juntos formaron un matrimonio de músicos que duró dieciséis años, pero el papel que ella adoptó como musa e intérprete se hizo eterno. En un artículo publicado en La ilustración española y americana el 30 de mayo de 1896, informando sobre la muerte de Clara Schumann, se recoge que falleció «después de haber hecho popular en el mundo de los grandes artistas las obras de su compañero, el admirable e inspirado Roberto Schumann, el compositor alemán originalísimo y apasionado; émulo de Beethoven, según su mujer». Poco se cuenta, en realidad, sobre ella, a pesar de que su vida fue, en muchos aspectos, excepcional.

Cuando Robert Schumann conoció al profesor Friedrich Wieck, era un joven músico autodidacta de dieciocho años que había llegado a Leipzig, enviado por su madre, para estudiar Derecho. Con Wieck se formó en composición y piano, y en su casa entabló amistad con su hija Clara, que en aquel momento era solo una niña. Pasado un tiempo, los dos alumnos fueron encontrando puntos de unión y ambos se convirtieron en los discípulos más brillantes del maestro. De hecho, Friedrich Wieck había preparado a su hija desde la infancia para que lo fuera. Ella era su mejor obra, su gran producto: hizo de una niña un prodigio. A los cinco años, Clara Wieck tocaba de oído, y antes de que supiera leer partituras, era capaz de improvisar sobre temas propios o ajenos. Su primer concierto oficial fue en la Gewandhaus de Leipzig cuando tenía nueve años y, a los diez, empezó a recibir clases de armonía, contrapunto y composición. También aprendió orquestación y estudió canto y violín. Su padre la instruyó en todos los aspectos fundamentales de lo que significaba ser una intérprete profesional, y ella logró ser adorada por un público al que comprendía perfectamente.

Como es posible imaginar, la intromisión de Robert Schumann en la vida personal de Clara Wieck no fue bien vista por su padre. Al comprobar que perdía el control sobre su hija en favor del joven músico, les prohibió que se vieran, e intentó que ella lo olvidara dando conciertos en Alemania, Italia e Inglaterra. Robert y Clara, sin embargo, mantuvieron una relación epistolar secreta que terminó en boda el 12 de septiembre de 1840, un día antes de que la joven cumpliera veintiún años. En aquel momento, de alguna manera, ambos firmaron su destino: él sería el compositor y ella, incluso después de enviudar, continuaría trabajando en la difusión de las obras de su marido.

La familia Schumann vivió en Leipzig, Dresde y Düsseldorf, y en cada una de esas ciudades Clara creó un hogar donde intentó compatibilizar su faceta de madre de ocho hijos y esposa de un hombre enfermo, con la de compositora e intérprete. Entre 1840 y 1854 dio, al menos, 139 conciertos públicos, a pesar de sus continuos embarazos. Al contrario de lo que se esperaba de una mujer de su época, no solo no se retiraba de la vida pública cuando su estado se hacía evidente, sino que continuaba enseñando, interpretando y componiendo, a veces hasta una semana antes de dar a luz.

Clara componía y leía partituras en sus ratos libres, cuando Robert se encontraba fuera y podía disponer del piano para ella sola. En los momentos en los que él estaba en casa, su labor de compositor se anteponía a la de ella. Aunque los dos eran conscientes de esto, era difícil salir de los prejuicios: se consideraba que los hombres estaban por encima de las mujeres, y que la composición era más importante que la interpretación. No había escapatoria, Clara Schumann fue dando pasos hacia atrás para que Robert quedara en primer plano.

Aun así, en 1846, Clara Schumann compuso una de sus obras más conocidas, el Trío para piano, op. 17. Al respecto, ella anotó: «Nada hay comparable al placer de componer una obra y escucharla después. En el Trío hay momentos excelentes, y creo que la forma está francamente conseguida». Su entusiasmo duró hasta el momento en el que Robert escribió su primer trío para piano, un año después. A partir de entonces Clara verá su propia creación como carente de fuerza, y se felicitará a sí misma por estar al lado de él y ser su apoyo. Seguirá componiendo, pero dejará de creer que una mujer deba hacerlo y se mantendrá dentro del terreno de la interpretación.

En los años cincuenta, la vida familiar empeorará al agravarse los problemas mentales de Robert Schumann, quien sufre alucinaciones y está convencido de que los ángeles o los espíritus de Franz Schubert y Felix Mendelssohn le dictan música. Viviendo ya en Düsseldorf, en 1854, tiene lugar una crisis definitiva que lo lleva a lanzarse al Rin. Rescatado y siendo consciente de la situación, pide que lo internen en el asilo de Endenich. Unos meses antes, el matrimonio Schumann había conocido a Johannes Brahms, quien será un importante apoyo para una Clara embarazada de su octavo y último hijo. Tras el nacimiento de este, ella encadenará una serie de giras de conciertos para mantener a su familia y, al enviudar dos años después, enterrará también a la Clara Schumann compositora. Será desde entonces la guardiana del legado de Robert Schumann y, tal como él esperaba, seguirá «adelante, siempre adelante».

 

Para saber más:

BECERRO DE BENGOA, Ricardo. «Por ambos mundos: narraciones cosmopolitas: música primaveral: en Alemania, la muerte de Clara Schumann». La ilustración española y americana. 30 de mayo de 1896.

BEER, Anna. Armonías y suaves cantos: las mujeres olvidadas de la música clásica. Acantilado, 2019.

SCHONBERG, Harold C. Los grandes compositores. Ediciones Robinbook, 2007.

SOLER CAMPO, Sandra. «Clara Schumann: 200 años del nacimiento de la gran compositora, pedagoga y pianista del siglo XIX». Artseduca nº 22 (2019), pp. 56-77.