En Tiempos de Aletheia

Ni La Gaba, ni la viuda: Mercedes Barcha

Mientras Gabriel García Márquez escribía Cien años de soledad, Mercedes Barcha se encargaba de que no faltara nada en el hogar que había construido junto a él. Su marido había empeñado el coche y sus cálculos le hicieron pensar que el dinero obtenido les serviría para vivir durante seis meses. Erró, sin embargo, en el tiempo que tardaría en terminar la novela: un largo año y medio. Durante todos aquellos días, como por arte de magia, no faltaron ni la carne, ni el pan, ni las cuartillas de papel, ni los cigarrillos. Fue Mercedes, incluso, quien envió el manuscrito a la Editorial Sudamericana. Sin ella, reconocería justamente García Márquez, él no hubiera sido capaz de escribir una de sus obras emblemáticas.

Se conocieron en Sucre siendo muy jóvenes, pues los padres de ambos tenían amistad desde hacía tiempo. Ella pertenecía a una familia de ascendencia egipcia y era hija de un boticario de ideología liberal, Demetrio Barcha. La situación política hizo que la familia de Mercedes se mudara a Barranquilla, donde un día se encontró con García Márquez y aceptó su invitación para asistir a un baile matinal el domingo siguiente. En aquella época, ella estudiaba en Medellín, en el colegio de la Presentación, y solo regresaba junto a su familia durante las vacaciones de Navidad. Según el escritor, aunque Mercedes Barcha era divertida y amable con él, tenía un talento de ilusionista para escabullirse de preguntas y respuestas, y nunca le concretaba nada, a pesar de que él le había propuesto matrimonio desde que ella tenía 13 años.

Siguieron viéndose de manera casual durante mucho tiempo, hasta el momento en el que Gabriel García Márquez tuvo que viajar a Europa por motivos laborales, como corresponsal del diario colombiano El Espectador. Según él mismo cuenta, es entonces cuando le escribe la primera carta de amor en una hoja azul celeste que encontró en el respaldo delantero de su asiento en un avión que volaba entre Barranquilla y París. Acababa de ver a Mercedes cuando se dirigía en taxi al aeropuerto, al pasar por la avenida Veinte de Julio. Por un reflejo que formaba parte de su vida desde hacía años, Gabriel García Márquez miró hacia la casa de ella y la vio allí, «como una estatua sentada en el portal, esbelta y lejana, y puntual en la moda del año con un vestido verde de encajes dorados, el cabello cortado como alas de golondrina y la quietud intensa de quien espera a alguien que no ha de llegar». Hasta ese momento, García Márquez le había escrito algunas notas improvisadas cuyas respuestas eran siempre verbales y elusivas. En esta ocasión, después de informarle sobre su viaje, el escritor le exigió algo más: «Si no recibo contestación a esta carta antes de un mes, me quedaré a vivir para siempre en Europa». Una semana después, cuando entró en el hotel de Ginebra donde se hospedaba, encontró la carta de respuesta. Mercedes y él mantuvieron una relación epistolar durante varios años y se casaron en la iglesia del Perpetuo Socorro, en Barranquilla, en 1958.

Después del nacimiento de Rodrigo, su primer hijo, se trasladarán a México, donde Mercedes dará a luz a Gonzalo. Es durante esa etapa, siendo los niños pequeños, cuando Gabriel García Márquez renuncia a su trabajo para dedicarse a escribir Cien años de soledad. En el momento en el que Mercedes envía el manuscrito a la Editorial Sudamericana, en Argentina, su situación económica era tan precaria que solo pudieron remitir la mitad de la novela. Con sorna evidente, le dijo a su marido: «Solo falta que sea mala».

Mercedes Barcha murió en agosto de 2020 a los 87 años. Con frecuencia le había preguntado a su hijo Rodrigo cuándo creía él que terminaría la pandemia. Estaba al tanto de las noticias a través de la televisión y de una tablet en la que continuaba informándose sobre la dirección que tomaba ese mundo que pronto abandonaría. Fue una madre de familia de su época que supo trascender las circunstancias y ser ella misma en medio de lo que le tocó vivir. Gabriel García Márquez la llamaba «El Cocodrilo Sagrado»; sus amigos la denominaban «La Gaba», aunque el propio Rodrigo reconoce que era un nombre patriarcal. Al respecto narra que en un homenaje a su padre al que asistió toda la familia, el presidente de México se refirió a ellos como «los hijos y la viuda». Mercedes Barcha, revuelta al oírlo, amenazó con contarle al primer periodista que encontrara que planeaba volver a casarse tan pronto como le fuera posible. Tajante, dijo: «Yo no soy la viuda. Yo soy yo».

Para saber más:

GARCÍA, Rodrigo. Gabo y Mercedes: una despedida. Literatura Random House, 2021.

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Vivir para contarla. Mondadori, 2002.

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