En Tiempos de Aletheia

No me olvides

El alba bate sus alas y la urbe muestra la patita bajo la puerta perdurable del universo.

Rugido de absenta y estrofas mal nutridas… Anoche más de cien jóvenes resolvieron procurar un futuro tras las sombras del exceso: alcohol, amores de una sola noche y promesas que se incumplirán con el paso del tiempo, los golpes de la vida y la desidia.

Y es que no debemos olvidar lo que fuimos por mucho que la xenofobia golpee fuertemente la puerta, por mucho que el racismo no se erradique, aunque los punkis no alcancen su tan ansiada anarquía… no lo olvides.

Nosotros también fuimos jóvenes e inexpertos, cual vaca que entra en el matadero, igualmente caímos en el error de pensar que jamás llegaríamos vivos a la sobrevalorada adultez.

Rememoro los tiempos en la Alameda de Pontevedra. Ancianos caminando lánguidamente por la Avenida de Montero Ríos mientras mascaban con avidez recuerdos de vida y muerte; chavales jugando al fútbol creyendo que se convertirían en leyendas del balompié de una u otra manera, y gaviotas que se posaban en la cima de las farolas a falta de gárgolas parisinas.

Mientras tanto, mi añejo amigo Josué y yo nos hallábamos sentados frente al mundo. A veces nos encendíamos un cigarro de aquellos que valían 20 pesetas si los comprabas sueltos y filosofábamos sobre el pasado y sobre lo que inevitablemente sucedería. Más tarde, al anochecer, nos dirigíamos a la estación del tren y mirábamos, no sin cierta melancolía barbilampiña, aquellos vagones que iban y venían, sin descanso, dejando tras de sí un leve aroma a desaliento permisible.

“Algún día agarraremos uno de esos trenes y nos iremos –al fin– de esta ciudad hacia donde nos lleve nuestro destino”, aseveraba Josué mientras que yo asentía con una ligera sonrisa solo apta para crédulos o burros que observan como su esperanza no es más que una zanahoria que se bambanea frente a sus ojos.

Con el paso de los años, Josué tomó su camino y yo el mío. Hubo muchos trenes y muchos cambios de sentido. Hace poco más de una semana nos volvimos a encontrar. Celebrábamos algo hermoso, algo tan ineludible como el paso de los días. La amistad indudable en ocasiones te susurra al oído algo así como “no me olvides”; o expresado a la manera del escritor estadounidense Gregg Levoy:

“Él es mi amigo más querido y el más cruel de mis rivales, mi confidente y el que me traiciona, el que me apoya y el que de mí depende; y lo más espantoso de todo: es mi igual”.

Porque la amistad siempre ha poseído una dosis alta de amor…

y tragedia.

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