En Tiempos de Aletheia

Sor Cristina Morales y Santa Teresa de Jesús

Me ha sorprendido pero que muy gratamente y hasta me ha encantado el libro que Cristina Morales (sospecho que se ha quitado el “García” de su nombre artístico tanto porque es más común que el “Morales”[1] como porque ya hubo una “García Morales” escritora, pareja de Víctor Erice o Víctor Erice de ella) dedicó en 2015 por encargo de una comisión del Quinto Centenario a Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, o sea, por alias canónico Santa Teresa de Jesús. Había mirado por lo largo Lectura fácil y no me interesó demasiado, porque no parecía más que infantilismo intelectual y “noche en la que todos los gatos son pardos”, sobre todo si lo pones al lado de las declaraciones antisistema habituales de su autora -servidor es de izquierdas, por la Gracia de Dios o porque Dios es gracioso, pero pienso con Franklin Roosevelt que todos los radicales son gente que tienen efectivamente los pies bien anclados… en el aire-, pero esto, en cambio, Introducción a Teresa de Jesús (https://www.foruq.com/books/es/xyz/1/Introduccion-a-Teresa-de-Jesus-Cristina-Morales.pdf), Últimas tardes con Teresa de Jesús, como se titula ahora en cacofónico homenaje a Marsé, o Malas palabras, que es como se llamaba originalmente y se tenía que haber quedado para siempre -Teresa de niña estaba muy obsesionada con el “para siempre” de la eternidad, que es pavoroso se mire como se mire-, es un libro excelente, bonito (cojonudo, en fin, por decirlo a la manera de la Cristina Morales del Prólogo), muy acertado en el tono y nada anacrónico ni distorsionador a mi juicio para con el carácter histórico y verificable de la Santa. Hay que ser, realmente, muy buen escritor, pero que muy bueno, para meterse en la piel de una monja del s. XVI cuya vida, entorno y costumbres no te tocan en nada si eres una punki cabreada sin pelos en la lengua del s. XXI y conseguir que te salga una Teresa tan honesta, tan estupenda y tan maja como le sale a Morales aquí. Una vez que la escritora logra que cojas cariño a su personaje, algo que sucede desde la primera línea, ya te muestras dispuesto a aceptar todas las hipótesis que quieras colgar sobre ella, sea un feminismo intuitivo que jamás se volvió contra el orden patriarcal/clerical/militar/estamental de su época (pero que sin duda pudiera haber cargado aún más de razón a Teresa para alejarse de él a favor del otro, el de sus arrobos), o sean los juegos eróticos más bien parafílicos que Morales hace -lo mejor está en torno a la página 167- gozar a la Teresa niña con su primo.

Pero encaja, yo me lo creo, me creo todo en esta especie de artefacto novelístico simple y complejo a la vez. Me creo, para empezar, el impresionante alegato de Teresa en defensa de su difunta madre, una mujer instruida a la que su marido, es decir, el padre de la Santa, trató según opina Morales haciendo de Teresa su muñeco de ventriloquía como un cacho de carne con ojos y vagina sobretrajinada:

“¿Ve vuestra paternidad cómo, estando mi madre recién parida de Juana, postrada y haciendo testamento, aún fue mi padre a importunarla una última vez para embarazarla de muerte? ¿Puede vuestra paternidad hacerse idea del estado de salud en que mi madre se hallaba para hacer testamento nada más ver nacer al que creyó que sería su último vástago? ¿Puede vuestra paternidad imaginarse a mi padre entrando a la habitación de la desangrada, bajándose las calzas delante de la desangrada y poniéndose en el lugar del escritorio portátil? ¿Puede ahora vuestra paternidad imaginarse a la desangrada? ¿Puede ver su resignación, que no tiene nada de virtud cristiana y mucho de primitiva barbarie? ¿Puede verla apretando los ojos, puede ver la mueca de asco detrás del agotamiento, detrás de los brazos inertes con la pluma en la mano todavía, detrás de las piernas en fino triángulo, de la fiebre otra vez subiendo? Ahora, como vuestra paternidad es hombre, ¿puede explicarme lo que hacía mi padre? ¿Puede decirme si eso es amor del esposo hacia su esposa? ¿Es siquiera respeto? ¿Es siquiera gusto? ¿Hallaba mi padre gusto en fornicar con una convaleciente? ¿Hallaba mi padre gusto en la piel amarilla y en los genitales de mi madre nueve veces rajados y cosidos y nunca bien cicatrizados? ¿Es que diez hijos le parecían pocos? ¿Por qué no se iba mi padre con una meretriz? ¿Qué puede querer un hombre infligiendo semejante amargura a una mujer, si en ello no existe ni la necesidad de un primogénito ni tan siquiera el consuelo de la carne? Yo os lo diré: someterla es lo que quiere. Recordarle hasta el último momento que ella es suya, es suya en la salud y en la enfermedad, es suya su hacienda y son suyos sus hijos. Está a su disposición siempre que él quiera, da igual la hora, da igual que ella consienta o no. Ella, de hecho, siempre consiente, porque le han enseñado a no defenderse y a creerse aquello de que, cuanto más se resista, más la someterán. Celoso de la honra como solo lo puede ser un converso, mi padre no podía permitir que su mujer pareciera díscola ni un instante. Quería ser el más cristiano de todos con la familia más cristiana de todas, el que gastaba sin miramientos, el que más limosnas repartía, el que jamás iba a ser visto en casa pública. Lista Beatriz, que supiste hacer valer tu sangre limpia ante el judío para que te dejara libros y habitación propia. Pobre Beatriz, que con sangre tan limpia dejaste sábanas tan sucias”.

(O respecto del ama rica de la que es confesora Teresa en los meses que abarca la novela, Luisa de la Cerda, que narra de esta tremenda forma así sus primeras experiencias íntimas dentro de matrimonio:

“La forzó dos veces. La primera fue corta porque doña Luisa era doncella y, aunque el violador se cuidaba de cuidarla, el caudal de lágrimas silenciosas de la niña doña Luisa lo enfriaron. La segunda vez lloró menos, revelándose pupila aventajada en lo único que le habían enseñado en su vida: a estarse quieta y callada. Se aplicó la lección y pronto dejó de arrebujarse, liberó las piernas y aflojó los órganos que se empeñaban en cortarle el paso a don Diego, cerró los ojos y rellenó la cavidad de sus pensamientos con ruidos atronadores que le impidieron oír su respiración y la de él, sus jadeos y los de él; se aplicó la lección de, en fin, morirse un rato para que doliera menos y se acabara antes, en vez de matar al otro para que a ella no le doliera nada. Lo que más asco le dio a la niña doña Luisa fue tener que limpiarse el suave vello del lametón de esperma, que creyó suyo propio y no de él, tomándolo por una especie de disentería o de orina enferma.)”.

Aunque lo cierto parece ser que este Don Alonso no fue tan maltratador y ruin más tarde, cuando hubo de pasearse por media Castilla con su hija adolescente a cuestas en busca de remedio para sus extraños males. Eso no lo cuenta Morales, como no cuenta que Teresa le devolvió el favor cuando se hizo viejo y le tuvo que asistir en su agonía. Tampoco cuenta, pero es muy significativo saberlo, que esas enfermedades de la Teresa joven ya apuntaban a lo que hoy denominaríamos causas psicológicas profundas, anómalas, que bien podrían guardar relación con las visiones, éxtasis y trasportes de la madurez. Pero no hay que malversar el concepto de causa, como hacen tantos científicos reduccionistas hoy: una cosa es que la cabeza de Santa Teresa de Jesús estuviera ya predispuesta a la piradas de olla por ciertos resortes fisiológicos suyos que jamás conoceremos, y otra afirmar que por tanto esas alteraciones somáticas son la causa directa y completa de sus indiscreciones místicas. “Causa” no es lo mismo que “ocasión”, y en una mujer que llevaba toda su vida obsesionada con la santidad y el martirio, al que se veía dirigida desde siempre junto con sus hermanos, es más fácil pensar que lo que tuviera en el cuerpo (incluidos quién sabe qué impulsos sexuales sublimados, vamos a aceptarle esto al vienés) fue la “ocasión” de manifestarse el genio religioso en el temperamento de Teresa, y no exactamente la “causa” de ello. Otros enfermos mentales sufren lo que sufrió Teresa de Jesús -una vez fue un coma de cuatro días-, pero ni escriben como ella, ni componen poemas tan expresivos y elevados ni fundan conventos y monasterios con la energía de un huracán con hábito. Así, se puede decir también que los Beatles compusieron muchas de sus mejores canciones bajo los efectos de substancias psicotrópicas, entre ellas el recién sintetizado LSD, pero la probabilidad de que usted o yo compongamos el Sargent Pepper´s por muchas pirulas que nos comamos es tristemente reducida. De manera que Teresa de Jesús sin duda estaba como las maracas de Machín, pero lo que la hacía levitar no era un trastorno mental, sino su fe arrebatada en la divinidad única y misericordiosa. Y el cristianismo ha sido fundamentalmente eso, sus herejías, aquellos chiflados o conjunto de chiflados que en viendo osificarse y corromperse la institución eclesial la han renovado a base de entusiasmo y fanatismo, que en el fondo es prácticamente lo mismo…

Morales también lo ha entendido así, he tenido yo la impresión, no se mete mucho en los números de prestidigitación religiosa de Teresa pero les guarda respeto. Naturalmente, un libro consagrado a la exaltación de la exaltada no era el mejor lugar para poner en duda nada o desmitificar la parafernalia de su protagonista, pero es que además la propia Morales tiene algo de exaltada también. Alguien que de verdad cree que el estilo de existencia contemporáneo debería ser destruido entero y de un plumazo bajo la acusación de patriarcal y capitalista es que anhela lo mismo que Teresa de Jesús, es a saber: vivir una vida bajo el signo de la pobreza, la fraternidad (“sororidad” en ambos casos) y la perfección moral. Y eso, señor@s, sólo se puede hacer llevando una vida apartada, léase monasterio, convento, kibutz, falansterio o comuna anarcosindicalista. En la civilización no, la civilización necesita comercio, leyes -muchas de las cuales con toda seguridad no aboliría Morales-, policía y escuelas públicas, es decir, “eticidad”, como lo llamaba Hegel frente a la “moralidad” de Kant. La moralidad es un derecho imprescindible del ser humano, no hay que prestar ni medio segundo de atención a esos pseudoteóricos que desde las derechas quieren convencernos de que la moral es un fruto podrido y prescindible de la evolución, y de que todo moralista lleva un inquisidor dentro. Se es moral porque se quiere ser moral, es así de simple, porque ser moral es más cívico y humano que no serlo, y porque la mentira más grande que nos han colado es la de que todos llevamos en nuestro interior una bestia insaciable[2]. La moralidad es ese término medio, como ya dijera Aristóteles, en que realizas tus actos teniendo por mira la justicia, sin que ello signifique caer en el extremo de quedarse corto bajo el pretexto de que habrá que satisfacer también el egoísmo irrenunciable de cada uno o caer, por el contrario, en el extremo de pasarse de largo creyendo o haciendo creer que se puede reificar la “Justicia”, como si fuese una entidad substantiva que está ahí exigiendo su sagrado cumplimiento. Si uno piensa de este último modo, será estupendo que funde una cooperativa, o un convento, o que okupe una isla desierta, pero que abandone de buenas maneras y por favor la civilización. La civilización no puede y no debe ser moralmente perfecta porque, gracias a ello, puede reunir recursos y esfuerzos para mandar una sonda a Marte o inventar un nuevo estilo sexy de música.

La casi herejía de las Carmelitas Descalzas promovida por Teresa de Jesús eso es justamente lo que hacía. Decía: “yo y cuatro amigas más, las que se apunten, nos resolvemos a hacer vida contemplativa entre esas cuatro paredes, sin molestar a nadie, al contrario: rezando por todos aquellos que no tienen ni el tiempo ni el recogimiento para orar por sí mismos y por la comunidad, ya que están ocupados sembrando hortalizas, criando hijos, enviando un robot a Marte o arrastrando al olvido definitivo al reguetón. Una orden religiosa del Renacimiento no pretende acabar con el mundo terrenal, no desea que todos seamos pobres, castos, indistintos y beatos, como parece interpretarlo Antonio Escohotado, lo que quiere es garantizar que cierto estrato selecto de la comunidad labora por la salvación escatológica del conjunto[3]. Esta idea, que desde luego encontramos hoy tan estúpida -pero que se encarna mal que bien en la figura actual del “intelectual”- fue lo que se cargó a gran escala el más grande y el más paradójico de los herejes, Martín Lutero, y por eso Teresa de Jesús fue una monja revolucionaria pero a la vez perseguida por la Iglesia, como todos los místicos posteriores. Una señora tan vivaracha, tan guapa -ella se sabía guapa-, tan buena escritora[4] y tan emprendedora era para la Iglesia de la Contrarreforma tanto una confirmación del catolicismo como un peligro de excesivo individualismo religioso –como si con sus actos estuvieran los místicos queriendo quedarse a Dios sólo para ellos, algo que en las religiones orientales no molesta en absoluto, al contrario: en precisamente lo que se busca… Cristina Morales la hace sostener una conversación con una discípula analfabeta, pero que es todavía más radical que ella…

“Benditas sean por emparedadas. Pero lo serán porque tienen todo lo que necesitan dentro de sus paredes.

Sin duda lo tienen, madre Teresa. Lo que tienen es nada, porque eso es lo que necesitan. Unas uvas que nos dejaban los campesinos, que tanto tardábamos en recogerlas del torno que nos las comíamos pasas. Una jarra de leche que nos bebíamos tapándonos las narices porque se había puesto agria. Una manta cada cinco monjas, que teníamos que dormir abrazadas las unas a las otras.

Esa pobreza no puede sino tener al alma preocupada por el cuerpo, y no al cuerpo entregado a la elevación del alma.

Si el alma quiere la pobreza, el cuerpo no la sufre, la agradece. Cuánto tiempo estuvo Cristo desnudo, sediento y hambriento, y sufriendo por nosotros, madre Teresa[5].

Cristo era hombre solo, y era Cristo. Nosotras seremos cinco mujeres llenas de pecados contra Ávila entera. A Cristo podemos servirlo, podemos hablarle y, si Él quiere, puede concedernos la gracia de Su voz o Su imagen. Pero imitarlo, madre, en Su divina perfección, se me hace soberbia.”

Ortega y Gasset, en un viejo artículo titulado Defensa del teólogo frente al místico, argumentaba que hay que estar siempre con los teólogos, porque aunque es cierto que el objeto de su especulación es especioso y abstracto, al menos tratan de volcar su conocimiento acerca de Él en términos alcanzables por todos, o al menos por los instruidos, como en la actualidad la Economía. La mística, en cambio, decía Ortega, se te hurta siempre, el místico no tiene palabras para explicártelo o hacértelo sentir, pero eso no es lo peor, lo peor es que no se le nota. Ese individuo, o individua, asegura haber estado en contacto nada menos que con el Absoluto Viviente, sea del credo que sea, y en vez de pasearse por la vida con una imborrable sonrisa de oreja a oreja lo que hace es pedir dinero a sus seguidores, vestir como Rappel y dar consejos buenrollistas de libro de Paolo Coelho. Ortega tenía toda la razón: si has merecido los favores de Dios, no puedes parecer tan vulgar e interesado como un simple mortal, debes irradiar luz, debes ser, yo qué sé, como el español rancio que la noche anterior se ha acostado con la Pantoja y se dirige ufano al bar a contárselo a los amigos o como el fan de los Gun N´Roses que acaba de salir del camerino de Axl Rose. Pues bien: todos los testimonios vienen a señalar que Teresa de Jesús era así, tenía siempre como esa alegría en el cuerpo. Fue monja, sí, pero porque no le dio la santa gana casarse:

“Pero, Diego, aquí estoy a mis anchas, leo y escribo y nadie me da órdenes. Salgo cuando quiero y cuando quiero puedo verte. No tengo que andar con la honra encima todo el tiempo. No tengo que soportar a mi padre. No tengo que esconderme con mi hermana para enseñarle a leer. Y tú y yo apenas tenemos que escondernos. Te juro que nadie sospecha, y rezo constantemente a Dios y me mortifico para que nos perdone por ser de alma tan flaca. Me has visto las llagas”.

(Por cierto, Morales hace soltar a la Santa un “carajo” en la página 179 de mi edición que queda muy bien, lo reconozco, pero que quizá no sea muy del siglo…; y otra cosa, Cristina, el acertijo punk que lanzas en el prólogo para ir haciendo argamasa de iniciadas lo he pillado, se trata de Kortatu, “Don Vito y la revuelta en el frenopático”, tú ya me entiendes, que te ha quedado muy bien también, pero considérame iniciada y admitida desde ya). ¿Para qué casarse, qué fatiga, qué poca ambición, qué afán de sepultarse en vida, si puedes ser la “meretriz espiritual” de la cristiandad, como dice de sí misma esta Teresa contestataria del s. XXI? Al fin y al cabo, una monja está casada con el único hombre completamente intachable, con el verdadero Príncipe Azul, que ni te fuerza, ni se mete con tu edad, ni te falla nunca, ni te hace trabajar ni se va con otras, puesto que siempre y desde el principio es compartido con todas. Ese que, a poco que le supliques, hasta te lava los pies… [6] Cristina Morales nació al año siguiente de la magnífica serie que protagonizó Concha Velasco sobre la Santa, magnífica pero un tanto demasiado larga, y que pueden encontrar en los archivos de RTVE en Internet. Tal vez por ello, le llega algo de beatífico y tonificante influjo, y habla tan bien en nombre de aquella lejana y extraña mujer…

“Pero ah, padre, qué tiranía la vuestra y la del relato, que solo halláis sentido en el avance, como si la escritura fuera un escuadrón y la escritora su capitana. Tiranos borrachos, que mandáis cien soldados a la muerte por clavar una bandera cuatro leguas más allá. Para mí no hay victoria en la conquista, padre, sino en que los cien soldados lleguen vivos, en que ninguna de estas cien páginas ande con muletas, ni pierda un ojo, ni entre en la palabra FIN con los pies por delante. Yo no quiero clavar una bandera sino cien, y clavarla en el sitio, sin moverme, y ahí quedar. Quiero que este libro sea un campo sembrado de banderas ondeantes, de sus alféreces emancipadas; la huella dejada por un escuadrón desertor que ya no avanza, que solo permanece y silba con el aire que transita sus mástiles, sus cuerdas y sus arandelas”.

En cuanto a Dios, el Cielo, la Trascendencia, la Ultratumba, el Más Allá, la Creatio Ex Nihilo y toda esa mitología que los infectos curas han convertido en poder, sadismo y provecho suyo durante centurias, sobre todo en la pobre y siempre malograda España, yo pienso lo mismo que José Hierro…

 

Coplilla después del 5º Bourbon

 

Pensaba que sólo habría

sombra, silencio, vacío.

Y murió. Estaba en lo cierto.

El mismo Dios se lo dijo.

 

(De “Cuaderno de Nueva York”, 1998)

 

[1] A mi me ocurría algo semejante en el colegio: nadie me llamaba “Sánchez”. Si al actual presidente de estos pagos le llaman así es porque su segundo apellido es compuesto y endemoniadamente difícil de recordar, es decir, nada mediático.

[2] Los antiguos jamás pensaron esta idiotez, Aristóteles simplemente afirmaba que la bondad o maldad del hombre dependía de la educación recibida, pero la sufrimos desde Ockham, Lutero, Hobbes, Stevenson, Freud y epígonos…

[3] De ahí otro posible sentido del maravilloso “Dios está también entre los fogones” de la Santa, que tiene un antecedente remoto que bien podría haber conocido la pícara monja en el “también están aquí presentes los dioses” de Heráclito el Oscuro calentándose junto a un horno (relatado por Aristóteles, la frase en griego es έιάι γάρ κάι έντάυΘά θέους).

[4] En su estupenda Historia de la Literatura Universal, Martín de Riquer y José María Valverde dedican unas páginas tan encendidas a la llaneza y las virtudes de la prosa de la Santa que se les olvida decir algo elogioso acerca de la poesía…

[5]San Pablo había recomendado eso al fiel: “Ofrecer sus personas en holocausto vivo, santo, agradable a Dios”…

[6] Ya se sabe, o debería saberse, que el catolicismo es aquella rama del cristianismo original que en el Concilio de Nicea, s. IV D.C. se separó del arrianismo del Imperio Romano Oriental habiendo tomado la decisión doctrinal –presionados, eso sí, por el emperador Constantino, que quería soldados cristianos para sus guerras- de que Cristo es Dios, es decir, que eso que romanos y judíos mataron en consuno en la cruz era Dios mismo, no un enviado o un hijo o un mensajero de Dios. A Lutero esta desmesura filosófica -el Sentido del Universo, la Presencia Total, el Ser Supremo, chorreando sangre como un vulgar malhechor en el tormento más atroz que daba el Imperio a los disidentes políticos-, quizá la más gorda concebida nunca, le ponía los pelos de punta y realmente no es para menos. Aparte de eso, que dio tanto juego a Hegel (“Dios mismo ha muerto”, se dice en un himno luterano; con esto ha sido expresada la conciencia de que lo humano, lo finito, lo frágil, lo débil y lo negativo son momentos mismos de lo divino, que están en Dios mismo, de modo que la finitud, lo negativo y la alteridad no existen fuera de Dios y de modo que, en cuanto alteridad, no impiden la unidad con Dios” (Hegel, 1984 [Lecciones, 1827]: 172), para lo que ha servido esa identificación Dios Padre/Dios Hijo es para que todo lo que dice Jesús en los Cuatro Evangelios sea palabra de Dios para los católicos, mientras que para ortodoxos o musulmanes sea tan sólo el testimonio o el acto de un hombre santo, pero hombre no más.