En Tiempos de Aletheia

ENTRE SINDICATOS ANDA EL JUEGO

En esta, mi tercera entrega, con independencia de que haya más números dedicados a la Historia o recuperación de información o que tengan que ver con tal, o sobre vida y costumbres de quienes antes nos antecedieron y pisaron la corteza terrestre, mientras oteamos el paso del Tiempo y de la Vida, no de brazos cruzados sino en una pelea constante con esta sociedad para poner a buen recaudo todo lo que se pueda, hablaré , yo también, de todo esto. Algunos intentan definir como educación para la custodia a través del Tiempo y la Vida –no podía ser de otra forma– lo que conocemos y llamamos Historia.

También trataremos la falta de credibilidad de los sindicatos, con los cuales, vayas a la comunidad autónoma que vayas, te manchas los zapatos y cuanto más arriba escarbes más te ensucias. Lo peor visto es que no afrontaron con un mínimo de dignidad su situación algunos líderes casi incluidos en el santoral por su “exitosa” trayectoria en el ámbito sindical. Se puede echar una ojeada a Asturias donde, después de lo que salió a la luz en la investigación del hombre de la Minería con más poder sindical y en algún caso, no sindical, en España.

La dinámica económica y social de España en los últimos años se ha venido articulando en torno a la tensión planteada por la realidad del declive económico que ha avanzado inexorablemente y las necesidades de una reindustrialización. En este escenario interno que ha dominado el pasado reciente, es el que ha de influir en el futuro de la economía. Y es que actualmente en el mercado de trabajo hay un menor dinamismo en el empleo, o está parado, con una tasa alta de desempleo y una tasa baja de actividad de la población laboral en edad de trabajar. En algún sentido vuelve el desánimo al mercado de trabajo. Nuevamente se registran acusaciones del quién está en un ERE haciendo equilibrios para subsistir, contra los privilegios de los que goza el sindicalista liberado. Reflexiones y preguntas: ¿Por qué los sindicatos mayoritarios españoles no van al ritmo de Europa o, un poco menos, teniendo en cuenta que nuestra tasa de natalidad es la más baja de la UE? Llegas a una penosa conclusión y es la baja tasa en formación de los dirigentes sindicales españoles, a pesar de los millones de euros que año tras año gestionan estos Representantes Sindicales.

Es por ello la actitud de rechazo hacia los sindicatos: por sus pérdidas de tiempo y su poco o ningún interés por los demás, cuando ellos tienen cubiertas sus necesidades prioritarias.

Los sindicatos han decepcionado absolutamente a los trabajadores que han llegado a sentirse postergados y tentados a desentenderse de las acciones sindicales.

Es un hecho incontestable la postura acomodaticia de los sindicatos frente a las reivindicaciones ante el empresario. Con el paso del tiempo, los cambios sociales y políticos de mayor transcendencia en el desarrollo del capitalismo productivo, conquistas sociales, laborales y económicas en nuestro entorno, paradójicamente, fueron diluyendo este aspecto generador de conciencia. Pues los sindicatos llevan años imbuidos en una crisis de afiliación, objetivos y actuaciones cuando intentan dar más participación a la mujer, pues históricamente estuvo relegada o su papel no era lo suficientemente relevante salvo excepciones. Los sindicatos para recuperar su papel en la sociedad deben dar un giro de 180 grados y dejarse de obtener medallas y condecoraciones, y recuperar la unidad en la que se integran. Cuando se habla de “trabajo intelectual” y “trabajo manual”, recordar que el trabajo no se califica químicamente puro, lo podemos denominar “trabajo humano”.

Pero, además, se quiere volver a hablar del concepto de clase, conciencia y lucha de clase. Y vuelta otra vez la burra al mato. Se trata no solo de hablar de clases sino de hacer algo en favor de los económicamente más débiles; escuchar lo de siempre es un poco aburrido. Y precisamente este es un buen momento para comenzar a desarrollar proyectos en la durmiente paz de los justos. Cuando las desigualdades sociales son de tal naturaleza que afectan a los bienes y prerrogativas del bienestar, se pide la dignidad intrínseca de la persona humana. Coyuntura que desgraciadamente se está dando y que nunca dejó de darse. ¿Quién se beneficia de estas movidas?

Al hilo de esto de las clases, les voy a hacer conocedores de algo que me dejó boquiabierto en cierta ocasión en que, con la finalidad de saber los perfiles de personas que de cara a las primeras elecciones democráticas, después de la larga etapa franquista, se procedió a realizar una prueba tipo test en la que una de las cuestiones que se planteaba era: ¿A qué se llamaba un sindicato de clase? ¿Qué entendía que era una sociedad de clases? En la prueba, por supuesto anónima y voluntaria, participaron 60 personas, trabajadores cualificados, bachilleres e incluso universitarios y solamente contestaron dos las cuestiones. ¿Quiere ello decir ignorancia, falta de información? No sé. Me quedé con la última de las conclusiones unida a la falta de interés y lo más importante: miedo a que las fuerzas del orden pudieran entrar a saco. Sí, o dando palos. O interrogando al día siguiente con lo de siempre. Esto no es gratuito pues en un pueblo de tres mil habitantes urbanitas, nos conocíamos todos: dónde habías estado, con quién habías estado y qué habías bebido o comido. Sí, aquello era dar la cara a siete kilómetros de tu domicilio, correr delante de la Guardia Civil por pegar carteles al atardecer y subirte a un Seat 127 blanco y, como si fuera un todo terreno, en vez de ir por caminos, atravesábamos fincas grandes de maizales hasta que se despistaban. En Oviedo exactamente igual, pero los que te entrenaban para las olimpiadas iban vestidos de gris, como armarios de grande y un látigo de color blanco y otros negros que destacaban e iban, a veces, a juego con el casco. Viajes de ida y vuelta, así los llamo porque en cualquier instante cambiabas de dirección. Pero cuando más te “divertías” era cuando alguien te pisaba el zapato por detrás. ¿Quién daba la vuelta a recogerlo? Volvías a partir de las doce de la noche para hacer las mismas cabriolas que tres o cuatro horas antes para ver si encontrabas el zapato o lo que quedase de él. Estas jornadas de “divertimento”, no fueron ni una ni dos. La verdad es que aquello no tenía nada que ver con un, en parte idílico, mayo del 68, pues aquí éramos un ciento y allí dos millones. Los latigazos eran similares.

En cierta ocasión, una noche perruna de frío glaciar nos llevó la intrepidez, o la inconsciencia, 80 km. montaña arriba teniendo que trabajar y estudiar al día siguiente. Mereció la pena a pesar del miedo a las manadas de lobos que sin anunciarse venían en busca de carne fresca. Cuando llegamos eran las dos de la madrugada y en un céntrico edificio se abrió un portón y nada más pasar el umbral se volvió a cerrar suavemente y se encendieron dos bombillas y pudimos ver, emocionados, unas cincuenta personas que nos aplaudían y abrazaban. Allí vi un cartel colgado para la ocasión que siempre recordaré: “Cuando la mierda tenga valor, los pobres nacerán sin culo”.

Aclaro que jamás he ocupado un cargo político ni sindical, nunca he recibido el más mínimo valor de nadie vinculado a la política o sindicato. No había en nosotros más que idealismo.

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