En Tiempos de Aletheia

¿En qué nos puede ayudar un sexólogo?

La Sexología es una disciplina que se ocupa de la parte afectiva y emocional vinculada al impulso sexual. Como todo lo emocional, tiene una repercusión en lo físico que es especialmente sensible, en este caso, por tratarse de la parte más íntima de nuestra personalidad.

La sexualidad abarca desde la identidad sexual, pasando por la orientación, las relaciones de pareja, hasta la respuesta física al mantener una relación sexual.

Como podéis comprobar, tras esta escueta introducción, el campo de la sexología es amplio y complejo y, por lo tanto, es difícil que todo encaje a la perfección siempre a lo largo de nuestra vida. En esos momentos de descuadre es cuando un sexólogo o sexóloga nos puede ayudar.

Somos seres sexuados desde que nacemos y la sexualidad nos marca en cada etapa vital. Desde el momento que se nos define como “chico” o “chica” en función de nuestros órganos genitales externos, se traza una línea invisible que marca lo que se espera de nosotros en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida. Hay quien se sentirá cómodo y, por lo tanto, de forma natural seguirá la línea trazada en lo que respecta a sus conductas, actitudes, sueños y definición de su proyecto de vida. Otros sentirán cierto grado de incomodidad que los puede hacer sufrir, bien porque no se identifiquen con la clase que se les asignó a su nacimiento “chico/chica”, bien porque su orientación sexual no acabe de estar de acuerdo con lo que la sociedad entiende debería ser, porque no logren gozar de forma satisfactoria con lo que su cuerpo les ofrece tanto en el plano individual como en pareja.

Cuando de alguna forma que, tal vez no acabemos de entender, se despierta la necesidad de relacionarnos más íntimamente con otras personas, lo deseable es que todo fluya. La situación ideal sería que nuestro interés por alguien fuera recíproco, que los sentimientos que nos genere su presencia estén en la misma línea que los que sienta esa persona, que nuestros deseos coincidan en tiempo y forma, y que cuando, por fin, la intimidad se consume en un acto físico, este resulte satisfactorio para ambos.

Este esquema tan simple, pero no simplista, incluye infinidad de matices que nos puede hacer sufrir. En el momento en que aparece el malestar, es aconsejable buscar ayuda en una consulta de sexología. Se suelen relacionar esas consultas con lugares en que se tratan las disfunciones sexuales tanto en varones como en mujeres y, generalmente, se promociona la idea que lo que hay que solucionar es la parte física de la ejecución, de manera rápida con lo que se tiende a apoyar toda la solución en la farmacología.

Por supuesto que algunas disfunciones necesitan de un remedio químico, sobre todo si la causa es un deterioro del órgano por una patología médica. Pero, aún así, el apoyo de un psicólogo especialista en sexología es fundamental, ya que toda disfunción tiene una connotación psicoafectiva tanto en su mantenimiento como en sus secuelas.

En general, la mayoría de las disfunciones sexuales tienen un origen psíquico, sobre todo en personas menores de 50 años. La solución a este tipo de trastornos pasa por una implicación seria del paciente en la terapia que debe ahondar en sus temores “inconfesables”, sus complejos, el reconocimiento de los valores en que se apoya, de su autoconcepto y su autoestima. Hay ocasiones en que la disfunción nace de causas que parecen alejadas de lo puramente sexual, como serían un déficit en habilidades sociales o un modelo de rol de sus progenitores no saludable.

De los años en que me dediqué a la sexología recuerdo casos que me sorprendieron profundamente, y que solo se pudieron solucionar con una investigación profunda acerca del momento en que apareció la disfunción. Recuerdo el caso de una muchacha que tras un período de relaciones satisfactorias con su pareja presentó de manera súbita un cuadro de vaginismo. El vaginismo es una disfunción que se caracteriza por la imposibilidad de mantener un coito vaginal por una contracción involuntaria de un esfínter del suelo pélvico. Refería que su relación de pareja seguía siendo buena, negaba cualquier problema en ese plano, pero de pronto, a pesar de tener deseo por él, en el momento de la penetración su vagina se cerraba. Ni ella misma podía introducirse un dedo. En esa circunstancia de aparente normalidad, debía averiguar cuándo, cómo y porqué había comenzado a aparecer este trastorno. Tras tres sesiones, logramos relacionar la aparición de dicha disfunción con una revisión ginecológica, en la cual el ginecólogo mientras palpaba su abdomen, de manera totalmente profesional, para detectar posibles masas o zonas dolorosas, mantenía un par de dedos en su vagina para fijar el útero. Cuando el médico le dijo que no notaba ninguna zona inflamatoria a nivel de sus ovarios, la muchacha relacionó los dedos introducidos como los elementos que habían llegado a tocar los ovarios. A partir de ahí generó una fobia hacia la penetración, porque sabía que el pene de su pareja era más largo que los dedos de su médico. Comenzó a temer que en una penetración, su pareja le rompiera el útero.

Mediante un modelo físico de los órganos reproductores del cuerpo de la mujer y una explicación de cuál era la mano que había palpado externamente, por supuesto, sus ovarios, la muchacha se curó.

Si os he explicado este caso, que por cierto es absolutamente real, es porque quiero que la sociedad vaya tomando conciencia de hasta qué punto la psique afecta al cuerpo.

Os podría presentar cientos de ejemplos de personas que no disfrutan de su sexualidad, pero no consultan ni buscan ayuda en una consulta de sexología. Prefieren esconder la verdadera causa de su malestar tras una pseudo-patología médica que se pueda arreglar con una pastilla.

El problema está en que si la causa está en un problema emocional o relacional, volverá a aparecer a pesar del tratamiento farmacológico. ¡Cuántas disfunciones se han “curado” al cambiar de pareja! Ese tipo de cosas no se suele contar pero también ocurren con frecuencia.

Las personas somos seres con mente y cuerpo, pero estas dos entidades no están separadas. Somos una Unidad y si nos hemos acostumbrado a dividir lo que somos en mente y cuerpo, ha sido supuestamente para estudiarnos mejor, pero muchas veces olvidamos ese concepto de unidad. Samuel Hanneman, creador de la terapéutica homeopática, a finales del siglo XVIII, estableció como principio que “no hay enfermedades, hay enfermos”, principio que hoy en día sigue vigente por especialistas médicos de todas las disciplinas.

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