En Tiempos de Aletheia

ANÁLISIS PSICOLÓGICO DEL USO CONTINUADO DE LAS MASCARILLAS

Desde hace algunas semanas, los ciudadanos nos hemos visto obligados a usar una mascarilla de manera obligatoria prácticamente durante todo el día, como medio de prevenir un posible contagio por el ya famoso “coronavirus”.

A las molestias físicas propias del uso continuado de dicha prenda, como son el calor, leves reacciones cutáneas secundarias al sudor y al contacto de los tejidos con las cuales están elaboradas y dificultad para respirar, hemos de sumar los efectos psicológicos causados por los cambios en la forma de comunicarnos, cambios en las relaciones sociales y la “obligada aceptación” de normas incoherentes en muchas circunstancias.

Llevar la cara medio tapada durante tanto tiempo, está comenzando a afectar a la interacción social y a nuestra parte emocional y hay que ir pensando en las secuelas que se pueden derivar de esa conducta, hoy por hoy necesaria por otras razones.

Analicemos en primer lugar las consecuencias en el plano de la comunicación.

La comunicación entre las personas tiene una parte verbal y otra no verbal que es la que se compone del conjunto de gestos, tanto conscientes como no conscientes, que acompañan nuestras palabras. Dado que el uso de la mascarilla va acompañado del respeto de una mayor distancia social, a medida que van pasando las semanas, nuestra forma de comunicarnos está cambiando y, seguramente, no para bien. La gravedad y la forma en que nos afecta está vinculada a la edad y a las condiciones psicológicas y emocionales previas.

Llevar la cara tapada nos oculta gran parte de los signos que nos ayudan a distinguir las emociones que siente la persona que nos habla. Hace algo más de dos décadas se descubrió que en nuestro cerebro existen unas neuronas, llamadas “neuronas espejo” que son responsables de la capacidad que tenemos de ser empáticos. Nos permiten percibir el estado de ánimo que tiene la persona que tenemos enfrente, si está cansada, alegre o triste. Son las responsables del “contagio de los bostezos”, o del sueño que nos entra cuando vemos a alguien dormir.

En los niños pequeños, la estimulación de estas neuronas, son especialmente importantes porque su cerebro en formación y proceso de maduración, debe aprender a desarrollar esa capacidad, y la circunstancia del uso continuado de la mascarilla les dificulta ese aprendizaje, por falta de variedad en los estímulos. Los bebés no deben aprender solo a partir de la cara de sus progenitores, que son los que posiblemente en estos momentos, son las únicas personas que ven sin mascarilla. El aprendizaje es de mejor calidad cuanto a mayores experiencias se enfrente el individuo. Entre los seis meses y el año de edad es el período en el que los niños aprenden a reconocer expresiones faciales y ensayan reproducirlas. Si tienen pocos modelos, en el futuro tendrán menos habilidades para empatizar con desconocidos o personas con las que hayan tenido un contacto visual parcial y condicionado.

Si queremos ver el lado positivo de esta circunstancia, nos apoyaremos en la teoría ya demostrada de la plasticidad cerebral. Todos los que hemos trabajado con niños, sabemos de su enorme capacidad de adaptación y de cómo podemos ayudarles a entrenarse a centrar su atención en esos elementos de la cara que quedan a la vista, como son los ojos.

En niños más mayorcitos podemos promover juegos que les entrenen en interpretar las miradas, y los micro movimientos de los músculos que rodean los ojos o que conforman la frente y parte superior de la cara. Así mismo, les podemos instruir en tratar de lanzar miradas más expresivas y empáticas. El objetivo sería enseñarles a leer y “hablar” con la mirada.

En cuanto a los adultos, considero que la afectación es, sobre todo, emocional. Partiendo de la base, no siempre cierta, de que los adultos son más conscientes del riesgo que supone, tanto para ellos como para el resto de la sociedad, de expansión del virus, a la incomodidad puramente física de llevar la nariz y la boca tapadas, se añade la tristeza que produce la visión de tanta gente con la cara tapada.  Se ha impuesto una distancia social, no natural para los que vivimos y hemos crecido en países mediterráneos. Nos esforzamos por mantenernos físicamente alejados, lo que va generando poco a poco un alejamiento emocional. Parece que cualquier emoción ha perdido intensidad. Tanto el dolor como la alegría se expresaban con abrazos y besos que actualmente están prohibidos por la norma, por lo que ahora se han convertido en emociones menos intensas, que hasta han perdido autenticidad con la expresión comedida. Nos hemos convertido en seres de emociones “descafeinadas”.

Los psicólogos en nuestras consultas hemos comprobado cómo la represión de los sentimientos, produce en las personas que los sufren, bloqueos emocionales, ansiedad, desafección y depresión. De hecho, uno de los objetivos de toda terapia es la liberación y expresión de las emociones, ya que son la base de la vuelta al equilibrio emocional y al bienestar de la persona.

Otra circunstancia a valorar es la aparente incoherencia de las normas que se nos imponen, lo que facilita que ante la irracionalidad de las mismas, muchos no las respeten.

Os pondré un ejemplo: Traten de visualizar que ustedes están caminando por el paseo marítimo de cualquier ciudad de costa. Nos encontramos que los que caminan por el paseo deben usar la mascarilla, a su izquierda tienen las mesas de las terrazas de los locales de hostelería, donde los clientes pueden quitársela ya que están consumiendo aunque ocupen una mesa de 15 personas. A su derecha, a apenas 30 centímetros de distancia, tras un pequeño muro de 40 centímetros de altura, se sitúa la arena de la playa, donde los que se encuentran allí ya no tienen obligatoriedad de ponérsela, a pesar de encontrarse en grupos mucho más numerosos. Los primeros, paseantes que tal vez lo hacen en pareja o incluso solos, no pueden evitar sentirse marginados, diferentes e indefensos ya que ellos que no están manteniendo una conducta de riesgo, sin embargo, son los que mejor se protegen y evitan la transmisión del virus. Insisto en que es necesario que cuando se dicten normas, estas sean racionales, equilibradas, sensatas y sobre todo coherentes, si no se pretende deprimir a una sociedad muy afectada por este tema. Las normas no pueden ser arbitrarias o consecuencia de una ocurrencia sin base científicamente demostrada. Y si hay una base en la que apoyar la norma, la subsiguiente pregunta sería: ¿Por qué no se generaliza a todo el territorio nacional o incluso al continente? Esta falta de consenso entre dirigentes, e incluso científicos, va a conseguir crear una sociedad caracterizada por grupos de personas que mantendrán una actitud de indefensión aprendida, que las convierte en personas sumisas y que no cuestionan nada, combinada con algunos grupúsculos que, aunque minoritarios, no por ello son inocuos, sino incumplidores de las normas y ponen en peligro la salud general del resto.

No pretendo con este artículo hacer un alegato en contra del uso de la mascarilla, ni incitar a una rebelión contra ella, sino todo lo contrario. Lo que sí quiero, es advertir que cuando termine esta pandemia, nos encontraremos con una sociedad mucho más triste, desconfiada y menos empática, que necesitará ser mimada y cuidada. Cuando nuestras bocas puedan sonreír libres y al aire libre, nuestros corazones necesitarán mucho tiempo para reponerse y tal vez nunca vuelvan a ser los mismos. Preveo unas secuelas emocionales tanto a nivel individual como social, que considero no se han valorado a la hora de tomar decisiones que implican la imposición de normas, de obligado cumplimiento, y que no siempre están justificadas científicamente y que, en ocasiones, son contradictorias e irracionales.

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