En Tiempos de Aletheia

Gente buena

A veces me da la impresión de que algunos medios de comunicación se centran únicamente en mostrarnos noticias ingratas, decadentes, espiritualmente oscurecidas… Tanto es así que les puedo asegurar que conozco de primera mano a una media docena de personas a las que su médico de cabecera les ha recomendado no ver el Telediario por motivos de nerviosismo, de cabreo instantáneo que hace que el corazón pase de cero a cien en menos de cinco segundos.

 

Pero existe gente buena, yo se lo puedo asegurar a todos ustedes. Hay noticias positivas, a diario, en nuestro día a día podemos constatarlas si nos fijamos un poco. Yo, que me considero un pesimista esperanzado al igual que el maestro Saramago, soy de los que opinan que si no fuera así, si no existieran actos constantes de benevolencia, este planeta ya habría explosionado en millones de pedazos hace décadas, o nos hubiéramos matado los unos a los otros a pedradas, hachazos o escupitajos aceitunados.

 

Hay personas buenas y yo hoy deseo ponerles un ejemplo: Ana María es una mujer de 71 años con un hijo dependiente que sufre de parálisis cerebral. Ella camina por la calle mostrando una sonrisa lánguida, acaso un tanto exhausta a causa de los constantes golpes de la vida. Ana hace la compra y mira muy atentamente los euros que puede gastar esa mañana. Una pequeña pensión de viudedad es lo que le sustenta junto a una paga no contributiva que percibe su hijo a causa de su discapacidad.

 

Al regresar a casa, Ana se sienta al lado de su hijo y le besa con suavidad. También le acaricia el rostro y le susurra palabras tranquilizadoras. Cuando su marido murió, muchos amigos y familiares de la pareja desaparecieron para no volver. Nunca se preguntó el porqué desde el resentimiento, ni siquiera posee el preciso anhelo de juzgar por juzgar a quienes la dejaron tirada a ella y a su hijo en este mundo donde cada uno va a lo suyo sin pensar en las consecuencias que produce el desapego y la indiferencia.

 

A Ana hace décadas que le cuesta dormir, pero ya se ha acostumbrado. Hay cosas que no acepta y otras cosas que, gracias a la edad, ya ha ido asimilando. Sabe que el mundo es una especie de “territorio comanche” donde todos nos quejamos de nuestras miserias, pero poco hacemos algo –la mayor de las veces- para solucionar las desgracias e injusticias que nos circundan–. Ella, a veces, reza, incluso ahora que la mayoría asegura que ahí arriba no hay nada ni nadie, que estamos solos en el universo, aquí abajo, solos ante un cosmos repleto de incertidumbres y soledades compartidas.

 

Ayer me la crucé de nuevo en el rellano. Me miró apaciblemente y me dio los buenos días. Yo le devolví los buenos deseos con una ligera sonrisa porque, como dijo en su momento un personaje famoso: “No conozco ningún otro signo de superioridad que la bondad”.

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