En Tiempos de Aletheia

Gobernados por fantasmas

Ahora bien, ¿qué es un fantasma? Enrique Tenembaum, en el artículo “El inconsciente es la política” refiere: “En una sola ocasión Lacan asevera que el inconsciente es la política”. Lo hace en la Lógica del Fantasma” (Seminario del 14 de diciembre de 1966). Continúa de tal manera: “En un meduloso estudio sobre Hamlet, Carl Schmitt plantea que el nacimiento del Estado moderno surgió como un nuevo orden político al neutralizar las guerras civiles entre confesiones. En este proceso, Hamlet se convertiría en el mito político de la Modernidad, opuesto a Edipo como aquel de la Antigüedad”.

Hamlet es el fantasma político por antonomasia de Occidente. La entidad fantasmagórica interviene en lo real o está presente en ella desde otro plano, desde otra perspectiva, obliterando la posibilidad de que establezcamos una relación bajo nuestros términos (es decir, del orden de la realidad, de cientificidad, de logicidad o desde lo eminentemente normativo) y aceptando que solo nos resta el juego, azaroso, de las identificaciones, pues construir una identidad sería el que, como mínimo, dejáramos de reproducirnos, cuando no hesitar y perecer en tal hesitación, como decisión, lógica, de lo humano.

El inconsciente es la política por esto mismo, por su estructuración como un lenguaje, dado que en su identificación devino en lo democrático, no solo porque el  “significante no podría significarse a sí mismo”, como nos alerta Lacan, sino que además porque, mediante este orbitar, se libra o se trata lo reprimido que siguiendo con el autor de “La lógica del fantasma”, refiere:  “Lo reprimido: el representante de la representación primera en tanto que ella está ligada al hecho primero —lógico— de la represión”.

El fantasma, que podríamos decir, forcluido en un fantasma Lacaniano, reina en los tres órdenes: real, simbólico e imaginario, sin que permanezca en ninguno, pues es el que permite la ruptura, supuesta de la “lógica del amo y del esclavo”, el diapasón que disrumpe la lógica aristotélica y la formalidad cartesiana.

Claro que no por esto el fantasma Lacaniano no deja de ser un fantasma narcisista: “Creerse uno es una ilusión, una pasión, o una locura según las diferentes formas en las que Lacan ha podido nombrar el narcisismo” (Laurent, E.“El traumatismo del final de la política de las identidades”).

En términos políticos y en conceptos, harto trabajados por ciertos magistrales como Arendt (La promesa de la política) y Derrida (Historia de la mentira), pedirle, exigirle, reclamarle, solicitarle, a lo democrático, a la política y, por ende, a quienes la representan (a ella, no a nosotros los ciudadanos  o el pueblo, como se prefiera) es decir a los políticos, nociones como la verdad, lo cierto o lo consciente, es cuanto menos histérico, sino propio de una conducta psicótica.

Si queremos comprender, entender, o incluso el imposible de cambiar tal lógica de lo democrático, la encontraremos solo si en el ámbito de lo inconsciente, en ese no lugar que estructurado como un lenguaje es lo otro que supuestamente se nos ofrece, mediante discursos armados, campañas prolijas y postureos de risas y gestualidades.

Incluso más, cuando nos hacen desear es cuando nos gobiernan, en el reinado del desierto de lo real (cuando nos quieren decir que no existen los fantasmas o que los han exterminado), lo político y lo democrático se detiene, como en un paréntesis, para la venidera parusía de lo que nos redima y esta es la razón por la cual, en términos políticos y metodológicos, lo único invariable de las democracias es el ejercicio, podríamos decir masturbatorio (dado que como mínima persigue placer inmediato) de lo electoral.

Democracia, política, inconsciente, y fantasma lacaniano son los distintos significados para que el gran significante del voto, de la elección, de la libertad política, no se signifique a sí misma y nos brinde la sensación de que todo puede estar en movimiento, sin que nada se mueva, desde ningún otro plano, que la estructura con la que sentimos, pensamos y de la que invariablemente desconocemos y no toleramos.

“El fantasma proporciona una certeza allí donde hay ausencia de saber”, nos alecciona Dolores Castrillo en su artículo “Fantasma”, dejando en claro que se trata de una función más allá de que puedan tener, como funciones o dispositivos, quienes las representen.

Los fantasmas políticos que nos gobiernan son representantes del poder (un poder entendido como una entidad que excede al propio sujeto, que es la estructura o lo estructural) que han logrado conservar (siempre para sí o para sus facciones pertinentes o de pertenencias), excediendo sus propios nombres y apellidos. No por casualidad, antes de transformarse en fantasmas, hemos votado en más de una oportunidad a nuestros espectros, que eran, anteriormente, hombres y mujeres de carne hueso. Este es el problema: si son conscientes los gobernantes, los reales, puestos y tutelados por los fantasmas, que lo son de este modo flagrante y en el caso de que lo reconozcan, qué harán necesariamente con ello.

Recordemos que el fantasma es una manera de ser respecto al otro, es la piedra sustancial de la representatividad, de un sistema, el democrático, que también es fantasmal o, en verdad, fantasmagórico.

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