En Tiempos de Aletheia

LA PERSISTENCIA DE UN INSTANTE. UNA APROXIMACIÓN A LAS EXPRESIONES ARTÍSTICAS DEL ZEN JAPONÉS

“La palabra zen es la abreviación de zenna, pronunciación japonesa de la palabra china 禪那 chánnà, que a su vez proviene de la palabra sánscrita ध्यानdhiana, que significa meditación.” (Cit. Wikipedia. Budismo zen). Aunque tiene su origen en la India, es en China bajo la forma de la escuela Chan, sobre todo a partir del siglo VI, donde toma forma definitiva. La gran aportación de la escuela Chan al origen indio del Zen (budismo mahayana) fue tanto el desarrollo del concepto de budeidad, por el cual todos los seres, no solo los monjes, están, por así decirlo, llamados a la iluminación o nirvana, como que los grados previos a esta se alcanzan mediante la meditación, de una forma intuitiva y espontánea. A diferencia de otras escuelas donde se cultiva el estudio del texto en la escuela Dhyana se gira hacia una nueva perspectiva, el estudio y el trabajo de la mente, en China se fusionaría con el Taoísmo el cual también beberá y se mezclará con él.

Nos centraremos en Japón donde tomará características propias. Esto obedece, entre otros factores, a cuestiones políticas e históricas que resumiremos brevemente a continuación.

La religión oficial de Japón, el Sintoísmo, que es un politeísmo animista “prototípico”, legitima el poder del Emperador al conferirle atributos divinos. Este poder entra en crisis en un momento histórico determinado (siglos XI y XII). El Emperador, en su palacio de Kyoto, no tiene poder más allá de sus murallas, donde diversos señores feudales luchan entre sí por el poder real y efectivo en el país convirtiendo al Emperador y a su corte en meras figuras decorativas a merced del “Sogun” (señor feudal dominante en cada caso).

Estos señores feudales, y sus nobles allegados, así como todo el entramado social que depende de dicha estructura feudal (agricultores, artesanos, etc.) no se reconocen en la religión “oficial” del Emperador e importan de la China continental, con la que mantienen lazos comerciales y culturales estrechos, un tipo de budismo, el Budismo zen, cuya esencia refleja con exactitud la naturaleza de sus propias vidas. Que este proceso haya sido consciente y deliberado o no, poco importa, lo cierto es que el Budismo zen se propaga por Japón permeabilizando todo el estrato de su sociedad y de sus habitantes, los cuales estaban a merced de las sucesivas luchas intestinas de los diversos señores feudales para alcanzar el poder. Lo efímero de sus vidas era lo único permanente y necesitaron no solo una religión nueva que expresase dicho carácter de su existencia, sino que esta vertebrase todos los aspectos de la misma.

El Budismo zen, más que un cuerpo de doctrinas, persigue la ruptura del orden lógico del concepto   (y por tanto de la estructura mental) para alcanzar la iluminación. No es sino la toma de conciencia de que únicamente en la paradoja, de que solo en la fugacidad está la permanencia. Pero, sobre todo, el Budismo zen es una forma de vida, de tratar las cosas, de habitarlas y de habitar el tiempo, de “pasar intacto a través de la vida” como diría el Errante, monje poeta de este período, y, como tal, recorre todas sus expresiones desde los principios de su concepción del mundo y del hombre hasta la evidencia de que cualquier concepción y principio es una forma mental que nos distrae de la aprehensión directa de lo real que es, por tanto, nada, pero no una nada de tipo occidental “cuantitativa”, como el conjunto vacío resultante tras eliminar el mundo y sus objetos, sino, “cualitativa”; nada y ser son el envés y el revés de un mismo hecho, de un mismo acto. Son máscara y rostro el uno del otro, y viceversa.

Una vez realizada esta breve presentación histórica y filosófica podemos entender cómo el zen recorre y vertebra todos los aspectos de la vida del Japón de aquella época, extendiéndose más allá de ella, aún cuando la situación cambió, convirtiendo en un arte, en un cuidado, a la existencia en todos sus niveles y aspectos, incluyendo la imperfección (signo de la realidad y de la paradoja) en lo perfecto.

No solo el tiro con arco (Kyudo), ejercicio de los nobles, o el camino de la espada (Kendo) y su código ético (Bushido), beben de esta forma de ver el mundo y de verse a ellos mismos; la alfarería, la jardinería, la escultura, la pintura, la poesía, la música y el teatro generados en el ámbito de los monasterios, talleres y palacios dependientes de esta sociedad feudal, donde una guerra (siempre inminente) podía traer la muerte en cualquier momento, expresan los mismos principios que los textos que circulaban de la tradición zen.

En el caso de los monjes, se sostenía en el ejercicio constante de la meditación za zen y en la relación de maestro díscípulo, donde el primero, mediante el koan (relación pregunta-respuesta), no dudará en servirse de cualquier medio para desestructurar la lógica, insuficiente, errada, como toda lógica, con la que el discípulo se acerca a la realidad. Mas el resto de la población, está también llamada igualmente a la iluminación, en el ejercicio de ese tomar consciencia del Ser desde la vacuidad de su propia percepción del mismo, acompasándolo en cada movimiento, en cada decisión perfectamente alineada y consecuente con esta.

 

Hemos titutalado a este escrito La persistencia del instante. Las manifestaciones artísticas a las que nos referimos se articulan alredor de la duración de la fugacidad, de su permanencia. Así en el Teatro Nô, en el que muchas veces interpretaba el papel de Shite (actor principal con máscara sin rasgos, cuyos gestos estaban milimétricamente codificados), el noble o señor feudal del castillo donde se representaba la función, no importaba tanto la historia que se llevaba a escena (que al igual que en la tragedia ática griega era por todos conocida) como el modo en el que se ponía en obra, buscando siempre, en palabras de Zeami Fushikaden, gran teórico del mismo, la unión indisociable entre tema y expresión. Él lo llamará “flor” y como tal, dura un instante que, sin embargo, expresa la vida por entero. En la caligrafía (Shodo) y en la pintura sumi-e, cuya realización no es el acto físico de pintar con un pincel sino el de aguardar con la respiración y el vaciamento de uno el momento adecuado en el que el trazo debe ser liberado, (liberado no buscado). O en el rastrillar del jardín de grava (Karesansui) y en la vasija del ceramista cuya perfección reside en dejarlo mínimamente imperfecto, haciéndolo único, y, por tanto, completo, (pues cada ser es único y expresa lo real en toda su amplitud). También en la disposición de un ramillete de flores (Ikebana) o en el plegado de una hoja de papel que forma una figura (Origami). En todas estas prácticas de lo que se trata es de acoger la esencia misma de la vida, la cual se halla en la paradoja, en el instante que persiste más allá de sí mismo, el cual pasando permanece.

Es el gesto del jardinero que poda, con ternura y decisión, las flores del jardín, el del guerrero que quita una vida comprendiendo que es el mismo acto que crearla o que beber, con la atención requerida, una taza de té, en la ceremonia pertinente (Cha-no-yu). O el del poeta (muchas veces era el propio guerrero) que comprende que un poema no sucede cuando se escribe, que está sucediendo de continuo, incluso aunque no haya sido escrito o leído, que un poema impregna el mundo y que el poeta solamente crea un espacio en su interior para que florezca. El del pintor que no copia “algo”, que no hace un doble del mundo, sino que capta como el objeto late en él mismo, y desde ahí, acompasado por su respiración, en un gesto mínimo, aunque este sean dos trazos titubeantes en torno a unas hojas esquemáticas lo traduce, lo hace nacer de nuevo.

No estamos hablando de una suerte de abstracción sino de hacer patente la esencia de las cosas, o mejor dicho, de nosotros en las cosas y de las cosas en nosotros, del imperceptible umbral donde ambos nos unimos y nos separamos. Estamos hablando del Sentimiento de las cosas, título de una célebre antología de poesía medieval japonesa. Del Haiku que, dentro de un corsé silábico estricto, acoge (y no retiene) un instante que late, es decir, persiste en él.

 

Un viejo estanque;

al zambullirse una rana,

ruido del agua.

 

Matsuo Bashō (1644–1694)

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