En Tiempos de Aletheia

No importa el principio: Tamara de Lempicka

Una mujer conduciendo su propio coche, sola, segura de sí misma, sin un copiloto que le indique el camino. Así se retrató Tamara de Lempicka en 1929 para ser la portada de la revista Die Dame, la publicación de moda más importante de Alemania en aquellos momentos. Su Autorretrato en un Bugatti verde se convirtió en la imagen de la mujer nueva y en una de las obras más conocidas de esta artista tan popular entre los actores de Hollywood. Barba Streisand fue propietaria de su Adán y Eva (1932) hasta el momento de ser subastado en Christie’s, donde fue vendido por casi dos millones de dólares, es decir, la cantidad más alta pagada por una obra de Tamara de Lempicka hasta el momento. Jack Nicholson, incluso, fue un paso más allá, adquiriendo sus trabajos realizados con espátula antes de que el mercado del arte se interesara por ellos. Pero si hay alguien que se dejó influir completamente por la estética de Tamara de Lempicka, esa fue Madonna. La cantante se sirvió del Autorretrato para sus conciertos y reprodujo imágenes de varias de sus pinturas en los videoclips de los temas Open your heart (1986) y Vogue (1990), chocando frontalmente con Kizette, la hija de Tamara de Lempicka, por este motivo.

Como vemos, la obra de «la baronesa del pincel» se convirtió en un referente de una época, de la Europa de entreguerras, pero empecemos por el principio, por el momento en el que nace en Varsovia en 1898 (si estos datos son ciertos, pues se afanó en ocultar los verdaderos) y se llamaba Tamara Górska. Hija de un rico judío de origen ruso y de una mujer polaca de la alta sociedad, creció dentro de una familia adinerada que le proporcionó una sólida educación artística. Estando en un internado de Lausana, y sabiendo del divorcio de sus padres, decidió ir a vivir con una tía suya a San Petersburgo. Allí se formó en la Academia de Bellas Artes y participó activamente en la vida cultural de la ciudad. En uno de esos actos conoció al que sería su primer marido, el abogado Tadeusz Lempicki, con quien se casa en 1916. Un año después, durante la revolución rusa, este es arrestado por los bolcheviques. Una vez liberado, abandonan el lugar y se establecen en París junto a la única hija de ambos: Kizette. En esa época Tamara de Lempicka comienza a recibir clases de pintura de André Lothe, de quien toma su cubismo y lo une a su propio gusto por el Renacimiento italiano. Como consecuencia, la elegancia y distinción de sus retratos se hacen populares dentro de la alta sociedad parisiense.

En 1925 participa en la histórica Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas, marcando así su camino dentro del art déco. Para ello pintó veintiocho obras en seis meses, cuando su ritmo habitual la llevaba a invertir casi tres semanas en cada retrato. Tanto esfuerzo se vio recompensado en 1927, momento en el que su Kizette en el balcón gana el primer premio en la Exposición Internacional de Burdeos. En contraposición a estos éxitos profesionales, su vida privada experimenta altibajos al no ser compatible con la de Lempicki. Las relaciones que ella mantiene con hombres y mujeres y su conocida amistad con Gabriel D’Annunzzio determinan su divorcio. Experimenta entonces la depresión, pero también encuentra una nueva compañía: el barón Raoul Kuffner, su segundo marido.

El comienzo de la Segunda Guerra Mundial y su ascendencia judía determinan su traslado a Estados Unidos. Allí se hace un sitio como artista exponiendo en diversas galerías, pero también como una mujer cautivadora a cuyas fiestas asisten Greta Garbo, Orson Welles y Rita Hayworth. El tiempo, sin embargo, le pasa factura. Tratará de evolucionar hacia la abstracción sin llegar a conseguirlo, y acabará abandonando la pintura en los años sesenta. La organización, en 1973, de una exposición retrospectiva en la Galería de Luxemburgo de París supondrá un reconocimiento en vida a toda su obra.

Enferma y viuda, se traslada a México, donde muere en la madrugada del 16 de marzo de 1980. Siguiendo su deseo, es incinerada. Una semana después, tras la celebración de una misa en la catedral de Cuernavaca, Kizette sobrevuela en helicóptero el volcán Popocatépetl para esparcir en él sus cenizas. De esta manera, pasó a formar parte de la grandeza de aquel lugar, como era su deseo. «No importa el principio, si el final es bueno», recoge Laura Claridge como frase de Tamara de Lempicka en su biografía, pero, ¿dónde está ese final? No se encuentra en el momento de la muerte de la artista, ni cuando sus cenizas tocaron en Popocatépetl, ni tan siquiera en los años siguientes, en los que su obra se fue revalorizando económicamente. El camino de Tamara de Lempicka sigue abierto y, probablemente, ninguno de nosotros verá ese final.

Para saber más:

CAVESTANY, Juan. «La colección de arte de Barbra Streisand recauda 6 millones de dólares en subasta». El País. 4 de marzo de 1994.

CLARIDGE, Laura. Tamara de Lempicka: una vida de déco y decadencia. Circe, 2001.

GARCÍA-OSUNA, Carlos. «Tres rarezas de Dubuffet, Duchamp y Tamara de Lempicka se encuentran en una subasta en Londres». La Vanguardia. 13 de abril de 2021.

LÓPEZ, Alberto. «Tamara de Lempicka, estrella del ‘art déco’ y del ‘glamour’». El País. 16 de mayo de 2018.

MONTES SANTIAGO, Julio, CARBAJALES FERREIRO, Yolanda, y MONTES CARBAJALES, Esther. «O’Keeffe, Lempicka, Kahlo, Carrington: pasión y locura en cuatro grandes artistas del siglo XX». Galicia Clínica vol. 75, nº 2, 2014, pp. 67-76.