En Tiempos de Aletheia

¿Hacer la revolución o contemplar un paisaje?

A los veinte años recién cumplidos, una pregunta se sostuvo en el aire del brío de una juventud que arrasaba todo a su paso. Nada nos detenía; todo era posible. En aquellas noches interminables a orillas de playas con cervezas planeando un futuro, que al final se nos fue de las manos, ella me preguntó: ¿prefieres hacer la revolución o contemplar un paisaje? No dudé. Hacer la revolución, por supuesto. Eliminar lo que ya no servía, desahuciar las formas costumbristas y las maneras heredadas de una sociedad que nada tenía que ver con nosotros. Éramos idealistas y soñadores en noches de verano intensas.

Y hacerlo como fuera, a cualquier precio. Desde abajo, al principio; luego, poco a poco, colonizando cada escalón entre el sufrimiento, la lucha, las heridas… Habría que sobreponerse a las derrotas, ahuyentar las desavenencias, apartar y echar abajo todas las barreras, …

Ahora, muchos años después, en esta segunda parte del partido de la vida que todavía queda por jugar, en una tarde de manta, frío, café, libros, guitarra y sillón, la pregunta olvidada regresó en la lectura de ‘Accidente nocturno’ de Patrick Modiano.

Sin duda, sigo prefiriendo hacer la revolución. Creo que es algo innato en mí. Lo que ocurre es que ahora contemplar un paisaje es mi revolución. La mía. La que me concierne. La de nadie más. Por la que lucho; con la que disfruto.

Mi revolución es nadar en una tarde de invierno si me apetece, aunque la playa este vacía; perderme en mí mientras escucho música entre el crepitar de las prisas de la calle; tocar con la guitarra para mí esa canción que no quiero olvidar, o aprender una nueva; leer libros en tardes frías de invierno, mientras afuera llueve; experimentar la emoción de algo nuevo que surge en un amanecer imprevisto; descubrir que aquellas tardes intensas de verano entre cervezas y sueños todavía están ahí, entre nosotros, solo hay que acudir a ellas.

Ahora, muchos años después de aquella tarde noche en la playa, entre cervezas y sueños, y mientras tomo otro sorbo de café con el libro en el regazo y la guitarra  que me observa, a mi lado, echada sobre el sillón, sigo prefiriendo hacer la revolución, solo que en este momento consiste en experimentar la vida en las formas que me apetece.