En Tiempos de Aletheia

PENSAMIENTO CRÍTICO

Si tuviera alguna influencia en el Ministerio de Educación propondría que se impartiera de forma transversal una asignatura que se centrara en educar en Pensamiento Crítico.

También es cierto que si tuviera influencia en dicho Ministerio, es posible que no me interesara hacerlo, no fuera que las jóvenes generaciones, por lo tanto, futuros votantes, acabaran desplazándome del mullido sillón del poder. Dado que no me sitúo en un estamento de poder, creo que me puedo permitir expresar mi deseo de que la sociedad que todos compartimos salga de la mediocridad intelectual y comience a pensar de forma crítica, lo que le permitiría avanzar de manera saludable y sostenible.

Para educar en pensamiento crítico son necesarios varios elementos básicos por parte de los educandos: atención y tiempo; y por parte de los educadores, una proyección educativa: saber hacia donde queremos ir como modelos de vida.

Javier Gomá, filósofo español contemporáneo nos define como “seres atencionales”, característica que se observa en mayor medida en los niños, de ahí su mayor capacidad de aprendizaje. El problema que solemos tener los adultos, en comparación con los niños, es que cuando les pedimos que nos presten atención suele ser para reprocharles algo o dar órdenes. Esa actitud implica solo un uso parcial de todo lo que nos puede aportar la atención como instrumento de desarrollo personal y de herramienta necesaria para el aprendizaje y no precisamente positiva, sino todo lo contrario.

Además de atención, para educar o formarse en pensamiento crítico, lo que se necesita es tiempo. Una importante diferencia entre las demandas de atención y de tiempo es que la atención se puede y se debe devolver al que nos la ha prestado (bien lo dice la expresión española “¿me puedes prestar atención?”), pero con intereses, es decir, enriquecida. Si solicitamos que nos presten atención, debemos ofrecer algo digno de esa atención que nos dedican. Si los que le dedicamos atención a algo o a alguien somos nosotros, esperamos aprender algo interesante, que nos merezca la pena (ahí estarían los intereses a la atención prestada).

Sin embargo, el tiempo es algo que no se puede devolver ya que cuando pasó, ya se fue. De hecho cuando se pide, la expresión común es: “¿me puedes dedicar algo de tu tiempo?” Por lo tanto se trata de un regalo, no de algo prestado que se tiene que devolver. El tiempo que dediquemos a educar se tiene que ver como una inversión a largo plazo para que pueda dar los frutos de su valor real. Os voy a dar un ejemplo con matiz naturalista sobre lo que es invertir en tiempo. Si tengo un jardín, deseo rodearme de algo verde y que el terreno no se convierta en algo baldío: ¿qué será más rentable en inversión de tiempo?, ¿plantar césped o plantar un árbol? Plantar césped es algo muy rápido, supone repartir las semillas, regar dos o tres días seguidos, y en menos de una semana ya tendré los primeros brotes verdes sobresaliendo de la tierra de mi jardín. Eso sí, tendré que regarlo diariamente, controlando la cantidad de agua que le doy, cuando haga frío deberé protegerlo, y si hace excesivo calor también, ya que es muy frágil ante las inclemencias climáticas. Si planto un árbol, seguramente me costará más caro que el saco de semillas de césped, también lo tendré que regar pero dado que tiene raíces más profundas no será necesario que tenga un sistema de riego diario y de control tan exhaustivo de la cantidad. Soportará mejor los cambios climáticos y en un par de años tendré sombra y protegerá la tierra a la que sus raíces se adhieren. El árbol también amortiguará los ruidos molestos que puedan provenir del exterior de mi terreno al absorber gran parte de las ondas sonoras a través de su tronco y sus ramas, cosa que no lograría hacer el césped. Por lo tanto, si hablamos de educación debemos ver a los niños como potenciales árboles a los cuales proporcionar no solo conocimientos sino las herramientas necesarias para que ellos los puedan adquirir por sí mismos en el futuro.

Una vez hayamos conseguido que los niños nos presten atención existen una serie de habilidades que deberemos fomentar en ellos para conseguir que comiencen a pensar con espíritu crítico:

  • La capacidad de asombro. Cada vez es más difícil conseguirlo por el hecho de que los niños están sometidos a sobre-estimulación. Es necesario recuperar el asombro en la cotidianeidad porque es importante dirigir ese asombro hacia la curiosidad.
  • La curiosidad que es una cualidad que nos incita a que tratemos de alcanzar un objetivo por nosotros mismos y que busquemos soluciones a las trabas que vayan surgiendo a la hora de seguir el camino que lleve a la meta que nos hayamos propuesto.
  • El cuestionamiento, que sería el tercer elemento necesario para poder “pensar bien”. Necesitamos que los niños sean capaces de generar buenas preguntas para no quedarse en la superficie de un tema. Las preguntas profundas nunca son las que empiezan por un “por qué”. Las preguntas que reflejan un pensamiento crítico son las que interpretan la realidad y buscan darle un significado diferente al que se ve, son las que van más allá de la “imagen externa” de una situación o de conducta determinada.

¿Cómo se aprende a pensar? Se consigue a través de dos procesos: el de imitación o el proceso de seguimiento. En el primero, podremos ver resultados mucho más pronto pero posiblemente no consistentes en el tiempo. Es un proceso centrado en el interés del educador. En general, como maestro o progenitor, esperamos y deseamos que nos imiten, ya que ello nos hace sentir cierto orgullo y parece que nos da un valor añadido como personas, pero en ese proceso el error es que pensamos que nuestros imitadores tienen que pensar como nosotros y eso es limitador para ellos.

Si nuestros hijos o los niños que pretendemos educar se convierten en nuestros seguidores resulta más interesante tanto para ellos como para nosotros, aunque los resultados se ven a largo plazo. En ese caso, tenemos el reto de ir abriendo un camino que, si es posible, debe ser ancho y con mucha visibilidad, donde los niños nos podrán seguir pero por supuesto a su ritmo, parándose en ocasiones para ver el paisaje y en otras caminando a nuestro lado. El seguidor lo hace por voluntad propia, ya que ha elegido ese camino entre varias opciones, lo cual no hace el imitador. El seguidor decide su ritmo: su estilo de caminar o correr, en contraposición al imitador que tiene límites más estrechos en su capacidad de actuar, ya que debe cernirse a un modelo y donde se supone que ejecuta mejor cuanto menos se distinga del modelo.

La mayor responsabilidad como educador es la de tener claro cuál es nuestro proyecto vital y, por lo tanto, por dónde va a dirigirse el camino que marquemos. A partir de ese punto podemos atrevernos a enseñar a los niños que busquen valores, cuestionen actitudes, se permitan tener un punto de vista individual y comiencen a utilizar la inteligencia lateral para, en un estado de libertad, crear sus propias soluciones. Utilizo muchos refranes o expresiones de la sabiduría natural de los pueblos ya que sigue siendo vigente el conocimiento que transmiten y en este momento me acuerdo de una que dice así: “No se aprende en cabeza ajena”. Este es uno de los conceptos básicos que quiero reflejar en este artículo: el de dejar de uniformizar la forma en que se pretende que pensemos y, sobre todo, la manera en que los representantes de ciertos poderes desean que interpretemos la realidad que nos presentan.

Jose Mujica, cuando era presidente de Uruguay, refiriéndose al modelo de conducta que debía mostrar toda persona bien por el cargo que ocupara en la sociedad bien por el modelo que suponía para sus seguidores, expresó ese concepto de coherencia y responsabilidad en una frase que ya se ha hecho famosa: “Hay que vivir como se piensa, de lo contrario acabarás pensando como vives”.

Seamos libres pensadores y eduquemos en pensamiento crítico como arma eficaz frente a una nueva era de alienación social.

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