En Tiempos de Aletheia

PARTICULARISMO EN EL DÍA DE LA FILOSOFÍA

Como cada año, este final de noviembre, según el calendario de homenajes de la Unesco, se celebraba el Día mundial de la Filosofía. Una suerte de conmemoración a la importancia y labor que se lleva a cabo dentro del mundo de esta, nuestra querida disciplina. Relevancia y contribución que, por lo demás, es en parte simbólica y en parte anecdótica. Simbólica porque no se puede negar que es un pilar fundamental de la humanidad, pero también anecdótica porque al fin y al cabo no es más que un día al año (cuando debería estar presente siempre) frente a todo un calendario cultural donde pasa completamente inadvertida. Y eso en el supuesto de que alguien siga todavía dando importancia a esas jornadas señaladas, las cuales han proliferado tanto y de forma tan variopinta que poca o ninguna repercusión pueden tener ya en la opinión pública (más allá de su parroquia habitual). No en vano, también existen el día Internacional del Copyright, de la Guerra de las Galaxias o de la tarjeta VISA y, en principio, nadie pensaría que realmente son decisivos en sus vidas. En principio.

Fuera como fuese, bien por aprovechar cualquier oportunidad de divulgar y reivindicar el oficio propio, bien por el sano chovinismo de festejar la cosa propia, o bien como realizar un brindis al sol conjunto de los buscadores de la sabiduría, este día debería servir para unir a todo el gremio filosófico. Al menos idealmente uno esperaría eso. Nada utópico ni fraternal, pero sí al menos una cierta comunión y concordia. Dentro de los fans de Star Wars los hay que prefieren a los Jedi y los hay que se sienten atraídos por el lado oscuro de la fuerza, si bien, van todos juntos a sus convenciones, a sabiendas que unos sin los otros no son nada. Algo parecido se podría decir incluso de las grandes empresas, ya sean culturales o bancarias: cada una mira por sí misma, pero van todas a una en los intereses generales. No obstante, para estupefacción de muchos de los que estamos en la esfera de la filosofía, esto no es así para nada en ese campo que debería ser espacio abierto de reflexión para todos.

Más bien todo lo contrario. En días como estos, salen a la luz las miserias más bajas y estúpidas del mundo filosófico: los rencores, los sectarismos, los clasismos y el burdo partidismo político brotan por doquier como flores de primavera. Un vergel de rencillas y egos acumulados que están esperando el momento propicio para aflorar a la superficie y hacerse notar. Disensiones varias que, vistas por el profano, pudieran parecer nimiedades pero que dentro del estrecho e intrincado espectro de la filosofía, donde la perspectiva lo cambia todo, las cosas son muy, muy diferentes. Así, aunque no han faltado celebraciones más o menos oficiales (no, al menos, por parte de ministerio alguno), lo único que sí se ha hecho notar es la falta de un evento conjunto.

Algo que hubiera implicado a todos los estamentos, a nivel ministerial y educativo, a nivel de asociaciones, a nivel de seguidores amateurs y a nivel de la calle. Algo que supiese subir y bajar, sirva la analogía platónica, por todo el cuerpo de la filosofía. Algo que, a la postre, no se ha dado. Por el contrario, en una historia que se repite tristemente a lo largo del tiempo, a la calle se la ha ignorado, a las asociaciones se las ha marginado, a los medios se los ha omitido, a los profesionales de secundaria les ha tocado conmemorarla como buenamente han podido, casi individualmente, y a las facultades se les ha dado una responsabilidad mayor de la merecida que han vuelto a arruinar con su clásico cerrarse a todos los grupos anteriores y entregarse endogámicamente a sus divisiones internas. Filósofos mundanos frente a puristas. Amateurs contra profesionales. Catedráticos contra maestros. Lógicos contra metafísicos. Nietzscheanos contra escolásticos. Marxistas frente a conservadores. Todos contra todos. Academia oficial contra asociaciones independientes y sociedad civil. Todos y cada uno por su lado, mientras la gran masa de la sociedad sigue (y seguirá) sin entender ni aprovechar las honestas virtudes de lo que debería ser la verdadera filosofía.

En estos días de celebración, paradójica y tristemente, es cuando se puede ver de forma más clara la auténtica miseria de la filosofía. Es cuando se pueden advertir de forma prísitina las verdaderas causas de por qué la filosofía está olvidada y no tiene ni peso real ni influencia en la sociedad actual. Y ello, por más que algunos traten honesta y heróicamente, aprovechando las confluencias, de intermediar entre los distintos compartimentos estancos para buscar una suerte de unión y fin común. Como decía Ortega: “el particularismo aparece cuando hay falta de proyecto”. Y en la filosofía no hay proyecto. Es una filosofía invertebrada, inveteradamente invertrebrada. Donde cada uno va a lo suyo. A nadie le importa nada que no sea su espacio filosófico, su parcelita de poder o ámbito de seguridad, lo que él sabe y lo que él hace. Y por ende, a nadie le importa de verdad la filosofía, pues la filosofía no puede ser filosofía sin todos esos aspectos (y algunos más).

En la filosofía ningún proyecto podría durar así. Todos parecen enemigos naturales de los otros. Y consecuentemente, han arruinado la filosofía. Hoy día, parafraseando a otro grande, a nadie le importa la filosofía porque ni a los filósofos les importa. Y si a los filósofos no les importa crear un gran plan de pensamiento y pensadores, ¿cómo se podría esperar que la filosofía formara parte de los proyectos de vida personales, en particular y, en general, de los grandes proyectos presentes o futuros de la humanidad?

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