En Tiempos de Aletheia

Más Platón…

Un fantasma recorre Occidente: La farsa de El Secreto, el pensamiento positivo y la auto-ayuda. Una simple y burda fantasmada, en lo teórico y en lo práctico, que pretende dar soluciones rápidas y definitivas al problema fundamental y eterno del ser humano: Cómo llevar una vida feliz y digna de ser vivida. Tema crucial de la Ética y la Filosofía, ya desde Platón y Aristóteles, que hoy, de la noche a la mañana, parece estar superado por esta suerte de método infalible para atraer la abundancia y sintonizarse con la dicha. El último gran descubrimiento de la sociedad posmoderna para hacer la vida más sencilla a sus ciudadanos; un ecléctico collage, a mitad de camino entre la magia y la tecnología, que se presenta ante el mundo como la síntesis perfecta entre lo mejor de la sabiduría oriental y lo más profundo de la ciencia moderna (incluidas la psicología y la física), para hacer de la existencia del personal un eterno estado de infantil y mercantilizada prosperidad. Un invento para todos los públicos que, como la fórmula de la Coca-cola, o el bálsamo de fierabrás, promete mucho y que, sin embargo, en lo general, no pasa más allá de ser una copia poco original de cuatro ideas muy descontextualizadas (aderezadas con personajes y conceptos equívocos y esquivos, como el hermetismo, la Cabalá, la psicología profunda de Jung, la teoría cuántica, etcétera), y, en lo particular, no llega si quiera a sugestivo placebo para aquellas personas que realmente están buscando el sentido de sus vidas.

Nadie pasa, en un abrir y cerrar de ojos, solo cambiando su punto de encaje mental, de ser una persona pobre y triste a ser un iluminado o un triunfador. Nadie deja de ser un sujeto paciente de las circunstancias y se transforma en un alquimista de su destino como el que aprende inglés por correspondencia. El universo no conspira a favor de nadie, y no hay formas seguras, y mucho menos inmediatas, para convertirse en un bodhisattva o trasmutarse en un millonario tres veces grande; como no se puede salir de la caverna de la mundanidad al sol de la belleza y la tranquilidad por atajos cómodos e infalibles como aquel que se va de vacaciones con una pulsera y todos los gastos pagados. Si es que se puede de alguna forma… Entonces, ¿por qué esta nueva era de Acuario para los que escriben al estilo “New age?, ¿por qué uno se topa constantemente en las redes con frases motivacionales, en las librerías con libros de superación personal y, en el día a día colectivo, con personas de todo pelaje que usan este ideario de buenas e insulsas intenciones?, en definitiva, ¿por qué triunfan este tipo de doctrinas, especialmente cuando tanto la ciencia, como la psicología, como la filosofía y el sentido común, están firmemente en su contra y la han denostado en infinidad de ocasiones?.

Habida cuenta del problema, la respuesta, por supuesto, también tenía que ser bastante inmediata y elemental: en este nuestro mundo actual, tan frenético como deshumanizado, tan voluble y cambiante, tan superficial y absorbente, tan lleno de contrastes y de desigualdades, tan globalizado e individualizado, las personas sienten más que nunca la soledad, el desarraigo y el vacio existencial, pero lo único que les da esta sociedad metamoderna es una salida epocal, mediante soluciones fáciles y formulas confortables. Métodos rápidos para tiempos rápidos. Autoa-ayuda para la auto-satisfacción y el auto-engaño. Píldoras de felicidad muy al estilo de los ansiolíticos, y del famoso SOMA de la profética novela de Aldous Huxley “Brave New World”, para unos sujetos a los que se ha acostumbrado a oscilar unidimensionalmente entre el trabajo y el ocio. Y ellos tan contentos.

Llegados a este punto, sería fácil y cómodo concluir que, el triunfo de este remedo barato de gnosis sapiencial, se debe a que es la heredera necesaria de una cultura alienante y una población conformista y aborregada: y que los culpables son los dirigentes y los dirigidos. Ciertamente, el sistema económico, político y social prefiere dirigir a sus ciudadanos hacia una simplista uniformidad que educar seres profundos y críticos. Y no lo es menos que los susodichos parroquianos; no solemos presentar demasiadas objeciones al respecto si algo parece representar una mejora en nuestra auto-complacencia y calidad de vida. Por contra, y por paradójico que parezca, la filosofía no tiene la clave de la “piedra filosofal”, no sabe ni pretende conocer una receta universal para alcanzar la felicidad: la verdadera ciencia del arte de vivir, no puede prometer (ni promete) un método certero para lograr entender por qué estamos aquí y qué debemos hacer para alcanzar una existencia auténtica. Y eso siempre es un problema para el que busca sin freno el optimismo, el divertimento y el solaz “positivismo” (no confundir con el de Comte) en el poco tiempo que deja a la reflexión. Por lo que, efectivamente, sería una conclusión facil y cómoda, máxime para un filósofo, pasar la patata caliente de la decadencia del pensar a cualquiera menos a nosotros mismos, pero sería igualmente una respuesta muy poco o nada filosófica. Desde la misma filosofía también se ha de entonar el mea culpa y dejar el victimismo más pueril y aburguesado.

Más allá de su exotismo y su performativo atractivo, estas “pseudo-ciencias” (en palabras de Mario Bunge), no tienen nada detrás de sí ni pueden aportar nada después de compradas en formato libro o like de Facebook: Si parecen profundas es por el propio reflejo de su máxima superficialidad. Y la única razón por la que han podido medrar hasta el punto de que haya quien las considere filosofía, es porque la misma filosofía está desaparecida del escenario público de forma palmaria. Y dejó el campo abonado para otros modos más burdos de explicación que a veces cruzan la delgada línea entre la estupidez y el timo de la estampita. La autoayuda y este tipo de creencias son los engendros doctrinales que han venido a llenar los huecos que hace mucho la filosofía dejo de atender, son las malas hierbas que han seguido al abandono total por parte de quienes debían proveer de idearios genuinos a la cultura. Y es que, aunque el ser humano es cómodo por naturaleza, es difícil creer que llegado al punto de preguntarse por ciertas cuestiones esenciales y nucleares para sí, prefiriera las copia al original, solo por evitar un camino con un poco más de dificultad pero con cimientos más sólidos y vistas más sublimes. (“Llegar a las cimas bien vale un corazón de hombre”, que diría Camus.)

Hogaño estamos desolados por la futurible desaparición de la filosofía en los currículos escolares. Mas, lo cierto es que, hace mucho tiempo que la filosofía dejó de jugar un papel predominante en la esfera colectiva. Esta trágica profecía auto-cumplida, de consolidarse la tendencia, sería, desde luego una pésima noticia para tirios y troyanos, que aceleraría aún más la consolidación de ideologías más simplistas y vulgares para la humanidad venidera; si bien, como tal no es tanto el foco del problema como un síntoma de una enfermedad crónica mucho bastante anterior, en la que la filosofía académica también tiene su parte de responsabilidad (mucha, cabría decir). Parafraseando a Larra, “no se hace filosofía porque no interesa la filosofía”, pero no es menos cierto que “no interesa la filosofía porque no se hace filosofía “.  Desaparece la filosofía de las escuelas porque la filosofía ya estaba desaparecida para la gente, y ha aparecido la auto-ayuda en la palestra, porque la filosofía ya estaba desaparecida del panorama público.

El pensamiento positivo, en cualquiera de sus formas, desde el coaching a la psicomagia de Jodorowsky, no podrían competir con ninguno de los grandes pensadores, ni con ninguna de las grandes escuelas filosóficas, ni tan siquiera con las escuelas místicas o sapienciales bien entendidas, si estas ejercieran su poder e influjo de forma potente y auténtica. Incluso si se desearan encontrar escuelas donde inspirarse según modos de vida, los encontraríamos (muy especialmente en la helenística, con los epicureos, los estoicos, los cínicos o los cirenaicos, un periodo cosmopolita como el nuestro); incluso si quisiéramos buscar optimismo a y gozo de vivir, lo veríamos (igual que estaba Heráclito el oscuro, también estaba Demócrito o el filósofo que reía); incluso si quisiéramos acercarnos a la psicología o la ciencia más rompedoras, lo podríamos hacer (desde Freud a Reich, pasando por el ya citado Jung, Tesla o Einstein, hay un verdadero material aún por revisar con estudios serios y prácticos de filosfía); e incluso si se deseara penetrar en las cuestiones más misteriosas y esotéricas también podríamos lograrlo, y de una forma más profusa y detallada, desde la propia filosofía (por ejemplo, con el pitagorismo, los neoplatónicos, el Zohar) que desde la autoayuda o el neo-hermetismo.

Estos ars sin notoriedad no podrían competir porque la filosofía es un saber verdaderamente interesado en el conocimiento y su aplicación en la vida, y estas modas no son filosofía, no son ni migajas vitales, ni guías de vida, ni casi directrices para adolescentes: tan claro como que Paulo Coelho no es ni será nunca un filósofo. Si toda la historia del pensamiento, como decía Whitehead, apenas son notas a pie de página de Platón, estas “escuelas” no llegan en la mayoría de los casos ni a manchurrones. Si bien, triunfan y están en auge, mientras que la filosofía anda de capa caída, y cada vez más, llegando al punto de amoldarse al propio producto de la auto-ayuda en no pocas ocasiones. Y para bien o para mal (más bien para mal), es y seguirá así mientras la filosofía siga en la forma en la que lleva presentándose desde hace ya décadas o incluso siglos. Como un saber alejado del mundo, una disciplina enclaustrada en el encierro foucaultiano de la Academia, solo para unos pocos, cada vez menos atractiva y realista, y menos dada a cuestiones prácticas que a elucubraciones históricas sobre cuestiones lógicas o metafísicas al estilo escolástico. Y cuando lo hace, bien sea por un oscurantismo y pesimismo general, por la decepción teórica particular del fin de los grandes relatos y el pesimismo y relativismo que acompañaron a la filosofía del siglo XX, o bien por la pérdida de prestigio frente a la ciencia positiva, cuando trata de hablar de la vida o de la sociedad, acaba haciéndolo de manos de las ideologías más intempestivas y/o sin ninguna conexión real con la vida activa y práctica, tanto en ética como en política. Y es que, se necesitan más Platones y menos doxógrafos de Platón. Se necesitan más filósofos y menos doctores o catedráticos de filosofía. Se necesitan más pensadores y menos ideólogos: ¡Filósofos a los barcos!

Mientras que la filosofía y los filósofos sigan sin hacer verdadera filosofía, esto es, filosofía que conozca el mundo pero que también sirva para la acción en el mundo (y tampoco exclusivamente para los individuos, pues también ha de servir para hacer grandes proyectos sociales), es y será, la verdadera culpable de que otros “sistemas” menores de pensamiento campen a sus anchas en el Mediterráneo ideal del pensamiento humano. De nada servirá romperse las vestiduras y quejarse de la situación particular o general de la filosofía o del pensamiento colectivo actual, mientras se siga cayendo en el mismo vicio de hacer filosofía muerta, filosofía de biblioteca, filosofía sostén de ideologías precocinadas o filosofía para una élite de filósofos. Los filósofos debemos reivindicar la filosofía de Sócrates, Platón, Voltaire o Nietzsche, un pensar y actuar que realmente entronquen con la vida personal y social del hombre y la comunidad. Con una vuelta a los pensadores y sus escritos, pero en tanto en cuanto eran gente que vivía, quería encontrarle sentido a ello y, por supuesto, deseaba ser feliz. Abriendo los armarios y ventanas, abandonando la endogamia ideológica que tanto ha desvirtuado y alejado la filosofía de la calle (el nuevo ágora) y, por ende, al ágora del pensamiento. Una endogamia que está acabando con ella misma, que está dejando huérfana a la cultura, y que pone a los pies de las ideologías, de la autoayuda y de las benzodiacepinas a toda la humanidad. Sí, a toda el género humano presente y futuro a los pies de salidas fáciles, cómodas y estupidizantes. Sí, como decía aquel libro, se necesita “Más Platón y menos Prozac”… aunque a esto también habría que apostillar, se necesita  << Más Platón y menos libros de “Más Platón y menos Prozac”>>.

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