En Tiempos de Aletheia

LA MEMORIA QUE YA NO POSEO.

Yo siempre he idealizado por encima de mis posibilidades y esto es algo que hace que aparente menos daños de los que tengo.

Desde hace un tiempo adopto posturas añejas. Me toco el pelo si el nerviosismo no lo puedo sustituir por un gesto sugerente. Me cuesta romper a llorar en los entierros de mi generación, mastico con la boca mucho más cerrada y me debato entre charlar con mi gato o dialogar con seres de mayor tamaño.

Hay días en los que releo a punta de sentimientos Raquel Lanseros mientras acomodo mi cabeza en el almohadón donde yacen algunas de mis expectativas:

“Me habían dicho que un día sería grande.

Pero de estas cenizas nadie me había hablado.

No morir. ¿Cómo se hace?

¿Con honra? ¿Con ejemplo?

¿Con la imaginación?

¿Con la memoria?”

Más tarde, reviso los efectos escritos por el maestro Leopoldo María Panero como quien retoca el largo de una vida que no decidió permitirse vivir por motivos de demencia:

“La locura es una superstición social…”

Tal vez sea la canícula de un verano momentáneo o la memoria que ya no poseo lo que me ha hecho cambiar de hábitos y apariencia. Conocí hace lustros a un hombre que caminaba todos los días por la misma calle, ida y vuelta, incesantemente, fijándose en cada detalle de la vía, en cada persona con la que se cruzaba.

En ocasiones paraba frente a un restaurante italiano situado en dicha senda y encendía de manera lánguida un cigarrillo. Lo fumaba mansamente, sin prisas, mientras observaba como un par de parejas cenaban dentro del local, percatándose de que, tras el brindis, algunas de estas dualidades se prometían amor eterno; una pasión que, en el mejor de los casos, acabaría en un divorcio traumático y/o en una separación de bienes materiales y siempre circunstanciales.

En síntesis, creo que la vida es una noria sin instrucciones de uso, pero sí de abuso. Yo ambiciono el sosiego. Competir para qué, alimentar el ego para qué, dividir para qué… en el mejor de los casos, para acabar en un nicho mefítico motivando malvas, o incinerado a todo gas como quién intenta prenderle fuego a un puro habano que se resiste al exterminio por motivos de severa humedad.

La vida, a fin de cuentas, es un por qué situado en medio de dos afirmaciones. La poética le otorga sentido y delicadeza a todo el sin sentido con el que uno va lidiando por las buenas o por las malas. Leer, sentir, considerar el verso y cambiar de hábitos por motivos de permanencia o de resistencia espartana. Hacer del drama una comedia para así reírnos y no padecer en demasía entre las manos gélidas de una realidad que nos cuestiona a cada paso…

O como expresaría en su lecho de muerte el compositor alemán Ludwig Van Beethoven, creador de la Novena Sinfonía y, paradójicamente, sordo desde los 30 años:

“En el cielo oiré”.

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