En Tiempos de Aletheia

Te queremos viva, Alejandra Pizarnik

Al poco tiempo de establecerse en Avellaneda, el matrimonio Pozharnik celebró el nacimiento de su hija Flora Alejandra. Ocurrió el 29 de abril de 1936, aumentando así la familia formada por aquella pareja de ascendencia rusa llegada a Argentina. No existen demasiados datos sobre la infancia de la pequeña, aunque algunos de los poemas que escribiría después permiten ver cierta tristeza e introspección, como estos versos de “El despertar” recogidos en Las aventuras perdidas (1958): «Recuerdo mi niñez / cuando yo era una anciana / Las flores morían en mis manos / porque la danza salvaje de la alegría / les destruía el corazón».

En 1954 comienza los estudios de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, compaginándolos con los de Periodismo y con las clases de pintura que recibe de Juan Batlle Planas. Durante esa época nace su amistad con Juan Jacobo Bajarlía, uno de sus profesores, quien le muestra las corrientes poéticas modernas del surrealismo y la vanguardia. El estudio de este se convierte en el «cuartel general» de ella, un lugar donde tomar mate y conversar sobre literatura. Según él, Pizarnik «era obsesiva e inestable. […] Se elevaba o caía tan fácilmente como abríamos un libro para pasar de un tema a otro». En poco tiempo aparecen publicados sus primeros poemarios y se va construyendo su imagen en torno a la inadaptación e inseguridad que sufre. Ya no es Flora, sino Alejandra, una poeta melancólica en continua búsqueda.

En 1958 publica Las aventuras perdidas, donde se evidencian la rabia, el descontento con ella misma y el extrañamiento que siente respecto a su ser y a su vida. Ella y su creación conforman el mismo objeto poético: sus diarios recogen la escritura inmediata, registran sus emociones; los poemas muestran el resultado de un trabajo meticuloso. La posibilidad de la locura y la idea del suicidio planean sobre todos sus textos.

Entre 1960 y 1964 vive en París, donde siente que puede escribir con mayor libertad y donde consigue ser más feliz a pesar de las dificultades económicas. 1962 fue un año especialmente significativo: publicó Árbol de Diana con un prólogo de Octavio Paz y conoció a Julio Cortázar. Este y su mujer se convertirán en grandes amigos de ella, preocupándose por su estado de ánimo y sermoneándola como si fueran sus hermanos mayores. Algunos verán en Alejandra la posible inspiración para el personaje de la Maga, pero el propio Cortázar lo desmiente: Rayuela ya estaba escrita cuando ambos coincidieron en París. En la fundación Juan March, donde se conservan hoy más de cuatro mil libros que pertenecieron a Cortázar, se encuentra el ejemplar de Árbol de Diana que Alejandra le dedicó: «A mis queridos Aurora y Julio: este pequeño Árbol de Diana prisionera —esta promesa de portarme mejor a partir de hoy, 25 de febrero de 1963, y esta otra de hacer poemas más puros y hermosos— si me esperan».

En París, Alejandra Pizarnik construyó un mundo que no desearía abandonar, pero tendrá que hacerlo ante la enfermedad de su padre y la insistencia de sus familiares. Regresará a Buenos Aires transformada, mostrando en su rostro el reflejo de su inteligencia y de su desasosegada vida interior. En 1965, publica Los trabajos y las noches, texto que la consagra como poeta. Tras su lectura, Cortázar le comenta: «Aurora lo leyó de un tirón, y no te escribió todavía; yo lo leí anoche, despacito, con coñac y una pipa, y ahora te escribo. Vos sabrás valorar los méritos respectivos de estas conductas». Luego admite que le dolió ese libro que es tan ella en cada línea, y continúa: «Ahora sé (ya lo sabía, pero ahora lo sé de alguien que está vivo, cuya mejilla he besado alguna vez) que todo o casi todo puede ser dicho en muy pocas palabras».

Con el paso del tiempo, la sensación de soledad y desgarro se apodera de su escritura y de ella misma. Publica Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971), afirmando en este: «Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir».

Estando en Buenos Aires, donde se siente acorralada, mantiene el contacto con Cortázar, quien le escribe en 1971: «Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estarás de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por razones diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y, sin embargo, no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra». Sin embargo, algo en la mente de Alejandra se ha roto definitivamente. «Dediqué mi vida a la poesía y ahora descubro que la poesía no le importa a nadie», le confiesa en una carta a su amiga Elizabeth Azcona Cranwell. Pocos días después, el 25 de septiembre de 1972, se quitaría la vida. Su obra, esa otra parte de sí misma, continúa viva.

 

Para saber más:

CORTÁZAR, Julio. Cartas (5 volúmenes; Alfaguara, 2012).

MARCHAMALO, Jesús. Cortázar y los libros (Fórcola, 2011).

PIZARNIK, Alejandra. Nueva correspondencia (1955-1972) (Lumen, 2017).

PIZARNIK, Alejandra. Poesía completa (Lumen, 2014).

TORRES GUTIÉRREZ, Carlos Luis. «Para nombrar a Alejandra Pizarnik». Folios: revista de la Facultad de Humanidades, nº 24 (2006), pp. 63-75.

 

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