En Tiempos de Aletheia

Las 4 patas de la salud

Hace tiempo que la definición de salud como “ausencia de enfermedad” se quedó corta para la mayoría de disciplinas sanitarias, las cuales han ido ampliando este concepto y abordándolo de forma interdisciplinar. De hecho, muchos son los autores y enfoques que hablan de la salud desde una perspectiva integrativa en la que no solo existe ausencia de enfermedad física, si no que comprende el bienestar de otras áreas de la vida.

A partir de esta forma de entender la salud y sus cuatro componentes, que a continuación detallaré, el concepto puede ser explicado e interpretado desde distintas disciplinas como medicina general, nutrición, neurociencia, prevención de la salud… En este artículo describo la salud desde la psicología, exponiendo cómo, desde mi profesión, abordo la salud en general y en particular en los pilares que la sostienen. Dicho enfoque de salud integrativa es representado en diferentes artículos mediante ilustraciones y metáforas con una mesa, un taburete, una silla…, en la que cada pata es un pilar de la salud. Para explicarlo desde mi perspectiva psicológica voy a ayudarme de la figura de mi perro, quien también tiene cuatro patas que le sostienen y le permiten mantener el equilibrio.

 

 

El de la foto es Sombra y en este artículo representa el concepto general de la salud entendido y explicado desde la psicología, cada una de sus patas es un componente necesario para sostener y mantener la salud. En cada una de ellas hay mucho que contar y sobre lo que se podría trabajar, por eso resumiré los aspectos clave de cada componente.

Actividad física. Movimiento

En muchas ocasiones tratamos nuestro cuerpo como si funcionara de la misma manera que una máquina, pues tiene por motor el corazón, los riñones encargados del drenaje, un esqueleto que lo sustenta todo…, y así damos por hecho que funciona, que únicamente será necesaria una visita al médico o una puesta a punto y que, con el paso del tiempo, inevitablemente se deteriorará. En realidad, esta idea difiere bastante de lo que realmente sucede, cómo tratemos al cuerpo (a sus órganos, músculos, vísceras, huesos…) influirá enormemente en su manera de funcionar. El ejercicio físico es una de las opciones obligadas para su cuidado, es inherente al ser humano correr, andar, saltar, bailar, cargar peso…, y en la actualidad el sedentarismo y algunas prácticas cotidianas van en contra de todo esto.

Desde la psicología, la actividad física es una herramienta que ayuda a reducir niveles de estrés y ansiedad, desarrollar mayor independencia, mejorar la confianza en uno mismo, mantener la estabilidad emocional…, y esto es algo que, en general, conocemos. Sin embargo, con bastante frecuencia encuentro en consulta comentarios como “Yo ya hago actividad física de sobra… me levanto a las 7 a.m., visto a los niños, los llevo al colegio, me voy a trabajar, luego hago las tareas del hogar, saco al perro, etc., ¡si no paro!” y esto es cierto, no paramos (lo que ya da una pista de la necesidad de salir del modo automático y poder parar). En la rutina diaria de tareas y obligaciones el movimiento físico es más bien de desgaste, no hay cabida para el tipo de ejercicio que sí contribuye a la salud, que no agota, desmoraliza o desgasta por completo, si no que activa, mental y fisiológicamente, y nos lleva a conectar con el propio cuerpo y su esfuerzo. Dedicar tiempo a hacer ejercicio como tal (entrenar fuerza, bailar, correr…) es cuidar directamente el sustrato físico que poseemos, contribuye a mantener la salud y al equilibrio con las otras patas, pues mejora el descanso y la regulación emocional.

Alimentación. Somos lo que comemos

De la misma forma en la que el ejercicio físico influye en cómo está nuestro cuerpo, lo que comemos también. Todo lo que le metemos a modo de “combustible” se traduce en un mejor o peor estado de salud. Por ello es importante conocer qué necesita el cuerpo para nutrirse, qué alimentos y productos tienen valor nutricional y cuáles no pero podemos incluir conscientemente en nuestro estilo de alimentación.

Una pauta general sobre alimentación tiene que ver con origen y cantidad. Es decir, la mayoría de alimentos no son “malos” o “buenos” en sí, es su procedencia y elaboración (productos procesados vs. alimentos, productos frescos vs. productos precocinados…), así como la cantidad de estos que consumimos es lo que los puede hacer realmente perjudiciales (“algo bueno en exceso acaba siendo algo malo”).

Además de los alimentos en sí, desde una perspectiva psicológica, es de gran importancia la manera en la que nos alimentamos, el propio acto de comer. En multitud de ocasiones comemos cualquier cosa porque tenemos prisa, otras veces comemos de más porque estábamos celebrando algo, otras comemos porque toca comer sin tener hambre…, de manera natural el comportamiento de alimentarnos va ligado a emociones y actos sociales, hacerlo de manera consciente posibilita tener una buena relación con la comida, disminuir la ansiedad que esta puede llegar a generar y gestionar las emociones de culpabilidad con alimentos “poco saludables” o “prohibidos”. Por ello, es necesario conocerse, parar y escuchar al cuerpo para identificar si lo que notamos es hambre, ganas de comer algo, simplemente es la hora de comer…, y así poder decidir con consciencia.

Emociones. Siento, pienso, hago…

El ritmo de vida que llevamos demanda que prestemos atención a multitud de cosas en el día a día: móvil, correos, responder preguntas, estar pendientes del coche, qué ropa ponernos, no llegar tarde a una reunión…, y dejan poco espacio para la atención a uno mismo. Suele ser ante una situación crítica/muy estresante o en el momento en que sentimos que no podemos más cuando por fin paramos a ver qué ha pasado y qué está pasando. El mundo emocional, los pensamientos y las acciones están interactuando constantemente de forma automática y si no hay posibilidad de poner conciencia sobre ello, nuestro comportamiento se dará también en automático en todas las circunstancias.

Tener salud requiere comprender y manejar las emociones y pensamientos, para lo que necesitamos conocernos bien. El diálogo interno es fundamental en este campo, la manera que tenemos de hablar con nosotros mismos (a veces mentalmente y a veces en voz alta) dirige nuestras acciones e impacta en lo que sentimos y en los siguientes pensamientos. Poder reflexionar sobre “cómo me hablo”, darnos cuenta de las cosas que nos decimos, es lo que permite gestionarlo de otra manera, pudiendo pensar, sentir y actuar diferente. Herramientas como la meditación, respiración o la escritura terapéutica ayudan a identificar ese diálogo y, sobre todo, permiten un parón en el día a día para atender al mundo interno y ver qué está sucediendo. Sin la posibilidad de autoconocernos y de parar, continuamos con el modo automático (casi siempre estresante) y las otras patas de nuestra salud se ven afectadas…; se altera el sueño, se altera la manera de relacionarnos con la comida o incluso de comer en sí y el cuerpo comienza a dar señales físicas en forma de síntomas de ansiedad para avisar de que algo está pasando y no está siendo atendido.

Cuerpo. El sustrato físico para el cuidado y descanso

El cuerpo es el componente físico en el que se reflejan las emociones, se manifiestan las enfermedades y se expresa la ausencia o presencia de hábitos adecuados de alimentación y movimiento. La tendencia de pensamiento desde la medicina general ha sido que el cuerpo es el sustrato donde comienzan y terminan las enfermedades; esta idea cada vez va perdiendo más peso y es que no es necesariamente siempre así (de hecho, existen otras tres patas justo por eso).

En el cuerpo se expresan todas las preocupaciones y alteraciones que vivimos, funciona como una especie de almacén emocional que comienza a dar síntomas de alerta (dolores de cabeza, taquicardias, problemas digestivos, problemas en la piel, desarrollo de autoinmunes…) como aviso de algún “fallo” en el modo de almacenarlo o simplemente no podemos acumular más.

Una parte fundamental de cuidado del cuerpo es el descanso. Es importante dedicar atención a los hábitos de sueño y en nuestro día a día y en especial en épocas en las que estamos más estresados es fácil que lo pasemos por alto y se generen alteraciones en el sueño. Además del descanso como tal de dormir por la noche, es importante permitirnos descansos durante el día, en forma de siestas, pausas en el trabajo o el estudio, días de no entrenar…

Para ello tenemos que conocer nuestras propias sensaciones, aprender a identificar cómo avisa nuestro cuerpo si algo nos preocupa en exceso, si hace falta descansar, dónde notamos la falta de sueño, la ansiedad… De nuevo, es imprescindible el autoconocimiento físico y psicológico para mantener un cuerpo con salud y un descanso reparador.

De la misma manera que le sucede a Sombra si se hace daño en una de sus patas, las otras tres reciben mayor presión, pues intenta equilibrarse y cojear lo menos posible. Cuando un área de la salud está tocada, las otras tres se ven afectadas de una u otra manera, llegando a generar un deterioro en la salud en general.

Por último, aprovechando a Sombra como metáfora, (y salvando las distancias), él es buen representante de la salud: él duerme cuando lo necesita, echa varias siestas a lo largo del día o se tumba sin dormirse; come cuando lo necesita,  tiene todo el tiempo comida en su cuenco pero suele acercarse a comer una o dos veces al día (el día que salimos a correr come más); expresa la alegría cuando sale o juega con otros perros con movimiento, salta, se da carreras… él lo tiene más fácil que cualquier humano en el mundo emocional, pero, en la medida de lo posible, podemos intentar parecernos a él, tratando de mantener la salud y sosteniéndola con una patas firmes.