En Tiempos de Aletheia

LA IMPLORANTE CAMILLE

Encerrada en un hospital psiquiátrico, Camille le implora a su madre que la deje salir. Le ruega que termine con ese encierro que no entiende, sobre todo teniendo en cuenta el sufrimiento por el que ha pasado. Le escribe asegurándole que no se enfadará con ella, que solo quiere información sobre el tiempo que durará su ingreso, pero todas sus cartas serán inútiles. Su madre no le concederá ni una visita; por supuesto, tampoco le revelará que no estaba entre sus planes liberarla del encierro. La escultora Camille Claudel morirá entre las paredes de la clínica psiquiátrica de Montdevergues el 19 de octubre de 1943, después de treinta años de aislamiento.

Pero volvamos hacia atrás, hasta el momento en el que Camille abrió sus ojos al mundo. Era el 8 de diciembre de 1864, el día del cumpleaños de su madre. Sin embargo, lejos de recibirla como un regalo, la acogió como una decepción, la de aquella hija díscola a la que jamás entendería. Su deseo había sido tener un varón, un niño que mitigara el dolor por la muerte de su primogénito. La idea de llamarla Camille, un nombre válido para ambos sexos, fue un recurso inútil. La relación entre madre e hija estuvo rota desde el principio.

Su padre, sin embargo, actuó como un refugio en medio de aquella intemperie emocional en la que creció Camille. Cuando ella tenía seis años, le gustaba amasar arcilla e intentar formar figuras, así que era habitual verla con las uñas negras y la ropa sucia. Louis Prosper Claudel supo mirar más allá de aquel aspecto desaliñado que molestaba tanto a su esposa. Cuando Camille tenía trece años, y la familia vivía en Nogent-sur-Seine, recibió sus primeras clases y llamó la atención del escultor Alfred Boucher, quien la animaría a continuar. Su padre organizará entonces el traslado de la familia a París, donde se establecerá la madre junto a sus tres hijos, todos ellos dotados para las artes: Camille para la escultura, Louise para la música y Paul para la literatura.

Camille comienza a recibir clases en la academia del escultor Filippo Colarossi, en pleno barrio de Montparnasse. La Academia de Bellas Artes no aceptaba mujeres, pero en ese taller privado podían recibir formación sin pagar unas tarifas exorbitantes, ya que en algunas escuelas era habitual que las mujeres pagaran el doble que los hombres. Allí, rodeada de otras jóvenes artistas, encontró un lugar donde ser ella.

Al principio, era Alfred Boucher quien supervisaba su trabajo, pero este le solicitó a Auguste Rodin que lo sustituyera en sus clases. Fue entonces cuando se produjo un encuentro determinante que afectará a ambos. Entre los dos escultores se establecerá una estrecha conexión y una influencia mutua, manifestándose en una relación de igual a igual. Fue su alumna, su modelo, su amante y, también, una artista con la que dialogar.

El progreso de Camille se hizo evidente y, fruto del mismo, empezó a recibir elogios. Su primera gran obra fue el grupo escultórico Sakountala, que recibió una mención honorable en el Salón de los Artistas Franceses de 1888. Su composición, muy similar a El eterno ídolo de Rodin es, sin embargo, anterior al trabajo de este.

En aquellos momentos, Camille era una hermosa joven con talento y un punto de orgullo, que llamaba mucho la atención. Uno de sus rasgos más particulares fue la cojera que ladeaba su paso, sin llegar a entorpecer su camino. Aún así, lo que más destacaba en ella era su mirada. Tenía los ojos de un azul oscuro difícil de encontrar “fuera de las novelas”, según su hermano Paul. Conmovedores y tristes, irían cambiando y reflejando las dificultades que atravesó.

Como es sabido, Camile no era la única mujer en la vida del escultor. Los celos, las promesas incumplidas y los embarazos malogrados hicieron mella en la relación de ambos. Los desencuentros desembocaron en una difícil ruptura que no terminó con su vinculación. Poco después de su separación de Rodin, Camille realizó La edad madura o La fatalidad. Se trata de un grupo escultórico en el que un hombre avanza acompañado de una mujer anciana, dejando detrás a una joven que suplica de rodillas para que no se vaya. En la primera versión en yeso, la joven se apodera del brazo del hombre y sostiene la mano de este entre las suyas, llevándola hasta su pecho. En el bronce posterior aparecen separados, materializándose así el abandono. La escultura de la joven, aislada del grupo, fue bautizada por Camille como La implorante.

A partir de su ruptura con Rodin, su trabajo evolucionó de una manera aún más personal y su obsesión fue desligarse de su maestro. Sin embargo, la salud no la acompañó. Después de sufrir varias crisis, su familia contemplaba la idea de internarla en un centro psiquiátrico, en una llamada “casa de reposo”, pero su padre siempre se opuso. La muerte de este abrió el camino a lo inevitable. Ocho días después de su fallecimiento, el 10 de marzo de 1913, dos hombres entraron por la fuerza en el taller de Camille y se la llevaron a la clínica de Ville-Evrard. Fue encerrada sin que ella entendiera el motivo, sin saber cuánto tiempo duraría aquella situación. Estaba sorprendida y lo manifestaba con una cierta indiferencia, sin signos de rebeldía. Lo único llamativo era su insistencia en ideas persecutorias: temía que le robaran, que la envenenaran, y culpaba a Rodin de su desgracia. Su médico autorizó las visitas, pero su madre las prohibió. No debía recibir información del exterior, y así se hizo.

En septiembre de 1914, ante el avance de las tropas alemanas, las internas de Ville-Evrard fueron llevadas al sur de Francia, a la clínica psiquiátrica de Montdevergues. Camille fue trasladada junto a las demás. Allí pasó el resto de su vida, caminando en su habitación y deambulando por el jardín. Sola, sin amistades ni familia, hasta morir olvidada. O, tal vez, no tanto. Cada vez que su hermano miraba La implorante la veía a ella, reconocía en la escultura a Camille: humillada, de rodillas y desnuda. Nunca pudo mirarla sin sentir remordimientos.

A pesar del tiempo transcurrido y los infortunios que sufrió, podemos decir que Camille Claudel no ha sido olvidada. Hoy día se estudia su obra al margen de su vinculación sentimental con Auguste Rodin y cada día se sabe más de ella. La apertura en 2017 de un museo en Nogent-sur-Seine, aquella localidad donde se había iniciado en la escultura, ha sido una importante apuesta por darle su lugar en la historia. En 2008, el Ayuntamiento adquirió el inmueble donde había vivido y decidió adosarle un nuevo edificio destinado a un centro de arte que hoy contiene la mayor colección de la escultora en todo el mundo: el Museo Camille Claudel. Algunos de sus ruegos, al fin, han sido escuchados.

Para saber más:

BONA, Dominique. Camille y Paul Claudel: La pasión entre el arte y la vida. (Editorial El Ateneo, 2006).

DELBÉE, Anne. Camille Claudel (Circe, 2008).

RÍOS GUARDIOLA, María Gloria. “De la genialidad a la locura: Seraphine de Senlis y Camille Claudel”. Locas: escritoras y personajes femeninos cuestionando las normas (ArCiBel Editores S.L., 2015).

VICENTE, Álex. “Camille Claudel sale del purgatorio”. El País. 9 de abril de 2017.

 

 

 

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