En Tiempos de Aletheia

MAGNICIDIO EN UNA BERLINA

El siglo XIX en nuestro país se caracteriza por un desorbitado movimiento político de orden convulso; prestos se suceden los movimientos militares en forma de pronunciamientos provocando el cambio político, las dinastías son derrocadas, la lucha dinástica provoca guerras civiles (las Carlistas), y nos encontramos inclusive con la constitución de una Primera República.

 

Nuestra historia de hoy se inicia con una berlina entrando en la calle del Turco, calle que comienza en la carrera de San Jerónimo, por detrás del antiguo palacio de Villahermosa (museo Thyssen-Bornemisza desde su inauguración en 1992), y concluye en la calle de Alcalá, en un lateral del actual edificio del Banco de España. Es noche cerrada en las calles del Madrid de 1870. Un diciembre más que frío, gélido; los colores son el pardo de la escasamente alumbrada noche y el color de la nieve. La Berlina es del color de la noche.

 

Seis hombres con capa van armados, no es casual, ni tampoco extraño en los tiempos que corren. Se reparten puestos, se atrincheran en soportales y esquinas; la puesta en marcha del plan da comienzo. Pequeñas luminiscencias de varias cerillas se atisban en distintos puntos de la calle. Hay ahora en plena calle del Turco un cruce de coches, berlinas ambas, cerrándose el paso de aquella en la que nuestro protagonista viajaba hacia su domicilio después de una sesión más en el Parlamento.

 

Cuenta la leyenda que alguien advirtió que sucedería, que explícitamente se le dijo no debía tomar ese camino aquella noche. Mas, bajo la creencia en su suerte, él decidió que sería como siempre hacía, sin torcer un ápice su camino del habitual ni tomar ninguna medida adicional de seguridad.

 

Los disparos comienzan a sonar a la voz de “Fuego, puñetas”. Quince disparos se contaron en la inspección, ninguno mortal, ¿puede llamarse eso “suerte”? Lo dejamos a su libre entendimiento. En la berlina viajaba Juan Prim y Prats (Reus, 1814 – Madrid, 1870), militar y político que llegó a ser presidente del Consejo de Ministros desde el 18 de junio de 1869 hasta su deceso, el 30 de diciembre de 1870. Cuenta la leyenda también que, cuando recibía los quince disparos, dijo: “Me han matado los míos”. No moriría sino tres días después del magnicidio debido a la septicemia generalizada por infección de las heridas. Mas la pregunta ahora es: ¿Quiénes en concreto eran “los suyos” cuando su intención última era la conciliación de un gobierno liberal democrático bajo la tutela de un nuevo rey? ¿Quiénes, cuando estaba amenazado por los distintos bandos que él intentaba conciliar?

 

Monárquico, pero completamente contrario al régimen borbónico que tantos años llevaba campando en nuestra tierra. Intentó traer al trono de España un candidato de reconocida tradición liberal. Los Borbones estaban completamente desgastados por diversos motivos: crisis políticas, crisis económicas, guerras civiles; y no les veía capacitados para tal empresa.

 

En plena convulsión ideológica a favor de la república, él guardaba la convicción de que el pueblo español todavía no estaba preparado para dicha forma de gobierno alternativo. Sin embargo, era progresista liberal lo cual estriba en una concepción más abierta de las formas de gobierno. A diferencia de los moderados (liberales doctrinarios, lo que implica que la soberanía es compartida por Reina y Parlamento y la elección de diputados es restringida mediante sufragio censitario, tampoco son partidarios de la separación Iglesia-Estado), los progresistas, sin embargo, son anticlericales, defienden un sufragio más amplio, su nicho de voto quiere abarcar también la pequeña burguesía y las profesiones liberales, esto es, que vote gente con cierto nivel del pueblo llano.

 

En cualquier caso, Prim tenía como objetivo último la constitución de una monarquía parlamentaria de carácter democrático, de la cual, él mismo y Amadeo I de Saboya debían ser garantía. Y el problema es que él era demasiado revolucionario para la “derecha”, desde los carlistas, puesto que es liberal, y para los moderados, ya que es un progresista, al igual para el grupo político de la Unión Liberal (con O’Donnell a la cabeza), que no obstante le apoyó en la revolución de la Gloriosa. Y para la “izquierda” es demasiado conservador. Para los republicanos es un traidor por haber traído a otro rey. Para los cantonales o anarquistas es el mismo mal por ser militar. Continuamente bajo la lupa de todos. ¿Cómo llegó entonces hasta donde llegó?

 

Famoso por ser héroe de guerra desde la I guerra carlista, célebre progresista, diputado, defensor de la industria catalana y la Unión Liberal, gobernador de Puerto Rico. Los años 1859-1860 llevan a la exaltación patriótica con la guerra de África. A Prim, quien ya era también famoso por estar contra Narváez (partido moderado), por ello O’Donnell creyó que era peligroso dejarle en España, se lo llevó a Marruecos; donde, al mando de los voluntarios catalanes, alcanza su más alto grado de prestigio con la toma de Tetuán y la batalla de Castillejos. Al final de la guerra desembarca en Alicante y es recibido con loas. Se convierte definitivamente en héroe popular.

 

El 16 de agosto de 1866 en la ciudad belga de Ostende se firmaba el acuerdo por el Partido Progresista y por el Partido Demócrata, unión entre republicanos, liberales y progresistas, por iniciativa del ya general Juan Prim, para derribar la monarquía de Isabel II de España. Sin embargo, cuando Prim llega al poder es la monarquía la forma de gobierno que apoya por no ver todavía la madurez necesaria en la sociedad española para la forma de gobierno alternativa que se presentaba en ese momento, esto es, la republicana.

 

Él quería llegar a instaurar un nueva dinastía y abandonar el puesto, dicen, sin embargo queda por saber si hubiera debido perpetuarse en él cierto poder dada la dificultad que después hallaba Amadeo I de Saboya para gobernar, pues no fue sino dos años después, en 1873, que Amadeo renuncia al trono y se proclama la Primera república, la cual, como bien predijo Prim, no camina por buenos derroteros, terminando dos años después, mientras dejaba grandes charcos de nuestra sangre y su dolor por el camino.

 

¿A quién beneficiaba entonces el asesinato de Prim? La izquierda parecía actuar bajo cierta ceguera, según la óptica de Prim, el siguiente paso no debía ser la república, lo mejor para nuestra tierra era imponer un régimen democrático real, era lo que él quería. Podemos, no obstante, decir que en cierto sentido sí salió beneficiada: la izquierda consiguió la añorada república. Pero al poco cae. Entonces, a medio plazo, vemos que salieron beneficiadas las otras élites de poder, reinstaurándose, además, en seguida la Borbónica.

(Mario Raez y Julia Valiente)

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