En Tiempos de Aletheia

Interculturar-nos (segunda parte) De la lógica de la diferencia a la analógica de la distinción

El texto que a continuación presento retoma reflexiones iniciadas en INTERCULTURAR-NOS. EL LUGAR DEL MITO EN LA GESTIÓN POLÍTICA, si allí intentamos desarrollar planteamientos sobre los vínculos entre mito, interculturalidad y gestión política, esta vez lo que se busca es evidenciar las distancias entre las políticas de identidad y lo que hemos llamado la interculturación de la política. En tal sentido, partiremos nuevamente de los aportes de la filosofía de la liberación en aras de mostrar las posibilidades que desde allí se abren.

Comencemos por señalar que la cuestión intercultural y la cuestión de las identidades operan en registros que obedecen a fundamentos distintos. La identidad es lugar de la diferencia, mientras la interculturalidad se ubica en el campo de la distinción. Ambos términos, diferencia y distinción, son definidos en referencia a la noción de Totalidad. Por Totalidad comprendemos tanto el orden vigente, como su fundamento, siendo el fundamento lo que Ricoeur llamó el núcleo ético-mítico traducido por el filósofo de la liberación E. Dussel como el núcleo ético-ontológico.

En tal sentido, todo orden vigente, si no se ha tornado en fetichista, comienza con la afirmación de la vida de la comunidad, por el contrario cuando este orden se fetichiza el mito se transforma y el núcleo ético-ontológico es desplazado por una ontología sin más, como es el caso de la ontologización de la guerra en la modernidad. Esta cuestión es evidente al hacer un simple repaso de la filosofía política moderna, ya que desde el estado de naturaleza hobbesiano hasta el monopolio de la fuerza en M.Weber, pasando por el estado de naturaleza en Locke, el poder es descrito como dominación legítima y la guerra como condición fundante. Al tornarse fetichista, el mito pierde su carácter polisémico, es ahora unívoco y su fundamentación ya no proviene de la comunidad, sino que se impone como única posibilidad.

En este proceso, la Totalidad, la identidad del Ser, deja de ser analógica para hacerse unívoca, tal y como afirma el filósofo de la liberación Enrique Dussel, su “identidad se predica de los entes… Los entes no son el ser, pero son sus distinciones; es decir, modos distintos de expresar lo mismo”. Por ello, la relación entre el Ser y los entes es analógica, mientras que la relación entre los entes es identitaria, la diferencia entre ellos son accidentes del Ser. Por lo tanto, habrá que distinguir la relación analógica entre los entes y el Ser, y la relación de univocidad que establece el Ser fetichista con el absoluto Otro, ya que allí ya no hay analogía, el Otro no es análogo al Ser, es lo distinto.

Nuestra intención será entonces mostrar que la interculturalidad implica la puesta en marcha del método analógica, es decir, no se trata de proseguir el diálogo, siempre truncado, entre identidades, entre distinciones al interior de la Totalidad, sino avanzar hacia en encuentro analógico, es decir, entre relaciones de semejanza y proximidad de los Otros más allá del Ser.

A diferencia de la política de identidades, propia del multiculturalismo, en el que se confrontan diferencias entre los entes, mientras el Ser, la Totalidad vigente, permanece oculta, derivando en relaciones de confrontación entre las identidades de éstos con relación al Ser, interculturar-nos e intercultural la política implica abrirse a posibilidades distintas a la Totalidad vigente, es decir, a la univocidad del Ser fetichista. Sin embargo, dejar de lado la política de identidades no es dirigirse al mundo naive de la igualdad universal en el Ser, recordemos que el lenguaje de las diferencias solo es el predicado de la distinción entre la Totalidad y los entes, mientras que desde un posicionarse intercultural la cuestión se sitúa en la distinción entre Totalidades posibles, es decir, la analogía opera a nivel de los núcleos ético-míticos, razón por la cual la semejanza y proximidad, más allá de la Totalidad vigente, ocurre entre horizontes que niegan la fetichización de dicha totalidad, se trata de un diálogo que parte siempre de la necesidad de afirmación de la vida de los participantes, porque en la muerte no hay comunicación.

En resumen, establecer espacios analógicos de comunicación requiere ir más allá del Ser, es trascender el orden de las diferencias entre los entes, diferencias que solo son realizables en relación al éste, lo que plantea y requiere una transformación profunda de los campos en los que ocurre la comunicación. Debemos comenzar por explicitar que la acción intercultural no puede reducirse al campo llamado de cultural, que además suele no ser lo mismo que la llamada Cultura (con mayúscula). La acción intercultural implica intervenir en los diversos campos de la vida, intervenir en el campo político y más aún en el campo económico, esto último es cuanto más urgente, ya que es justamente el campo económico el que hoy se impone como Totalidad, dejando a los entes hablando el lenguaje del Ser en tanto que mercado.