En Tiempos de Aletheia

SOBRE UN SONETO CONTEMPORÁNEO – “A SUS VENAS” de Fernando Merlo

Dedico este artículo a mi padre, que me enseñó a leer(me)

Es habitual, en la crítica literaria, trazar intersecciones, túneles subterráneos, galerías que comunican la obra de un autor con su vida, como si la primera explicase la segunda o la segunda la primera, como si, a fin de cuentas, fueran indisociables. Incluso hemos llegado al punto en el que la coherencia, por ejemplo, ética, de una existencia justificase la excelencia de su obra escrita (con lo cual puesta en cuestión la primera, la segunda se derrumbase por entero), como si, también, por ejemplo, la coherencia de una obra, su radicalidad, o su maestría, justificase la existencia biográfica y cotidiana de su autor. Esto es un debate antiguo, en mi opinión, mal planteado.

Un poeta no es aquel que escribe versos, un poeta es quien siente el mundo a través de la poesía, quien mira el mundo como un poema, escribir versos es la consecuencia de ello, y, por tanto, no es una consecuencia necesaria. Un poeta, es también, quien lee versos, no quien recorre con sus ojos un conjunto de letras ordenadas por las reglas del lenguaje, sino aquel que lee la existencia como poema, cuyas infinitas y variadas traducciones son los diversos poemas que se han escrito, se escriben y se escribirán y, también, aquellos que se callan, pues el silencio, es, en sí mismo, bien leído, también, un poema.

El poema, si es poema, es un fragmento del todo que, sin embargo, lo expresa por entero, a la manera de los fractales. Sabemos más del autor de un poema al leer sus palabras que al leer su biografía, la cual, aun contada por él mismo, no es sino un “relato” de los muchos posibles sobre un conjunto de hechos, mientras que el poema es una suerte de vínculo común en el que el poeta, a través de su sensibilidad, para discernir el poema, para cristalizar su mirada, queda atrapado en este, y donde el lector, a su vez, le libera haciéndolo propio.

 

Así que, en el caso que nos ocupa, el poema de Fernando Merlo (1952-1981), “A sus venas”, callaremos intencionadamente cualquier dato sobre el autor, porque creemos que oscurecería, o, mejor dicho, velaría su lectura. El tema que afronta, a muchos, les parecerá lejano, y quien lo haya vivido en sus proximidades o, esperemos que no, en carne propia, la biografía del autor les desviaría no de una correcta interpretación (como si esta pudiera existir) sino que les serviría de excusa para que la vida que late entre sus líneas quede borrada por la biografía pública de su autor, el cual, nos desvela su intimidad, a tumba abierta, mejor que el relato, más o menos, “maldito” donde se inscribe.

Cierto es que la literatura (común) sobre los estupefacientes implica, en cierto modo, una vindicación de los mismos, un elogio, una especie de acuerdo tácito, por el cual, quien ha recorrido su sendero es alguien “distinto”, incluso, en cierto sentido perverso, “mejor” que los que no lo hicieron, pues ha visto cosas y hecho experiencias límite que a los que viven ajenos a ese mundo, les están vedadas. Tras las palabras de Blake “El camino del exceso es el camino de la sabiduría” y sus profetas posteriores, varias generaciones de jóvenes han acabado muertos de sobredosis, o destrozando irremediablemente sus vidas (y la de quienes les quieren). Hay que decirlo pues. El malditismo de los tóxicos no vale ni el peso del papel con el que están escritos sus textos. Otra cosa, bien distinta, es cuando se narra esa experiencia, no desde una posición vindicativa, o, por el contrario, moralizante o didáctica, sino desde su entraña misma, como testimonio de unas vidas “sin destino” en cuyo reflejo podemos mirarnos y reconocer nuestros propios rasgos más ocultos.

El tóxicodependiente no elige serlo, y si pudiera, una vez recorrido ese camino, desandarlo, lo haría, no hay nada bello, nada hermoso en una aguja. Y este poema, magnífico soneto, a mi juicio el mejor de la segunda mitad del s.xx en castellano, nos enfrenta a cómo la perfección de una forma encierra la desnudez de una herida, la constatación de una ruina, la meticulosa y excepcional descripción, desde la sangre, de lo que es y fue el asunto de la drogodependencia, ahora y en los años de la transición política en España, y por extensión, en las democracias occidentales. Se podría leer todo esto en clave política, sin duda alguna. El verdadero malditismo, el loable, el que nos (me) fascina, es el discurso que en los márgenes del sentido es capaz de manejar, como ninguno, su propia tradición, (no solo literaria) para desenmascarar sus falacias, la falacia de una sociedad, y de unos cenáculos literarios, que alaban, a la postre, al loco, al derruido, al marginal (cuando ya está enterrado) y que no supieron, o no quisieron, extender una mano a su tragedia (que fue la de muchos) cuando era posible desterrar el hielo de sus venas.

Merlo traza la experiencia de la drogadicción en un soneto perfecto, irreprochable, exacto, milimétrico, donde el Barroco español y sus figuras se entrelazan con una imaginería vanguardista en su dislate, en mover los sustratos de referencia. El resto de su producción, claramente experimental, queda contenida en la forma clásica por excelencia, que ya desde Garcilaso, tiene su armazón trazado. No me cuesta ver a Petrarca ni a los poetas sicilianos que inventaron el soneto susurrándole a Merlo la prosodia, el acento rítmico, complacidos, maravillados ante el talento de este (desconocido) poeta excepcional.

El malditismo de Merlo no consiste en ensalzar la experiencia de la toxicomanía, en cuerpo y mente, sino en exponer su verdad, en decir, sufro, sin paliativo, y el paliativo que tomo para aliviar mi herida es mi herida propia, en una suerte de Ouroboros vital, donde no es posible vislumbrar comienzo o fin, noche o día. (Ouroboros: serpiente que se muerde su propia cola.)

Poco nos importa la vida física de Fernando Merlo, porque su vida real late en estas líneas como un destello que deslumbra y que nos trae la verdad de una realidad incómoda, que nos pone en cuestión no solo como individuos, sino también, como sociedad. Y que hace derrumbarse incluso los propios cimientos del discurso marginal, que, mutandis mutandis, se ha convertido, a su vez, en institucional en las élites culturales.

Por eso este poema es necesario, más que nunca, aunque ahora “la aguja no excave la carne que ya no siente” (“Condesa Morfina” de Leopoldo María Panero, el cual confesaría, raro en él, que del único libro del que se arrepiente, es, precisamente, de Heroína) haya sido sustituida por otros utensilios profilácticos y ahora se abuse de otras cosas y de otros modos, es incontestable que el abismo de los tóxicos es, ante todo, una llaga en la conciencia moral de Occidente, un dedo señalador, un “yo acuso” a lo Dreyfuss, que nos remite a nuestra propia inconsistencia, a nuestra propia mentira, como sujetos de derecho, ¿libres? en una sociedad ¿libre?

Este poema, retomando nuestras palabras iniciales, aún tratando un fragmento, minoritario, marginal de la experiencia humana contemporánea, lo eleva a figura universal, a espejo para una conciencia que no puede salir indemne de él, que no debe salir indemne de él, pues si “la poesía es un arma cargada de futuro”, Merlo dispara, con puntería rigurosa, contra sí mismo, sí, pero también, contra los bien pensantes del Malditismo, cuya cantinela “precipitó al Hades las vidas de muchos esforzados chavales”, que buscaron en la droga lo que ni siquiera un dios puede ofrecer, olvido de sí, del mundo, de una circunstancia y un contexto que talló una herida entre sus brazos donde pupilas de azur observan auroras que no existen.

 

 

A sus venas

 

Estos cauces que ves amoratados

y de amarillo cieno revestidos

eran la flor azul de los sentidos

que hoy descubre sus pétalos ajados.

 

Besos verdes de aguja en todos lados

hieren la trabazón de los tejidos

y denuncian los brazos resentidos

la enigmática piel de los drogados.

 

Las que llevaban vida y alimento

son tibia cobras de veneno breve

blanco caballo con la sien de nieve.

 

Trotando corazón y pensamiento

que por las aguas de la sangre vierte

con rápido caudal la lenta muerte.

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