En Tiempos de Aletheia

Qué es la agilidad emocional y cómo nos podemos entrenar en practicarla

La agilidad emocional es la capacidad de convivir y conectar con nuestros pensamientos, emociones y recuerdos de forma saludable y de manera que esto nos ayude a vivir siendo coherentes con nuestros valores.

Los recuerdos de la infancia, en la época próxima a los cinco años, que es cuando suelen permanecer los primeros recuerdos, pueden ser pensamientos sobre valoraciones que se han hecho de nuestras capacidades (no soy suficientemente buena, o no sirvo para estudiar matemáticas) se nos pueden quedar grabados en el cerebro y a menudo se pueden convertir en factores que nos lleven, ya en la edad adulta, a sufrir depresiones y ansiedad.

Entendemos más rápidamente el concepto de agilidad emocional si lo comparamos con su antagonista: “rigidez emocional”. La rigidez emocional es cuando nos quedamos atascados en nuestros pensamientos, emociones o recuerdos.

El propósito de la agilidad emocional no es “quiero ser feliz”, sino que tiene que ver con ser capaces de llevar una vida coherente con nuestros valores, habiendo aceptado nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestros recuerdos y convirtiéndonos en la persona que queremos ser.

La agilidad emocional, por definición, nos facilita el conocimiento de qué y cómo queremos ser en el mundo, descubrir cuáles son nuestros valores y cómo podemos acercarnos a nuestro ideal de persona, coherente con nuestros valores.

Las personas ágiles emocionalmente son las personas que no se quedan atascadas en emociones y recuerdos del pasado y avanzan en su comportamiento hacia la persona que desean ser y que se ajusta a sus valores. Esto se entenderá fácilmente con un ejemplo: consideremos que para nosotros es un valor importante la familia y el cuidado hacia nuestra pareja e hijos. Sin embargo, un día llegamos del trabajo y apenas respondemos a nuestros hijos, seguimos conectados con el móvil y nos vamos a protegernos en la ducha, como modo de estar aislados ya que vinimos estresados. Ese tipo de comportamiento se suele convertir en un patrón de conducta, que no tiene nada que ver con la persona que nos gustaría ser, pero sin embargo actuamos en piloto automático, sin plantearnos que podemos cambiar nuestras emociones, dado que hemos pasado a otra situación (la de llegar a casa). Esta conducta ocurre porque la etiqueta que hemos colocado a nuestra emoción a lo largo de esa tarde, es la de estoy estresado o estresada, y no la hemos concretado más. Si nos trabajamos el análisis de esa emoción podemos descubrir sus causas: me siento frustrado porque no se me valora en mi trabajo, no he mostrado asertividad ante mis superiores o compañeros y no he logrado poner límites ante sus demandas, estoy cansada porque anoche no dormí bien, no he logrado un reparto equitativo de las tareas del hogar entre los miembros de mi familia, etc… Si realizo este análisis algo más profundo, puedo poner remedio a muchas de las situaciones que me han generado estrés y por lo tanto podré vivir acorde a la persona en la me quiero convertir y que está conectada con sus valores. Al tomar conciencia de los detalles de mi emoción me resulta fácil modificar mi comportamiento y responder (según este ejemplo) de la forma que REALMENTE creo que debo responder a mi familia.

La agilidad emocional se encuentra conectada con nuestros valores y nuestros deseos de comportarnos de manera acorde a ellos y a nuestros ideales, por eso nos aproxima a un estado de felicidad y serenidad con nosotros mismos.

¿Cuál es la diferencia entre agilidad emocional e inteligencia emocional?

La inteligencia emocional se desarrolló como un concepto perteneciente a una clase de inteligencia, a través de la cual, si conocemos y reconocemos nuestras emociones podemos resolver algunos problemas de nuestra vida cotidiana a través de las mismas. Sus autores, no la plantearon con valores, ni la relacionaron con quién queremos ser en el mundo. La inteligencia emocional se puede utilizar para ayudar a resolver problemas pero también en plan negativo puede utilizarse para manipular una masa de gente.

Con la popularización del concepto de la inteligencia emocional, se habla de controlar las emociones, y el problema es que cuando intentamos controlarlas, estas vuelven aumentadas. Lo típico es cuando estamos deseando comer una tableta de chocolate que tenemos en la despensa. Cuanto más intentamos controlar nuestro deseo de no comérnosla, más ganas tenemos de ingerirla ya que se amplifica el deseo y acabamos por comportarnos de una forma que no nos parece adecuada, ni ajustada a nuestros valores.

En el caso de la agilidad emocional, trata de que seamos abiertos y compasivos hacia nuestras emociones. Las personas ágiles emocionalmente aceptan la tristeza, la desesperanza o la rabia y no pretende acallarlas, sino darnos la posibilidad de a partir de la aceptación, cambiarlas, centrándonos en su esencia, en su génesis profunda y a partir de ahí, modificar nuestra actitud para poner remedio a lo que las generó.

Vivimos en un mundo que nos enseña que debemos ser o al menos mostrarnos siempre positivos en cualquier circunstancia, incluso cuando nos diagnostican una enfermedad grave. El mundo no nos prepara eficientemente para desarrollar capacidades esenciales que nos permitirían cuidarnos a nosotros mismos en el plano emocional. Si no somos capaces de cuidarnos a nosotros mismos, tendremos problemas en múltiples aspectos de nuestra vida: en el ámbito laboral, en nuestras relaciones de pareja o en el cuidado de nuestros hijos.

¿Cómo podemos entrenarnos en agilidad emocional y ayudar a los niños a que se eduquen en esa habilidad?

Las emociones son datos pero no marcan lo que debemos a hacer.

  • Exteriorizar las emociones y ayudarles a darles nombres. Al mostrarlas, pierden algo de intensidad y se convierten en más llevaderas.
  • Cuando se toma algo de distancia o se observan como si no fueran nuestras, lo que permite verlas de manera objetiva.
  • Hay que saber ponerles las etiquetas adecuadas, lo más concretas posible. Por ejemplo podemos decir “estoy estresado” pero en esa expresión puede haber una emoción de frustración, de desilusión, de excesiva exigencia… el poder etiquetar nuestras emociones nos facilita enormemente reaccionar ante ellas.
  • Preguntarse los porqués: ¿cuáles son mis valores? ¿quién quiero ser en esta situación? ¿Cómo me gustaría haberme comportado?
  • Cuando ante una situación que nos haya generado una emoción, podemos clarificar cuál es el valor que es importante para nosotros, entonces podremos tomar decisiones de manera consciente y sobre todo acorde a nuestra escala de valores.
  • Es cómo vas a hacer los cambios profundos que necesitas en tu persona para afrontar sanamente las situaciones conflictivas.

Caminos prácticos para entrenarse en la agilidad emocional.

  • Aceptar cómo te sientes cada día. No se trata de ser siempre positivo. Si negamos las emociones que nos duelen, “porque debemos ser felices”, nos perdemos el valor oculto que hay en esa emoción y que es el que nos permite evidenciar lo que de verdad nos importa. No discutas contigo mismo.
  • Escribir al menos durante 3 días a la semana, 20 minutos al día sobre nuestras emociones y sobre qué problemas tenemos. Es una forma de tomar conciencia plena de lo que nos preocupa y al verlos en el papel, sobre todo si se repiten, nos muestran qué cosas nos importan (cuales son nuestros valores) y podremos empezar a tomar decisiones.
  • Cambiar el lenguaje interno. Si nos sentimos tristes o enfadados, no decir “estoy enfadado” sino cambiarlo por “hoy me siento enfadado”. Ese entrenamiento continuo nos acostumbra a reconocer que no somos nuestras emociones, ellas forman parte de nosotros en un momento dado pero son pasajeras. El cuidar los verbos con los cuales nos expresamos nos protegen de colocarnos una etiqueta permanente que acabará lastimando nuestra autoestima y generando en nosotros inseguridades.