En Tiempos de Aletheia

Filosofía y conspiraciones

Recientemente, en una entrevista con la revista Strambotic, con motivo de la salida de la segunda edición del libro Filosofía para todos, el compañero periodista me preguntó por un tema que llevaba tiempo rondándome la mente: cómo percibía el auge de las Fake News y las teorías conspirativas un filósofo y cómo se podía interpretar desde la Filosofía. Ciertamente, el buen comunicador, que tenía no poco de filósofo, había dado con una de las claves que a mi parecer pueden desentrañar los defectos y virtudes de estas nuestras mal llamadas “sociedades de la información”.

Creo que la pregunta, al hilo de un comentario sobre la pandemia, rezaba así: “Mucha gente ha tenido tiempo para pensar pero también para (mal)informarse. ¿Cómo se explica el alarmante aumento de los creyentes en teorías conspirativas?”.

Ya desde la época de las Luces (les Lumiéres), de Voltaire, Rousseau, Diderot, Montesquieu, Êmilie du Châtelet o el mismísimo Inmanuel Kant, la filosofía se ha construido con un espíritu ilustrado y enciclopedista que se opone frontalmente a toda superstición. Así que, mi primera reacción, bien por inercia, bien por elitismo, había sido hacerme cruces y subirme al discurso despectivo establecido contra todas esas elucubraciones y prácticas anti-académicas. Pues, ¿qué son, sino pura superstición, todas esas ideas terraplanistas, reseteriles, fijistas o no evolucionistas, antivacunas, sobre la llegada del hombre a la Luna o el Nuevo Orden Mundial, amén de todos los negacionismos varios acerca las verdades consensuadas por las instituciones científicas y los medios? No obstante, un segundo de reflexión y comprensión, más propio de la deformación profesional del magisterio, que del esnobismo intelectual, me hizo sobreponerme sin querer, y dar una respuesta completamente diferente. Que aún me ronda la cabeza.

Los cuestionamientos sobre la Plan-demia, las hipótesis reptilianas o iluminatis, las especulaciones de la caída del sistema financiero mundial, o los vaticinios sobre señales de Apocalipsis, son, sin duda, ficciones que tienen un nulo sustento real. El cual, a pesar de que las conjeturas se han multiplicado como chinches cognoscitivas en estos meses de encierro, ni está ni se le espera. Eso es así. Si bien, “siendo el deseo humano natural conocer”, como decía Aristóteles, quizá, ni todo fuera negativo en ese intento, ni todo esté perdido en ese espíritu, ni todo sea tan sencillo de interpretar una vez puesto en contexto. Tal vez, visto desde la óptica platónica de la admiración como principio del amor al conocimiento, más que de la visión radical ilustrada y del positivismo científico, no se trate tanto de ver el fin actual de sus objetivos, sino lo generador de ese impulso o deseo de conocer.

Dejando a un lado los temas, que ciertamente llegan a dar miedito, y recordando el lema “Atrévete a pensar” (Sapere Aude), se podría decir que tiene su lado positivo. Como movimientos espontáneos de genuina opinión contestataria y contracultural. Siendo generosos, incluso podríamos argumentar a favor de un interés por lo desconocido y lo alternativo que proviene de un sentimiento legítimo de conocimiento mal enfocado. Que bien reconducido en su origen no andarían tan alejados de la esencia de lo filosófico.

Así es, hoy en día, hay un interés renovado por informarse y aprender, algo que es directamente proporcional a las nuevas formas de comunicación e información, empero, también es directamente proporcional el mal uso o la mala praxis de la investigación que se hace de las nuevas y ampliadas posibilidades que da la emergente tecnología. Mas, desde la filosofía, no seríamos justos del todo con la gente que toma una deriva particular y alternativa, ya que todo buen investigador tiene que tener algo de crítico y hasta de conspirador, si no viéramos que el avance del saber no está exento de personas, escuelas y hasta generaciones enteras de gente, que fueron más allá de los postulados consensuados y militarizados culturalmente.

No otra cosa que romper el consenso dominante, tuvieron que hacer Copérnico, Galileo, Newton y todos los renovadores del método científico, cuando, con sus teorías, tuvieron que trascender las cosmovisiones imperantes en su tiempo. Creando de saberes praeter naturales la Ciencia Moderna. No por otra cosa, se ha dicho que Marx, Nietzsche o Freud se convirtieron en filósofos al superar su campo inicial de estudio. Algo que también se ha dicho de científicos como Darwin, Einstein, Gödel o Hawkings, quienes, saliéndose de los límites de sus saberes particulares y seguros llegaron al mundo de la hipótesis y la filosofía. Y es que, Colón nunca hubiera descubierto América, y habríamos sabido después que la tierra no era plana, si no hubiera ido hacia lo negado-desconocido. Hic sunt dracones, solo adentrándonos en lo mítico y desconocido hallamos nuevas tierras y conocimientos.

Sin caer en la conspiranoia, hay algo de filosófico en esta deriva hacia lo desconocido y no fundamentado. La filosofía se nutre muchas veces de conocimientos y campos de investigación que trascienden la normatividad tanto en su epistemología como en su campo de estudio. Algo que se justifica más aún, cuando, siguiendo con la crítica social, la población nota, intuye y hasta constata que muchas veces son los mismos gobiernos, las instituciones científicas y culturales o los medios clásicos, los que no guardan para sí los estándares de verdad que supuestamente exigen. Y aquí, el aumento de la información, en general, que nutre de contenidos a cualquiera en cualquier parte, sin que se haya hecho una buena pedagogía de su uso. Y la pandemia, en particular, donde hemos visto a gobiernos como el chino, el estadounidense o el patrio, mentir o falsear los datos en provecho propio; a organizaciones como la OMS dando palos de ciego, y afirmar y desdecirse un día sí y otro también. Han dejado buena muestra de ello. En este caldo de cultivo, del que, consciente o inconscientemente, la población se nutre y capta, no es justificable pero sí comprensible, que el primitivo y natural espíritu crítico de mucha gente no sepa ya dónde empieza la verdad y hasta dónde llegan las fake news y las teorías conspirativas.

La gente no sabe qué creer, y eso es algo que dice tanto de la gente que acaba derivando en pensamientos y elucubraciones míticas, tanto como de las clásicas administraciones de información. Esto es, estados, instituciones científicas, expertos, etc. Y por no saber qué creer, y por falta de una verdadera difusión de la filosofía y su método (no tan cerrado como el científico y académico instituido), acaba en las garras trasnochadas de deducciones irracionales sobre complots sanitarios, confabulaciones políticas, contubernios mediáticos y conciábulos judeomasónicos.

Más allá de la verdad preestablecida y militarizada, están tanto la filosofía como la conspiración. Una vez que se sale a mar abierto, uno se puede encontrar tanto con verdades como fantasías, tanto con tierras firmes como con dragones imaginarios. Y por ello, el filósofo y el conspiranoico guardan un parecido aire de inutilidad y libertad. De buscadores de misterios. Lo cual, por supuesto, no impide que ambos intentos y ambas personalidades estén en las antípodas.

Ya que, una vez que se sale de la aquiescencia generalizada, por muy crítica que sea la forma, no se llega sin más a la filosofía (que tiene su propio método y forma), ni mucho menos a la verdad (que para todo filósofo solo es una aspiración). Las más de las veces se caerá en la superstición y el ridículo sin remisión. Empero, son cosas que hacen que, mirando con buenos ojos, desde el logos filosófico encontremos algo de eximente, valor y curiosidad en esos mitos y posmodernos. Al menos, una comunión condescendiente con ese puro y romántico espíritu de contradicción, de rebeldía e iconoclastia, de ir más allá que tienen los que aburridos del consenso cultural se decantan por informarse a su modo y manera desinformada: espíritu que, internamente, deseamos pueda ser un instinto positivo por el saber, que solo hay que reconducir.

1 comentario en “Filosofía y conspiraciones”

  1. Buen artículo, nunca lo había visto desde este punto de vista.
    En el caso de la conspiranoia, para mi fue enriquecedor en muchos aspectos, aprendí muchas cosas.
    El peligro está en quedarse ahí y adherirse a las cuatro teorías y sus variantes.
    Con el tiempo me he dado cuenta de que yo no era conspiranoico puro, sino alguien que quiere aprender. Y, sobretodo, un activista contra las injusticias.
    A mediados de la primera década de los dosmil yo tenía la sensación de que el conspiracionismo era un contrapeso al poder (wikileaks) y no estaba politizada. Nos caían mal todos los políticos. Ahora la cosa se ha desmadrado y degenerado bastante.
    Veo el panorama actual conspiranoico como una mala copia de lo que era hace años.
    Un saludo.

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