En Tiempos de Aletheia

Grandeza y tragedia de una dinastía sobrehumana: Los Kennedy

Fue en el año 1848 cuando llegó a Boston el primer Kennedy, el jefe del clan. La personalidad Kennedy procedía de Irlanda y actuaba en la sociedad norteamericana en función de dos factores invariables que fueron: la ambición de poder y el catolicismo. Ello significa que, por el primer factor, la personalidad Kennedy se relacionará de una u otra forma con los negros y con la pobreza. Por el otro factor tratará de instaurar una dinastía dentro de una democracia. Estos dos factores son los que catapultarán a los Kennedy hacia la grandeza y sumirán a toda la familia en la tragedia.

La hambruna obligó a Patrick Kennedy a pedir veinte dólares prestados para embarcar hacia Norteamérica. Aprendió el oficio de tonelero y murió a los treinta y cinco, tan pobre como cuando llegó a los Estados Unidos.

Su avispado hijo Patrick observó que los pobres siempre tenían sed y montó una taberna. A los treinta años de edad ya se le podía considerar como un pequeño empresario con tres tabernas, licores al por mayor, intereses en carboneras y en la Columbia Trust Company. Entró a formar parte de una familia importante al casarse con Mary Hickey. Compró una vivienda desde donde divisaba el puerto, sin embargo, nadie divisaba sus sueños. De los cuatro hijos que tuvo la familia fue Joe, el primogénito, el que siguió los pasos de su padre como negociante.

Fue en 1914 cuando Joe Kennedy se casó con Rose Fitzgerald, hija de un hombre famoso en todo América, pues en las reuniones públicas siempre cantaba “Sweet Adeline” que, aun cuando a muchos ciudadanos les parecía aburrido y disparatado, era tal la personalidad alegre de Honey Fitz que hacía buena la costumbre.

En cierta ocasión fue a visitar al presidente Franklin Delano Roosvelt, estrechándole las manos y en español le dijo “el dulce Adelino”. Verdaderamente Jack, a la edad de ochenta y seis años, ayudó a su nieto Jack, futuro Presidente, en la campaña electoral que le llevaría al Congreso, cantando implacablemente “Sweet Adeline”.

Fitzgerald fue alcalde de Boston y dimitió al casarse su hija Rose con Joe Kennedy, pero sin apartase de la política. Dos veces se presentó para gobernador de una Cámara de Representantes sin que fuese elegido ninguna vez y derrotado por solo 30.000 votos. Los puritanos de Boston se estremecieron ante la fuerza del ruidoso católico y su “Sweet Adeline”, y que no tenía bigote ni barba. Su mejor momento fue enfrentarse a Henry Cabot Lodge, hecho que ocurría en 1916. Treinta y seis años después, su nieto, John Fiztgerald Kennedy, derrotaba al nieto de Cabot Lodge, de igual nombre en la lucha por el mismo escaño en el Senado.

El carácter de Fitzgerald era opuesto al carácter de Joe. Aquel era arrollador, abierto, alegre hasta el delirio, bastaba la menor indirecta o leve provocación para que Fitz se lanzase a la piscina, aunque esta no tuviese agua. Con cerca de 90 años, pronunciaba los más hermosos y extraños discursos acerca de la urgente necesidad de que los bostonianos usasen calzoncillos largos para que la Industria Textil de Nueva Inglaterra no se hundiese o incrementar el desarrollo del puerto de Boston. Todos los irlandeses tenían a Fitzgerald como un gran hombre. Para obtener la ciudadanía norteamericana le preguntaron a uno ¿que quién hacía las leyes en el país? “John F. Fitzgerald”, respondió. Le preguntan que quién hace las de Massachusetts, la misma respuesta le dio el irlandés al examinador. Por último le preguntó el examinador al irlandés quién era el presidente de los Estados Unidos, “John F. Fitzgerald”, respondió imperturbable el examinando que llegó por sí mismo a ese convencimiento. Es la conclusión de que hasta qué punto una persona puede tener fe en otra.

El catolicismo, los bancos, los barrios bajos y el haber pasado muchas horas en las tabernas de su padre con los amantes del alcohol, hicieron de Joe Kennedy uno de los hombres más acaudalados y duros de todo América.

Uno de los pocos caminos que un joven católico irlandés tenía abiertos era la política, pero Joe Kennedy, además, intentó la banca que, en principio, parecía demencial, teniendo en cuenta que eran los Adams, los Forbe, los Cabot. Iba a entrar en el poder real. Decía que quería subir una escalera con más de un peldaño. Fueron su tacto felino, su dureza y su claridad de ideas, además de su resentimiento, los que iban a llevarle a la cima de sus sueños: sentar en la Casa Blanca al primer presidente católico de los Estados Unidos y hacer que sus hijos luchasen hasta la muerte contra la segregación.

La sensación de hombre desplazado que nunca ha abandonado a Joe Kennedy es justamente la que ha conducido a la familia a la grandeza y a la catástrofe. Por eso decía al principio que la historia no es romántica. Una de las obligaciones de Robert Kennedy, cuando era un muchacho, consistía en cobrar los alquileres de los pisos en East Boston. Pisos repletos de gente en la miseria que no habían podido saldar las hipotecas que pesaban sobre ellos. A Robert Kennedy no le disgustaba aquel trabajo y cuando contaba a sus hermanas y a su madre, quedaban asombradas de la vida infrahumana de aquellas gentes.

Joe Kennedy formó sociedad con otros espectadores e hizo una gran fortuna en la Bolsa, actuando de la siguiente forma: adquirían paquetes de acciones muy baratas y en gran cantidad consiguiendo con ello que, de vez en cuando, sonase la campana. Se convirtió en multimillonario durante la administración de Calvin Coolidge. Abandonó este negocio y abordó el cinematográfico. Lo primero que hizo fue reducir los salarios de los empleados de las productoras y realizar películas de bajo coste. Un héroe del rugby al que rechazaron todas las productoras, Red Grange deseaba ser actor. Fue entonces que Kennedy, quien sabía mejor que nadie a quien debía consultar en cada momento, preguntó a sus hijos Joe y Jack si les gustaría ver a Granges en la película, los niños dijeron que sí y la película les dejó unas ganancias sin precedentes y al poco tiempo ganó cinco millones. Había adelgazado, pero estaba contento. Entonces regresó a Wall Street. El derrumbamiento de la Bolsa en 1929 no le afectó en demasía. Contrariamente a lo que sucedió a muchos financieros, ganó en unas horas quince millones. Debido a que aún estaba vigente la Ley Seca, los Kennedy seguían importando con fines medicinales. Cuando los bares abrieron en Estados Unidos, los Kennedy estaban repletos. Años después, Eleanor Roosevelt, de lengua viperina, comentó en un periódico la gran cantidad de dinero que gastaba Joe para acercar a su hijo Jack a la Casa Blanca.

En 1936, Roosevelt había nombrado como magistrado del Tribunal Supremo a Hugo Black. Black aceptó y poco después se descubría que había sido miembro del Ku Klus Klan. A Kennedy no le pareció tan mal que no hubiese informado de sus antecedentes y dijo: “Si M. Dietrich le pide a uno que le haga el amor, no hay por qué informarle de que uno es torpe en tales menesteres”.

Uno de los hombres del New Deal fue Kennedy en el que hizo una verdadera nobleza, una entrega generosa un patriotismo sin lugar a dudas por parte del duro especulador de Boston. Combatió la deslealtad de los negocios, convirtió en ilegal el empleos de niños. Estableció un número máximo de horas de trabajo. Implantó el salario mínimo, garantizó los convenios colectivos. Planificó los seguros de vejez y el desempleo. Creó un sistema de indemnizaciones. Programó con sentido realista la reforma agraria. Miles de obras, carreteras, presas, viviendas, escuelas, canales se construyeron en todo el país. El patriarca de los Kennedy tenía una gran fuerza moral y un impulso honesto. Joe Kennedy traspasó a sus hijos aquella honrada y valiente filosofía. En 1939, siendo Presidente Franklin D. Roosevelt, el patriarca de los Kennedy fue nombrado Embajador en Londres.

Rose Fitzgerald y Joseph Patrick (Joe) tuvieron estos hijos: Joe Junior; John casado con Jaqueline Bouvier, Rose Mary, Kathleen casada con Robert Cavendich; Eunice casada con Sargent Shriver; Patricia casada con Peter Lawford; Robert casado con Ethel Skakel; Jean casada con Stephen Smith y Edwards casado con Joan Bennett. Joe Kennedy tiene veinticinco nietos, aparte del que va a nacer de la viuda de Robert.

John dijo en cierta ocasión que si los Kennedy llegaran a ser algo se lo deberían principalmente al comportamiento de Joe y al ejemplo que les había dado. A Joe las cosas no le fueron fáciles. En este hombre, de quien su hermano hablaba así, había puesto el padre todas las esperanzas. Pero Joe murió como piloto de la marina en una acción verdaderamente heróica.

Era el catolicismo para Rose, su vida y su honor. Kathlenn y Robert por fin se casaron. Veinte días después, Robert entraba en combate y dijo a sus hombres con cierta languidez: “Vamos muchachos, animaos”. Un tiro lo dejó muerto en el acto. Unos meses después, estando Joe Kennedy en Francia, se estrelló el avión en que viajaba Kathlenn y su padre Joe tuvo que reconocer el cadáver.

John Kennedy, de su hermano Joe, decía que le era imposible recordar haberle visto nunca sentado en un sofá, descansando. Incluso cuando permanecía quieto había en él un movimiento contenido, pero no por nerviosismo sino debido a su vigor. En este hombre, de quien un hermano habla así, había puesto el padre todas las esperanzas.

John decía que, de la misma forma que él se había dedicado a la política, debido a la muerte Joe, si algo le ocurriese, su escaño en el Senado lo ocuparía su hermano Bobby, y si este faltara, lo sustituiría Ted. Detrás de todo esto se encuentra ese personaje de Sófocles que es Joe Kennedy, el protagonista de uno de los mayores dramas que se pueden escribir. Infundió a sus hijos un espíritu de superación infantil y a la vez suicida. Jack, durante su campaña electoral, atravesó muchos pasos a nivel con el tren casi encima. Fue lo que le hizo ser un héroe del Pacífico. Con la espalda rota nadó cinco horas sujetando con los dientes a un compañero quemado que no podía moverse. Jack no era un político nato como lo era su hermano mayor. Le costaba acercarse a las personas, y fue por lo que se impuso la obligación de atravesar el mayor número de calles estrechando las manos a las personas. Fue un sufrimiento que él mismo se impuso. En el año 1952, cuando John Kennedy se enfrentó a Lodge, nadie esperaba algo positivo. Las circunstancias eran adversas. Fue el año en que Ike Eisenhower sacó a los demócratas de la Casa Blanca. Robert Kennedy dirigió la campaña electoral de su hermano junto con el resto de la familia. Los jóvenes iban de un lugar a otro pronunciando discursos juveniles gastando millones de dólares. El escaño por Massachussetts fue para John que logró el 51,5 por ciento del número total de sufragios venciendo a Lodge por 70.737 votos. Derrotó a Nixon y, por primera vez, el biznieto de un emigrante irlandés, un católico, entra en la Casa Blanca.

En el automóvil que a Jack llevaba desde la residencia de Hyannis Port hasta la Casa Blanca, John siempre sentaba a su padre con él. Todo un símbolo. Los disparos de Dallas ponen final al segundo sueño de Joe Kennedy.

Joe Kennedy está ya paralítico y la familia había ido aumentando con los compromisos adquiridos y el cardenal Spellman oficiaba las ceremonias. Esto demuestra la naturaleza de las relaciones con la Iglesia. Los Kennedy seguían haciendo ostentación de su catolicismo. Los hermanos Kennedy siempre quisieron formar parte del equipo de rugby en Harvard, pero solamente Robert lo consiguió por su fortaleza. Robert era un hombre duro como una roca, de ojos azules y una sonrisa encantadora, y que acostumbraba a llevar el pelo revuelto. En la Comisión senatorial para actividades ilegales actuó como un verdadero inquisidor, con una fama de duro e implacable. Fue un abogado quien recomendó a Jack que cediera a su hermano Robert sus pretensiones presidenciales. A lo que Jack contestó:” No echo en saco roto su recomendación”.

Las muchachas de la familia Kennedy vivieron en distintas partes del país, pero siempre se llamaban por teléfono dos veces por semana. Jack, Bobby y Ted siempre estuvieron juntos. A Robert Kennedy le apasionaba la juventud como a su hermano John, la democracia griega y la política extranjera, cuando hablaba del presidente de los Estados Unidos.

En aquella época Joe Kennedy ha visto desaparecer de modo violento a una hija y a tres hijos varones. Edward que en 1962 consiguió el puesto de Senador por Massachussetts sufrió un grave accidente aéreo. Falleció en 2009 a los 77 años.