En Tiempos de Aletheia

Entrevista a Luisgé Martín (Premio Herralde de novela 2020)

La creatividad, la sensibilidad estética y el desarrollo de un pensamiento crítico son lo único que puede salvarnos de verdad.

                                                                   (Luisgé Martín)

 

Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense, hizo después un máster en Gerencias de Empresas en el Instituto de Empresa de Madrid. Ha trabajado en diversas editoriales, primero en SM y después en Ediciones del Prado. Fue asesor de la ministra de cultura, Ángeles González-Sinde.

Defensor de la normalización de la vida pública de los homosexuales, está casado con el ilustrador Axier Uzkudun. Colabora con cierta frecuencia en el diario El País y en otras publicaciones periódicas. Firmó sus primeros libros como Luis G. Martín, y desde 2009, como Luisgé Martín. Desde el año 2010 publica el blog El infierno son los otros.

Ganador del Premio Herralde de Novela (2020) con la novela Cien noches, destacan otros premios como, el Premio Vargas Llosa NH de relatos (2012), el Premio del Tren Antonio Machado de cuento (2009), el Premio Ramón Gómez de la Serna (2000).

Entre sus obras, las novelas, Cien años (2020), El amor del revés (2016), La vida equivocada (2015), Toda una vida (2014), La misma ciudad (2013), la mujer de sombra (2012), Las manos cortadas (2009), Los amores confiados (2005), La muerte de Tazdio (2000), La dulce ira (1995); los libros de cuentos, Los oscuros (1990), El alma del erizo (2002), Todos los crímenes se comenten por amor (2013); el ensayo, El mundo feliz (2018); y el libro de viajes, Donde el silencio (2013).

 

 

¿Quién es Luisgé Martín? Me refiero a la persona no al escritor.

Luisgé Martín, la persona, es Luis García Martín, un hombre de 58 años que vive en Madrid, trabaja en política, está casado con otro hombre desde hace catorce años y ha escrito ya un puñado de novelas y de libros de relatos, entre otras cosas. Alguien a quien le gusta viajar, leer (más que escribir), comer y ver a sus amigos delante de una copa de vino.

Irene, la protagonista de la novela de Cien noches, (ganadora del Premio Herralde 2020) es una científica que trabaja sobre el comportamiento sexual, y que en una de sus reflexiones, afirma, que es inevitable: el deseo insano y la promiscuidad. ¿Cree que somos infieles y promiscuos por naturaleza?

No creo que Irene utilice esa expresión: deseo insano. El deseo casi nunca es insano. Lo que sí es, en muchas ocasiones, es problemático. Creo, en efecto, que somos promiscuos por naturaleza, y eso nos empuja a ser infieles. No consideramos que el sexo sea tan decisivo en nuestra vida afectiva. O dicho en otras palabras, nos sabemos capaces de tener relaciones sexuales múltiples sin dejar de amar a quien amamos. Sin embargo, siempre tenemos dudas de que la persona a la que amamos pueda hacer lo mismo. De esta inseguridad contradictoria nace a menudo la destrucción de cualquier pareja.

La novela nos adentra en el entorno del amor y el sexo donde la infidelidad es otra pauta más, otra exploración, y donde la mentira adopta diferentes registros. En la novela reza lo siguiente: “Alrededor de la mitad de los seres humanos confiesa ser infiel sexualmente a su pareja”. ¿Qué piensa sobre la otra mitad?

Sobre la otra mitad es sobre la que la novela trata de indagar. ¿Han dicho la verdad o han mentido? ¿Son realmente fieles siempre y en todo momento o tienen situaciones de debilidad? El estudio que se hace en la novela determina que esas personas mayoritariamente mienten. Mienten porque siguen creyendo que la infidelidad es una traición o es un pecado o es una falta ética cometida contra su pareja. Y no necesariamente lo son. Ese es el conflicto moral que plantea Cien noches.

¿La mentira de toda infidelidad es capaz de adoptar y forjar registros de verdad creíble?

Hasta el punto de que esas mentiras a veces las cree el que las ha urdido. El cerebro funciona de una manera hiperprotectora para con nosotros mismos. Nos ofrece en todo momento justificaciones, coartadas y argumentos torcidos para explicar nuestro propio comportamiento cuando no nos gusta. Y, por supuesto, si somos capaces de engañarnos a nosotros mismos, somos perfectamente capaces de engañar a los demás, incluida nuestra pareja. Aunque en esto, por supuesto, hay grados de torpeza y de virtuosismo bastante distintos.

¿La novela, en general, sigue siendo un laboratorio de ideas?

Yo creo que mucho menos de lo que debería. A mí, personalmente, me encanta la literatura de ideas, esos libros en los que la narración está muy entreverada con el ensayo en cualquiera de sus formas. Sin abandonar nunca la narratividad, pero presentando digresiones, tesis y antítesis. No obstante, yo creo que a estas alturas queda claro que la novela es el gran laboratorio de lo que pretenda ser. Es el mejor invento de la Historia del Arte.

¿En qué momento de su vida descubrió o sintió el deseo o la necesidad de escribir?

Desde muy niño. Desde antes incluso de ser un lector consciente y ensimismado. Me recuerdo a mí mismo a los ocho o nueve años escribiendo una novela en un cuadernito escolar. A esa edad casi tienes todavía sin formar la caligrafía, pero yo ya estaba urdiendo historias. Jamás he entendido esa voluntad inconsciente del niño que yo era.

¿Escribir nos adentra en nosotros mismos o nos convierte en otros? ¿Alumbra el misterio que somos o nos inventa uno?

Yo creo que no son cosas incompatibles. Desde luego, para mí escribir supone antes que nada poner en orden el mundo, enfocar mi mirada, ordenar mis ideas y salir un poco del caos. Pero, también, sin duda, me ayuda a vivir otras vidas. Me parece que a todos nos parece muy insuficiente vivir una sola vida —incluso cuando llevemos una vida plena—, de modo que escribir, y por supuesto leer, nos sirven para entrar en otros mundos y para, durante un rato al menos, tratar de ser otras personas. Lo que a estas alturas ya muy poca gente discute es que la literatura nunca da respuestas definitivas y nunca resuelve del todo los misterios.

En otra de sus novelas, El amor del revés, desnudó su homosexualidad. ¿Cómo fue sentir la homosexualidad para un joven de 20 años, poco después de acabar la dictadura?

Pues fue horrible. Significó vivir durante varios años —los años más importantes del ser humano, los de la adolescencia y la juventud, los años de la formación— creyendo que era un monstruo o que estaba enfermo o que, en cualquier caso, no tenía derecho a vivir como yo deseaba hacerlo. Ahí nace esa gran brecha emocional que puede destruirte o redimirte para siempre, si sabes cerrarla.

Según declaraciones suyas, intentó cambiar su orientación sexual mediante terapias conductivas, ¿qué lleva a ello?

Intente cambiar mi orientación sexual mediante terapias conductistas. ¿Qué me llevó a ello? La absoluta infelicidad. La incapacidad de encontrar acomodo socialmente. La vergüenza, la autohomofobia y el miedo. El deseo de poder ser “invisible”, de asimilarme a mi entorno, de borrar mis diferencias. En definitiva, lleva a ello la moral religiosa y el pensamiento intolerante y excluyente.

¿Cuál cree que es nuestra mayor miseria como seres humanos?

No creo que sea fácil elegir una. A medida que he ido cumpliendo años me he ido dando cuenta de que somos un estercolero. Hay sentimientos nobles; solidaridad, generosidad; y virtudes parecidas, pero quedan sepultadas por la mediocridad, el egoísmo, la intransigencia y el miedo. Creo profundamente que la especie humana podría extinguirse sin ningún problema. No deberíamos lamentarnos de ello.

¿Cómo ve el actual panorama de la cultura?

La cultura siempre vive situaciones de fragilidad. Como no es necesaria para mantener las constantes vitales (es decir, podríamos respirar, engordar, estar sanos biológicamente y ser longevos sin ella) ocupa una segunda línea en nuestros intereses. Sin embargo, es evidente que solo la cultura nos hace humanos. Solo la cultura nos saca de la animalidad. La cultura no es necesaria para la vida ni para la buena vida, pero es imprescindible para la vida buena. Está en primera línea del frente de batalla. Todo lo que nos está ocurriendo —desde la crisis anterior hasta la sacudida de esta pandemia— va a hacer que la cultura vuelva a estar en la primera línea del frente de batalla. La creatividad, la sensibilidad estética y el desarrollo de un pensamiento crítico son lo único que puede salvarnos de verdad.

 

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