En Tiempos de Aletheia

EL ARTE COMO EXPERIENCIA

Dar actualmente una definición de arte, resulta por lo menos, problemático. Implica poner sobre la mesa no solo una reflexión estética sino también filosófica, antropológica, sociopolítica, económica… En el arte de hoy habla el mundo de hoy y es desde él desde donde también nos relacionamos asimismo con las obras del pasado. Además, se resiste a ser encerrado en un tratado que lo regule y normalice, que establezca sus fronteras, sus direcciones prohibidas, sus escondites y victorias.

Se pueden hacer también aproximaciones desde diversos ángulos, a modos de tanteo, y aunque sabemos que nunca tendremos la figura completa, quizás en el camino, nos encontremos, no ya con las respuestas, sino con nuevas preguntas que siembren una inquietud lo suficientemente profunda como para que las obras de arte, en vez de ser “meros objetos” (subastables e intercambiables por dinero, joyas de museo y de fundaciones bancarias), sean una suerte de ventanas que nos permitan, desde explorar quiénes somos en la experiencia que hacemos en ellas a ver (por eso mismo) bajo otra luz la vida cotidiana, las cosas que nos rodean, las que nos suceden y podamos escucharlas dialogando entre sí, entre susurros.

Decimos que el arte es un objeto, por ejemplo La Fuente, el urinario que Duchamp expuso en Nueva York en 1917, o la escultura de Miguel Ángel, la Pietà Rondanini (Miguel Ángel escribiría: Me ilumino de inmenso), pero y… ¿las intervenciones quirúrgicas que se realiza Orlan sobre su propio cuerpo ante los espectadores? El arte, más que allí, en la “obra física”, aunque esta sea el rostro vivo de la artista, está en la relación que estas obras establecen con nosotros cuando pasamos por ellas y cuando ellas nos atraviesan (si se lo permitimos), cuando vemos los muros que derriban y los que nos obligan e edificar, el arte es como son vividas las mismas, experienciadas, sentidas, negadas, etc…, cómo nos afectan y nos cambian. Duchamp abrió el camino que llevaría a artistas como Joseph Beuys a, por ejemplo, la conocida “acción” o perfomance, “Cómo explicar los cuadros a una liebre muerta”, 1965. Galería Schmela, Düsseldorf.

La perfomance, el happening, que nace en torno a los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, sigue hoy día más vivo que nunca; Marina Abramovich (entre sus representantes más reconocidos y presentables) adoptará cualquier estrategia, cualquier instrumento, cualquier objeto para que “suceda”, para que “pase” algo, ¿el qué?, ¿dónde? Se puede pensar que en el lugar físico donde se realiza, en el visionado de su registro multimedia (si lo hay y es permitido). Realmente donde debe suceder es en el espectador. Y, ¿qué debe suceder allí?

Es habitual intentar escudriñar el proceso creador de un artista, qué idea le movió a esto, cómo generó un vocabulario que la permitiese expresarse, qué influencias le recorren… Se suele apelar a su vida personal (así, es común que se hagan biopics de los artistas que son –aunque en vida no lo fuesen– incorporados al establishment artístico), a su formación intelectual… Basquiat ha sido de los más recientes a este respecto. Sin embargo, independientemente del autor y del propósito y planteamiento de una obra, por muy detallado y exacto que sea, por muy precisa que sea, esta siempre dice algo más que lo que pretende decir. Por un lado, dice aquello que calla, que quizás sea lo más importante; y lo segundo, es que exprese lo que exprese, una obra no lo hace en el autor sino en aquel que hace su experiencia, ahí es donde habla.

No pretendemos agotar ninguna lectura, más bien, señalar que siempre cabe una más, y después otra que se integra y mezcla con el resto de las mismas. El arte es comunicación, pero no en el sentido que maneja, por ejemplo, un publicista (los cuales se sirven de este para sus propios fines), o, dado el caso, un semiótico (de los que beben aquellos primeros), pero tampoco meramente entre el autor y el público. Lo que vive en el autor, su experiencia del mundo y de sí mismo es algo que quizás él no sepa decir de otra forma que con su producción artística y que no pertenece a una “sensibilidad” propia ni, en último caso, su “pericia técnica”, sino a la manera y formas con la que todos y cada uno de nosotros abrazamos el tiempo. Si no las obras estarían mudas, como si fuesen el monólogo de un “yo” consigo mismo. La comunicación aludida no es unidireccional ni mucho menos, ni conoce solo un tipo de canales lingüísticos. Cada vez en las “instalaciones” se trabaja no ya tanto sobre la luz o el espacio sino sobre perfumes, ambientes, texturas.

El arte también es la huella, el rastro casi borrado de algo que sucedió y que como una semilla germina en nosotros mezclándose con nuestro tejido emotivo, conceptual, identitario, hasta que se desarrolla y, como en una suerte de simbiosis, se vuelve indispensable para metabolizar la realidad, para vivirla en él. Lo sucedido, su huella, su molde, que es el mundo mismo, se vuelve “asunto” hasta en su fragmento más mínimo, en sus documentos burocráticos, en las fotografías escolares, por ejemplo, de los desaparecidos en una dictadura.

Se trata de percibir gracias a la obra como su experiencia se desarrolla en nosotros, toma voz y se suma a las nuestras, otorgándole nuevos matices, se trata de cambiar, de ser modificados, transformados pero no de manera pasiva, como receptores mudos de mensajes, la obra de arte no está en el espacio que ocupa sino en cómo teje la forma que tenemos de estar en nosotros. Y allí se alía con todo lo que somos, con aquello incluso que no podemos o no sabemos decirnos. El arte es, pues, una forma de relacionarse con la realidad, de hacer que esta se muestre de una manera tal que deje ver su propia transparencia, que también es la nuestra.

 

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