En Tiempos de Aletheia

PODER Y MUERTE

Entre los conceptos encontrados, en su hendija, en el hiato inexplicable de lo que se pretende hacer explicable o filosofable, se encuentra una tercera posibilidad, que brinda una alternativa que, en definitiva, no es ni más ni menos que el mero desconocimiento y la inexplicable esperanza ante el desconcierto que propone el reinado natural de la incertidumbre que nos propone ineluctablemente la muerte cuando se nos presenta ante nuestros ojos mediáticos o colectivos.

Avanzaremos en pos de demostrar una situación que parece muy evidente, pero que creemos se encuentra poco investigada. Partimos, a modo de ser precisos, de una categorización concreta acerca de la ontologización, como argumento racional y creador de los conceptos de “otredad” y “mismidad”. Esta definición, que se enmarca dentro de la conceptualización del estudio del ente en cuanto ente, encierra un problema ya que habría que considerar esta definición a través de ópticas que configuren un mapa algo más particular que la monstruosa generalidad que nos da la definición clásica del estudio del ente. Tal es así que la cosa debe segmentarse en (solo nombrando la facción en la cual sostendremos nuestro análisis): el ente en la mente humana, por el conocimiento, nominalizada como ontología gnoseológica ya que contiene un margen suficiente como para ser utilizado por saberes que intenten clasificar objetos que se presenten delante del sujeto como exterioridades (influenciadas, o no, por el sujeto, depende de la corriente de análisis) presentes y constituyentes del ente en cuanto ente.

La problemática a la que apuntamos es la de la consideración teleológica de esa ontología gnoseológica, ya que observamos un hecho particular, con la situación de la modernidad que, en definitiva, no es más que una construcción histórico cultural, a la que no se le proporciona (en nuestro humilde parecer) un análisis certero, precisamente por la falta a la que anteriormente hacíamos mención.

Tanto en un modo particular como universal (apoyándonos en un principio durkheniano si se quiere), nos urge delimitar el camino de la definición que parte desde la cosa misma (en un sentido estrictamente ontológico) para atrapar una realidad de lo otro. Tomamos la definición heideggeriana (en su texto “La Pregunta por la cosa”) de que la cosa es una pregunta histórica. Tal es así que, al recorrer el camino propio de la definición, se debe tener en cuenta la proposición, es decir, el predicado, o en una extensión algo más rebuscada, pero no por ello menos argumentada, el entorno al cual la “cosidad” se debe.

“El vivo nunca se siente más alto que cuando está frente al muerto, el cual ha caído para siempre; en ese instante es como si hubiera crecido. Es a través de esta concretísima experiencia que se genera la pasión del poder; una pasión tan entrelazada con la escena de la muerte que nos parece del todo natural. De tal modo, terminamos por aceptar la pasión del poder, como aceptamos la muerte, sin cuestionarla, sin darnos cuenta seriamente de sus derivaciones y de sus consecuencias”. (Contra el Poder, página 36. Giacomo Marramao.)

 

La muerte y el poder, han constituido un connubio, indiscernible, desde los inicios de la humanidad. Nos guste o no aceptarlo, es más que necio no hacerlo, la instintividad es lo que nos salva del mundo de la técnica, es lo que nos guarece de este mundo que desde las películas de ciencia ficción (en verdad lo expresaron los filósofos antes, pero el cine es mucho más masivo) nos alertan de que un buen día nos podemos levantar cumpliendo órdenes de una súper computadora y listo; chau humanidad. Esa instintividad no es, como todo en la vida, un talismán con una sola cara positiva; es un poder innato que muchas veces nos domina, o mejor dicho, que, casi todos los días, nuestra razonabilidad, le disputa palmo a palmo al manejo de nuestros actos.

 

Para no hacerla tan larga, la frase vulgar de “te voy a matar” que casi todos proferimos, al día por medio como mínimo, anida en este deseo, arquetípico del ser humano, de eliminar al otro, como modo de respuesta ante algo que no salió como deseamos y que consideramos que esa eliminación nos brindará algo a cambio (sea paz, felicidad, venganza, lo que fuere).

De acuerdo a los que estudiaron el tema, el humano se vio limitado en perpetrar homicidios porque, al asumir que podía terminar la vida del otro, se daba cuenta que también su propia vida podía ser, tan fácilmente, eliminada. Después vinieron las guerras, los códigos, las sanciones, la culpa y la conciencia.

 

El desconocimiento acerca de lo que ocurre tras la muerte, suponiendo que ocurra algo, y los mundos hipotéticos que se construyen a partir de esta no aceptación (principio de lo religioso), de la cosidad de nuestra condición de sujetos, es lo que probablemente nos impulse, nos impele a la necesidad del poder, de imponerle a los otros nuestra propia cosidad, nuestra propia interpretación de lo que es esta experiencia en el mundo, al que no hemos elegido venir pero en el cual, sin embargo, buscamos permanecer o continuar.

 

Paradójicamente, nunca terminamos de aceptar que todo acaba, independientemente de lo que hagamos o dejemos de hacer. Esta versión podría explicar en modo sucinto la naturaleza del poder. Dotar de sentido a cómo vivimos lo colectivo, es un modo de justificar nuestra vida, nuestro deseo de continuar, sin explicación ni sentido cierto y evadiendo la contradicción de no aceptar que terminara.

 

Cuando un líder político o persona pública, en ejercicio de sus funciones, fallece, lo concreto se maximiza, se hiperboliza en su obviedad. Fueron tan pequeños o grandes como cada uno de nosotros, que terminaremos en el mismo lugar, de lo que hablemos y por tanto de lo que se hable, cuando no estemos, no lo sabremos nunca y esa es la contundencia del poder de la muerte. El límite de nuestra condición humana, “demasiado humana”, como lo expresó Nietzsche, quien había proferido que Dios había muerto, y alguien suscribió a renglón seguido: Nietzsche murió; firmado por Dios.

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