En Tiempos de Aletheia

LA CONVERSIÓN DE UN LUGAR EN NO-LUGAR: ESPACIOS, LUGARES Y NO-LUGARES

Para una antropóloga, el espacio o lugar que emplaza aquella temática que está investigando es parte fundamental de su trabajo. Esta vez quiero acercar al lector a los conceptos que manejamos en antropología cuando hablamos o tratamos de definir el espacio y el lugar/no-lugar como contexto de la cotidianeidad de la problemática que investigamos.

  • Diferencia entre espacio, lugar y no-lugar:

Espacio es el entorno material que nos es dado desde que despertamos en el mundo. Es todo el entorno material que no está delimitado, que es abstracto e indefinido.

Este espacio, como consecuencia de ser habitado y transitado, adquiere significado y definición, lo que hace que se transforme en un lugar. Siendo lugar un espacio territorial delimitado, acotado y localizado a través del tejido de relaciones socioafectivas que se urden en ese espacio. El espacio se convierte en lugar cuando es humanizado, es decir, habitado socialmente por unos individuos localizados en ese territorio concreto.

El lugar es reconocido socialmente, siendo este reconocimiento el momento en que el espacio deja de ser cognitivamente considerado como el mundo dado, pasando a ser interpretado como un territorio concreto que es localizado, delimitado y codificado cultural y socialmente. Cito a Marc Augé en su obra Los no lugares cuando expone que “el espacio sería al lugar lo que se vuelve la palabra cuando es hablada” (Augé, 2000:85).

Esta transformación de espacio a lugar, a manos de grupos humanos, comporta que todo lugar tenga una memoria, un código, una simbología y una identidad concreta y construida por estos grupos que lo habitan a través de una serie de prácticas sociales cotidianas –habitus–. El habitus del lugar provoca el apego afectivo de las individuas que lo habitan y que construyen relaciones socioafectivas en ese espacio.

Para mí el espacio sería algo más neutro. Un entorno socialmente dado. El lugar es un entorno socialmente construido por la interactuación de las diversas subjetividades humanas. El lugar es un espacio transformado por las intersubjetividades que, además, lo definen y construyen de manera que en el sentido común de la sociedad tenga un valor afectivo e identitario colectivo. Cada lugar tendrá un significado distinto dependiendo de quien lo interprete, de quien lo mire. Pudiendo no ser lugar para ciertos grupos humanos, pudiendo ser un no-lugar, o un lugar. Conviviendo varias interpretaciones o significados de un mismo espacio en planos simultáneos. Es decir, un espacio puede ser reconocido por unAs como no-lugar, o por otras como lugar, con todo lo que eso conlleva a nivel emocional, territorial, histórico e identitario. Pondría como ejemplo el territorio que para unas es entendido como Palestina, y para otras como Israel. Siendo interpretado este espacio como no-lugar y lugar al mismo tiempo, dependiendo de la mirada del actor. Citaré a Marc Augé de nuevo:

“En la realidad concreta del mundo de hoy, los lugares y los espacios, los lugares y los no lugares se entrelazan, se interpenetran. La posibilidad del no lugar no está nunca ausente de cualquier lugar que sea. El retorno al lugar es el recurso de aquel que frecuenta los no lugares (y que sueña, por ejemplo, con una residencia secundaria arraigada en las profundidades del terruño). Lugares y no lugares se oponen (o se atraen) como las palabras y los conceptos que permiten describirlas. Pero las palabras de moda —las que no tenían derecho a la existencia hace unos treinta años— son las de los no lugares.” (Augé, 2000:110)

Cuando identificamos los códigos que grupos humanos aplican en espacios concretos, podemos diferenciar si esos espacios son considerados como lugares o como no-lugares.

Los no-lugares son espacios de anonimato. Espacios que son transitados tanto por individuos que no pertenecen a ese lugar como por políticas que pervierten y mercantilizan ese espacio. Un no-lugar no tiene en cuenta la memoria histórica ni la memoria popular de ese espacio. Carece de personalidad, de identidad, de memoria colectiva y de relaciones socioafectivas con antigüedad. Un no-lugar es creado a partir de lugares por actores ajenos al habitar humano que se da en ese espacio.

Siendo un lugar ese espacio delimitado y concreto, reconocido por grupos humanos que lo habitan a través de relaciones socioafectivas y que, a partir de todo lo anterior, se va creando una historia y memoria colectiva y temporal. Todo esto crea un imaginario y una identidad colectiva compartida, que crea fuertes apegos afectivos a dicho territorio concreto.

Me gustaría señalar como ejemplo lugares desde grandes ciudades occidentales gentrificadas: Barcelona, Londres, Lisboa, Venecia, etc.; territorios en conflicto: Palestina, Kurdistán, Sáhara, etc.; fronteras, aeropuertos, hoteles, etc.

En mi opinión, un no-lugar no es un concepto ambiguo en sí, sino que lo que es ambiguo es cómo interpretamos y clasificamos espacios en no-lugares. Es decir, cada subjetividad y vivencia cataloga cada cosa según su propia y personal percepción, por lo que, un espacio puede ser lugar para mí a la vez que no-lugar para otra persona. Lo ambiguo y problemático sería alcanzar un acuerdo común de lo que para cada una es un lugar o un no-lugar.

“Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar.” (Augé, 2000:83)

Los lugares y los no-lugares están construidos socialmente. La diferencia entre lugares y no-lugares es que los no-lugares son creados con un propósito y unas funciones determinadas que responden a una serie de factores políticos, sociales y económicos. Lugares y no-lugares conviven en el mismo espacio[1], pero en diferentes planos que se solapan entre sí. Como ejemplo concreto pondría la ciudad de Barcelona –cualquier gran ciudad serviría de ejemplo–. Una ciudad escenario capturada por el capitalismo. En Barcelona existen y coexisten dos planos de “vida”: la vida de las personas locales que construyeron ese espacio como lugar en un tiempo histórico pasado; y la vida modificada para el turismo y más tarde por el turismo. Son planos espaciales y relacionales que conviven, pero que son percibidos y reconocidos como lugares –personales, relacionales, colectivos e identitarios– y como no-lugares –impersonales, relaciones líquidas, individuales y carentes de identidad–. Este es un claro ejemplo de cómo se construyen no-lugares dentro de lugares. También sucede que un lugar es denominado no-lugar, y a la vez denominado otro lugar. Citaría a Marc Augé:

“Un no lugar existe igual que un lugar: no existe nunca bajo una forma pura; allí los lugares se recomponen, las relaciones se reconstituyen (…). El lugar y el no lugar son más bien polaridades falsas: el primero no queda nunca completamente borrado, y el segundo no se cumple nunca totalmente: (…) los no-lugares son la medida de la época, medida cuantificable y que se podría tomar adicionando, después de hacer algunas conversiones entre superficie, volumen y distancia.” (Augé, 2000:84)

La globalidad y la inmediatez temporal en la que el mundo se mueve en la sobremodernidad, donde todo es líquido y efímero; donde la individualización está perviviendo sobre lo colectivo; donde las necesidades y los afectos están siendo manipulados y se pervierten con la finalidad de transformar los imaginarios colectivos. Esta globalización favorece la desmemoria colectiva, borra la historia común y rompe lazos sociafectivos en esos espacios, convirtiendo lugares cotidianos, locales y populares en no-lugares.

 

 

Bibliografía

AUGÉ, M. (2000). Los no lugares. Espacios de anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona. Editorial Gedisa, S.A.

[1]Augé utiliza esta teoría de Starobinski en Los no lugares. (Augé, 2000:96)

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