En Tiempos de Aletheia

Reflexiones sobre la antropología médica y las epidemias

“La humanidad es única, en el sentido de que no solo ha evolucionado desde el punto de vista biológico, sino también culturalmente. Los cambios en los patrones de la conducta humana a través de los milenios han sido los responsables de generar el mayor impacto en la evolución de las enfermedades humanas.” Ethne Barnes, 2005.

En estos tiempos, en los que se ha pedido a la población que permanezca recluida en sus hogares para intentar frenar la expansión del COVID-19, cabe preguntarnos sobre la rápida expansión de este virus y, para ello, hemos recogido en este artículo los factores que históricamente han contribuido a la propagación de algunas enfermedades pandémicas.

En este sentido, partimos de la antropología médica, una de las ramas de la antropología social y cultural, que estudia las dimensiones sociales y culturales de lo que las diferentes sociedades entienden como enfermedad y salud y, además, investiga sobre los determinantes que han marcado las expansiones de algunas enfermedades, entre los cuales encontramos a los animales. Estos y las condiciones a las cuales los hemos sometido, han terminado generando una serie de patologías en la humanidad (Uribe-Corrales, 2015).

Otro factor que ha contribuido a la proliferación de las enfermedades ha sido el desarrollo económico y el aprovechamiento de la tierra. Nos referimos a los cambios en las prácticas agrícolas, la deforestación y el deterioro ambiental, y factores como el comercio internacional y el incremento en viajes internacionales (Uribe-Corrales, 2015).

Por último, caben mencionarse las políticas sociales y económicas inadecuadas, que han llevado a un deterioro de la salud pública en los últimos años.

Pero, para la historia de la humanidad, las pandemias no son algo nuevo. En la antigua Grecia ya se hablaba de pandêmonnosêma, que significa “enfermedad del pueblo entero” (Uribe-Corrales, 2015). Esta palabra fue usada en la primera epidemia de la que se tiene noticia: La guerra del Peloponeso, en el 430 A.C., en la antigua Grecia. La epidemia, proveniente de África, llegó a la ciudad cuando estaba abarrotada de personas refugiadas de los combates; favoreciendo, este hecho, la diseminación y la alta mortalidad; perdiendo el 30% de sus habitantes (Agudelo, 2014).

Además, las enfermedades también han sido utilizadas como armas de guerra a lo largo de la historia. Por ejemplo: Cuando los españoles y portugueses llegaron a América, trajeron consigo muchas enfermedades desconocidas para los pueblos indígenas (Agudelo, 2014).

Es indispensable que, si se quiere controlar la aparición de nuevas pandemias, se desarrollen planes multidisciplinarios de prevención y control teniendo presente todas las opciones disponibles en cuanto a su utilidad y costo/beneficio, siendo fundamental un adecuado sistema de comunicación a la población, a la comunidad médica y a los responsables de la respuesta para aplicar oportunamente las medidas necesarias y así mitigar los efectos de alguna pandemia (Uribe-Corrales, 2015). De igual manera, es fundamental evitar el pánico y mantener el orden ante situaciones que pudieran generarse; por lo que, es necesario reconocer de manera oportuna la emergencia de nuevos microorganismos de potencial pandémico y monitoreo de su evolución; desarrollar, en los países, la capacidad para atender un elevado número de individuos enfermos graves en la comunidad y en hospitales, para lo cual se requiere reestructuración de los sistemas de salud actuales (Uribe-Corrales, 2015).

Como podemos observar, la amenaza de las epidemias ha estado acompañándonos a lo largo de la historia de la humanidad, y aunque posiblemente siga haciéndolo, saldremos adelante, no sin antes haber sufrido, pero también habiendo aprendido un poco de cada una de ellas.

Referencias:

Agudelo Restrepo, C. A. (2014). “Las epidemias en la historia de la humanidad. El anfitrión”, Revista Universitas Científica, pp. 80-85.

Uribe-Corrales, N. (2015). “Algunas pandemias en la humanidad. Una mirada a sus determinantes.” CES Salud Pública, Volumen 6: 89-93.

 

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