En Tiempos de Aletheia

LA DICTADURA DEL PALETISMO ILUSTRADO

Fumar es malo y mata. También podría dejarte tonto, como ocurre cuando sorbemos con arrojo bebidas alcohólicas en grandes cantidades, pero no, fumar es un hábito que no se anda con medias tintas, o al menos eso nos aseguran algunos políticos que, con la excusa del Coronavirus, ya no nos permiten fumar libremente en la calle o en las terrazas de los bares. Fumar es malo, sin duda. Pero el recorte en derechos y libertades a la ciudadanía también. No me explico cómo puede haber tanto “aborregado” que aplauda sistemáticamente lo que está sucediendo, sin pensar en las consecuencias.

De los fumadores solo diré que podemos aprender mucho de ellos, por ejemplo, la tolerancia (aún no conozco a un solo fumador que se haya quejado de los no fumadores). Hoy miramos con asombro «la prohibición» del alcohol en Norte América desde el año 1919 hasta el 1933, pero no decimos nada ante «la persecución incesante» a los fumadores. Aceptamos sin problema la idea de que el Gobierno tolere el uso de «botellódromos» por parte de los jóvenes para alcanzar la pertinente tajada, al tiempo que censuramos con suma dureza el vicio del fumador.

El embuste no deja de ser moneda de cambio, ejemplo de ello es la paradoja de constatar que Japón y Grecia son los países con el número más alto de fumadores en el mundo y, asimismo, ostentan la incidencia más baja de cáncer de pulmón. No encontraremos muchas críticas sobre los fumadores de marihuana, de opio o de manzanilla, mucho menos de las personas que beben litros de cerveza hasta perder el conocimiento y, así, lograr ser recogidos del suelo a primera hora de la mañana por el coche de las basuras. No. Desde hace tiempo hay que ir en contra del fumador (de tabaco, repito); ese aparente ser astroso que en pleno mes de enero busca una esquina donde echarse un pitillo sabiendo que antes de que le mate el tabaco será el frío extremo el que le provoque una gripe, una faringitis aguda o una neumonía vinculada con el omnipresente Covid-19.

No hablemos, desde luego, de esas subidas del precio del tabaco, que se producen más o menos cada año; no hablemos de que podríamos pedir a las gobernantes supuestamente competentes que nos explicasen cómo puede ser que en España fallezcan cada año más de 3.000 fumadores pasivos, ya que tendrían que argumentar al detalle de qué humo estamos hablando realmente: ¿del de un cigarrillo, del de las fábricas, del que sale del tubo de escape de los automóviles y los aviones, o de los malos humos que nos provoca la restricción de libertades a causa de la Pandemia?

Por favor, no seamos más tramoyistas de lo normal… Si el tabaco es tan perjudicial como nos hacen creer, lo primero que debería hacer el Gobierno de turno sería sacarlo de las calles, ya que, al permitir su venta, se convierte en cómplice inexcusable de «muertes innecesarias». Pero, no solo contento con el hecho de hacer del fumador un paria social, no es que las autoridades de turno no permitan la venta de tabaco, sino que gradualmente lo va convirtiendo en un producto liberalizado, cuyo precio de venta se llegará a equiparar al de un kilo de percebes, pero, eso sí, que podremos comprar hasta en las farmacias, si me apuran la conjetura.

Mal vivimos en una sociedad arbitraria, sociedad que, supuestamente, pone cámaras hasta en los váteres por nuestro bien, que nos vacuna contra todo tipo de bichitos por nuestro bien, que gestiona nuestro dinero por nuestro bien, que nos alecciona y nos quita vicios o pone etiquetas por nuestro bien… Vivimos la dictadura del paletismo ilustrado, donde los científicos son una especie de profetas saca muelas o saca cuartos que ayer nos decían que comer huevo era malo para el colesterol y hoy ya aseguran lo contrario.

O sintetizado a la manera del maestro Marcello Mastroianni:

“He fumado unos cincuenta cigarrillos por día durante cincuenta años, hacen un total de un millón de cigarrillos. Una cantidad de humo como para oscurecer el cielo de Roma. Aun a sabiendas de que es perjudicial, no paras. ¿Servirá para llenar vacíos? Que cada uno viva y muera como le plazca. Sí, es perjudicial, ¿y qué?”

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