En Tiempos de Aletheia

De las joyas de las corona nada más se supo

Esta es la España que habitaron nuestros antepasados, la habitamos nosotros y, sin duda alguna, la habitará nuestra descendencia. Esta tierra de grandes navegantes, grandes pensadores, escritores y poetas, una tierra donde el atraso, la ignorancia, la envidia, y la brutalidad no ha desaparecido totalmente. Una tierra que dio los más sublimes de la pintura, una tierra de trágicas situaciones sucesivas de guerras, civiles, ideológicas, españolas, de sucesiones, de independencia, de políticas sin mucho reparo a pronunciamientos militares, espadones siempre dispuestos a imponer vigencia a la ilegalidad, sin el mínimo rubor. Una tierra llena de salva patrias, caciques amigos del pucherazo. Español de verdad es quien no necesita llevar bandera que lo identifique ni disfraz y no añora el pasado. Español es quien se emociona escuchando la obra musical Asturias –“Yo soy un hombre del Sur”– cantada por un asturiano o “Mediterráneo” por un catalán. Ser español es querer que en esta tierra funcione el sistema educativo, que la sanidad sea universal, la atención social justa y equitativa, que todos seamos iguales ante la ley y que haya trabajo y no pobreza. Español es aquel que intenta demostrar al mundo que España, solo hay una.

Y todo esto para poner de manifiesto que en esta tierra llamada España, desde la guerra de Independencia contra los franceses, no existen joyas de la Corona o vinculadas a la Institución. Que solo perduran una corona tumular y un cetro. Curiosamente, tanto las joyas como las pinturas eran propiedad personal de los reyes. Se decía un 25 de agosto de 1858 por la mañana, después de haber descargado una tormenta en el pueblo toledano de Guarrazar, de camino hacia un manantial donde lavar ropa, una muchacha lavandera halló entre la arena una especie de cristales, metal brillante y otros objetos que le hicieron saltar de alegría. Al poco empezó a correr en busca de su marido creyendo que había encontrado un gran tesoro. La erosión de las aguas hizo desaparecer las cubiertas de las arcas donde antaño habían depositado joyas y de esta forma tan curiosa pudieron ser rescatadas joyas de la orfebrería visigoda. A ciencia cierta son las primeras joyas pertenecientes a monarcas de la Península Ibérica.

Estas joyas iban destinadas a estar suspendidas en los altares como ofrendas votivas, hábitos introducidos por Constantino el Grande que fueron seguidos por sus sucesores para dignificar su fe cristiana como señal de acatamiento a Dios Todopoderoso.

Lo más significativo del tesoro fueron las coronas de Recesvinto, Suintila y Recaredo. Esto dio lugar a que, durante bastante tiempo, las coronas hubiesen ceñido las sienes regias o se tratase de simples ex votos. Fue la primera de las tesis, la más acertada.

Son varias las catedrales, como la de Oviedo, en cuya Cámara Santa se puede admirar la Cruz de los Ángeles, verdadera filigrana de oro, topacios y rubíes donada por Alfonso II el Casto en prenda de su fervor y reconocimiento por las victorias sobre los musulmanes.

Mucho tiempo más tarde alguna de las ricas alhajas de Isabel la Católica, su corona labrada en plata fina se guarda en la capilla real de la Catedral de Granada. La soberana era de una frugalidad raya en la tacañería y no eran muchos los vestidos de los que disponía. Y, sin embargo, con motivo de la visita de embajadores del rey de Inglaterra en 1489 quiso deslumbrar a los diplomáticos extranjeros llevando un vestido de terciopelo, plata y perlas que valdría 200.000 ducados. Sin embargo, hasta ahora ninguna fue joya de la Corona hasta 1598 cuando hubo vinculación de su joyel a la Corona que en el testamento de Felipe II fue expresado.

Este rey, llamado el Prudente había formado durante su reinado un importante y valioso guardajoyas: gemas de su abuela Juana, de su madre Isabel, junto a las por él ofrendadas a sus cuatro esposas difuntas, Manuela de Portugal, María Tudor, Isabel de Valois y Ana de Austria. También ordenaba en el documento testamentario dos cláusulas, por cuanto en su guardajoyas está una flor de lis en oro con muchas reliquias y que se conservan juntos con seis cuernos de unicornio, animal que no ha existido. Felipe III fue quien confirmó la vinculación de las tres primeras joyas de la corona sin añadir más: un relicario en forma de flor de lis, un lignum crucis y varios cuernos. Felipe IV añadió un crucifijo de marfil que habían sostenido en sus manos antes de morir, su bisabuelo, su abuelo y su padre. Fue Carlos II quien amplió la donación con cuantas alhajas, cuadros, custodias, tapices, enseres y objetos valiosos de todos los palacios reales. Los tres primeros soberanos de la dinastía Borbón, actuaron de igual forma.

Además de estas joyas, aparecen incorporadas a la Corona diversas alhajas. Debemos aquí diferenciar qué son joyas y qué son alhajas. Joyas son todos aquellos objetos de oro, plata y piedras preciosas. Alhajas para Felipe V era una acequia en el río Jarama, por ejemplo.

De las posesiones americanas fueron enviados diamantes como garbanzos que se harían famosos en el Viejo Continente al llamarlos “diamantes de las reinas de España”. Hoy los podemos admirar luciendo en los escotes y pelucas de los retratos de Isabel de Farnesio, Luisa de Orleans y Bárbara de Braganza.

Se estima que a mediados del siglo XVIII, en el joyero de Palacio, había gemas por valor de cien millones de reales. Una perla de más de una pulgada y media de largo, formando un cuerno de la abundancia, un cinturón de esmeraldas con catorce perlas colgando y la del centro del tamaño de un duro, un collar triple de topacios y aguamarinas, un brillante llamado el Estanque con una medida de 56 kilates y peso de 47 kilates y medio, el más grande de la Corona. De este cuelga una gran perla sin defecto alguno, tamaño del huevo de una paloma al que se le denominó “Margarita” y también la Peregrina, una sortija de oro orlada de brillantes, un brillante como una almendra grande con zafiros alrededor imitando la corola de una flor grande y otros detalles.

Decir que de esta magnificencia, suntuosidad o maravillas extraídas de la Tierra mínimamente labradas por una mágica y experta mano no queda nada. ¡Oh, sí, la lista!

Comienza la desintegración con un hecho de Carlos III quien, al quedar viudo, sin saber qué hacer con las joyas de su difunta esposa Amalia de Sajonia, decidió vincularlas a la Corona, reservándolas para donar a sus hijas y nueras.

Es cómo su sucesor, Carlos IV, heredó su patrimonio bastante incrementado, pues, además, en su reinado se compraron, adquirieron o recibieron de regalo una importante cantidad de joyas que, libres o vinculadas, constituyeron una verdadera fortuna.

Como no podía ser de otra forma, entra en acción el rey Felón, Fernando VII, el peor rey de todos los reyes, épocas y dinastías que hubo en nuestro suelo.

Después del motín de Aranjuez las joyas vinculadas a la Corona fueron entregadas a Fernando VII, sin lugar a dudas. Así lo atestiguan numerosos documentos e historiadores. Carlos IV y su fogosa mujer, María Luisa de Parma, se fueron a Francia con medio saco de diamantes.

Nada se puede probar, pero lo cierto es que el recién investido rey, José, preguntó claramente en su consejo de 28 de julio qué diamantes se conservaban de los pertenecientes a la Corona; el ministro de Hacienda, Cabarrús, le respondió que quedaban unos pocos y que los restantes los habían llevado Carlos IV y María Luisa de Parma, su esposa. El recién puesto rey expresó que le habían asegurado grandes riquezas y que era menester examinar todo y hacer un inventario.

Al día siguiente, con la presencia del rey tuvo lugar un acta de reconocimiento hallándose que los diamantes no eran ni la tercera parte de los inventariados tras el motín de Aranjuez.

El jueves 26 de enero de 1969, una galería de Nueva York anunció que se había subastado la Peregrina. A la mañana siguiente, en Lausanne hubo una inesperada declaración del duque de Alba en la que la perla subastada en Estados Unidos no era la auténtica puesto que esta estaba en poder de la reina y que no estaba en venta. Que estaba depositada en un cofre de un banco suizo. Pocos días después se emitió un comunicado en el que se decía que la perla estaba esperando el retorno de Fernando VII y que nunca saliera de Madrid. Esto no hizo otra cosa más que complicar todo este asunto puesto que, según entendidos en la materia, si la perla no había sido robada por los franceses y estaba vinculada a la Corona, ¿qué hacía en un banco de Suiza? La verdad de todo es que la perla vino de las Indias y que Felipe II se la regaló a su esposa María Tudor. La perla aparece en muchos cuadros pintados de reinas y hasta en uno de Felipe III, donde adorna el sombrero del rey.

De lo que no cabe la menor duda es que desde la expoliación de las joyas históricas, ninguna otra ha sido vinculada a la Corona, por lo que se puede asegurar que las impresionantes gemas de los reyes de España, como por arte de magia, se difuminaron para la Historia en 1808.

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