En Tiempos de Aletheia

MENTIRAS NUEVAS PARA RECONSTRUIR LA AFFECTIO SOCIETATIS DONDE SE SOSTENGA LA DEMOCRACIA

Tras la Revolución francesa, el Código civil francés determinó la voluntad común de asociación, más allá de que las partes integrantes no posean o contribuyan con lo mismo o en partes iguales. Este es el hiato, el punto de fuga, que como no podía ser de otra manera, detectó el psicoanalista francés Jacques-Alain Miller, en su conferencia, no casualmente intitulada “Affectio Societatis”. Donde se pueden leer pasajes como el siguiente: “El Derecho está hecho precisamente para que los afectos no afecten los contratos. Los afectos pasan, el contrato queda. Si hay empero que mencionar en el contrato asociativo una condición afectiva, tal vez sea porque el orden simbólico no basta, porque hay un más allá del Contrato con el cual el Derecho mismo debe transigir”. Y sigue: “La affectio societatis introduce un elemento suplementario que se aloja en un fallo de lo universal. En el lazo social, todo no puede ser capturado por lo universal, el Derecho lo atestigua. Donde el Derecho habla de affectio societatis, Freud habla de Eros. La identificación simbólica a un significante amo no satura todo lo tocante al grupo. Hay que agregarle el factor pulsional, cuya vertiente aglutinante se designa como erótico”. Para finalmente expresar: “El orden simbólico tiene por horizonte el discurso universal. Lo que lo obstaculiza es el objeto a que siempre particulariza… Es posible combatirlo, pero nace todos los días, brota del grupo por todos sus poros”.

 

Miller, en este texto, les habla a sus colegas psicoanalistas acerca de una escuela de psicoanálisis. Claro que, sin que sea su intención, está hablando de otra cosa, de aquí que lo citemos. Incluso en otros pasajes menciona que lo que llama “objeto a”, que es la particularización para que el significante signifique lo mismo para los que están comprendiendo. Rápidamente reconoce un ejercicio inevitablemente sectario. Dentro de la, en términos amables, secta del psicoanálisis, como buen lacaniano, el citado reafirma la condición sectaria de la corriente a la que pertenece. Sus palabras, sin embargo, impactan de lleno en la actualidad política de nuestras democracias occidentales.

 

El hito fundacional de la libertad, la igualdad y la fraternidad, se consagró en letra, mediante la affectio societatis, entronizado en el Código civil francés, para imponer el real-imposible de la igualdad. Aquí es donde surge la democracia, reinando en el orden simbólico. El “objeto a” que siempre particulariza, lo democrático, es lo electoral, la elección. La decisiva importancia de que el pueblo, soberano, elija cuando en verdad opta, radica en que opera en el ámbito de lo imaginario. Nos dice Miller, en relación a esto: “La agresividad perdura, bajo una u otra forma, en el lazo social, surge cuando flaquea el discurso que la contiene”.

 

Cada vez que en las diferentes aldeas occidentales, que se precian de democráticas, el discurso flaquea en su continente y en su contención, la aparición de la agresividad transformada, colectivamente en violencia social, vuelve a legitimar la necesidad de la elección, de lo electoral, para dar cura, no con palabras, sino validando la Affectio Societatis, mediante el renovado llamado a las urnas. Lo vemos en la actualidad en lugares como Ecuador, Chile, Bolivia, México y Cataluña, como lo han sido, semanas atrás, otras plazas, que serán próximamente otras o las mismas.

 

Lo electoral opera como sinthome, como el indispensable anclaje con la realidad, con lo democrático, con la voluntad general, con las ganas de que sigamos siendo parte de un espacio en común (la república o la cosa pública) por más que no formemos parte de ello (ni justamente, ni mediante el deseo) ni tan siquiera nos lo planteemos.

 

Es decir no votamos, ni deseamos hacerlo, para validar lo democrático, sino simplemente, porque es el último resquicio, antes de que prevalezca un desorden que nos obligue a que construyamos o constituyamos un nuevo orden.

 

Hasta aquí lo meramente descriptivo. El problema serio, que tenemos entremanos, es que nuestros intelectuales no nos alertan, lo que al decir del pintor cubista Braque sería que “con las pruebas, fatigamos la verdad”, y por lo tanto, con la misma respuesta al sinthome, podríamos decir que con las elecciones, estamos fatigando la democracia.

 

Si queremos continuar, dentro de la cosa pública, con un sentido democrático, la debemos preservar de la banalización electoralista a la que la venimos sometiendo. De lo contrario, profundizaremos el aceleracionismo en que hemos caído, y un buen día, alguna de las tantas manifestaciones a las que asistimos, directamente o por medios audiovisuales, nos impondrá el desorden que nos obligará a un nuevo orden. En caso de que asistamos a este fenómeno, se habrá respondido el interrogante, y no habrá Affectio Societatis que sostenga, en ninguno de los planos, la ilusión de la democracia, que cada vez más se aleja del sueño que pudo haber sido, y se asemeja a la pesadilla de la que todos queremos despertar.

 

¿Qué hacer con ello entonces? Tal como reza en un graffiti, nuestro deseo ciudadano, colectivo y grupal, puede anidar en aquello de “Queremos mentiras nuevas”.

 

Con tal frase, un grupo de habitantes de un lugar determinado, le exigían a la democracia dentro de la que estaban subsumidos, lo que realmente esta podía ser capaz de darles u otorgarles. Parece irónico, pero el valor de quienes, con sobrado arrojo, reconocen lo imposible de pedir, los hace ciudadanos. La ilusión, como condena, limita la posibilidad de que podamos transformar lo que teniendo tan a mano nos parece lejano. La democracia no es un epifenómeno moral, es, en todo caso, lo que podemos hacer hoy sin que nos violentemos tanto.

 

Tzvetan Todorov en su libro Los enemigos íntimos de la democracia, desde el título mismo escogido, ya nos plantea la situación problemática o amenazante en la que se encuentra nuestro sistema democrático, aspectos que irá detallando y pormenorizando capítulo a capítulo en su obra. El pensador búlgaro, partiendo de Malthus, hace referencia a la necesidad de resituar o resignificar el principio de igualdad, señalando que es de imposible cumplimiento, dado que no alcanzarían los recursos del mundo para que todos comiéramos como debemos comer, por tanto, lo democrático se sostiene en la expectativa, de que esto mismo ocurra alguna vez, y esta concepción la hubo de expresar, sobre todo en diferentes entrevistas periodísticas, Jacques Derrida, definiendo lo democrático como aquello que siempre está por cumplirse pero que no sucede nunca, y esa expectativa es la que debemos revitalizar, empoderando a quienes tienen por generaciones el estado ausente, en sus casas, en sus trabajos, en lo cotidiano de sus vidas y que perversamente se les dice que valen igual que cualquier otro, y en tiempos de elección se le pone un precio, mediante dinero o mercadería, para torcerles la voluntad.

 

El enemigo de la democracia, y por extensión, por más falsa que fuese, de la ciudadanía o del pueblo, no es la mentira, la no verdad, o las consideraciones éticas que tengamos con respecto a algo, sino que ante hombres y mujeres de a pie, que comprenden que no podemos vivir sin el entusiasmo de la expectativa, el enemigo primordial de la democracia es que la mentira sea vieja, trillada, repetitiva, mal elaborada o poco verosímil.

 

Una ciudadanía que madure en términos de poder, no pretendería políticos que no le mientan, sino que le mientan bien, más allá de turnos electorales, e inclusive de elecciones.

 

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